El fútbol enseña a la política

Afortunadamente el terrible aburrimiento de los mítines políticos -viejos, anquilosados y un insulto a la inteligencia de los ciudadanos, ¿por qué se empeñan en hablar a gritos?- se compensa con unos octavos de final de la Champions absolutamente apasionantes.

Si el Real Madrid coqueteó peligrosamente con la eliminación, víctima de su desidia defensiva e hizo del Schalke 04 algo más que un equipo de jóvenes ordenados sobre el terreno de juego, el miércoles el Chelsea y el Paris St-Germain ofrecieron un espectáculo deportivo que se recordará en la historia de la Champions.

El equipo parisino, con diez jugadores en tres cuartas partes del partido tras una injusta expulsión, eliminó al Chelsea de Mourinho, el entrenador preferido por Esperanza Aguirre, con el que coincide en calentar en demasía el ambiente de los partidos antes de saltar al terreno de juego.

El Paris St-Germain, entrenado por un jugador histórico, Laurent Blanc, leyenda en su demarcación de defensa central de “Les blues”, con casi 100 partidos defendiendo la camiseta con el escudo del gallo galo, empató en la segunda parte de la prórroga, jugando un gran fútbol y con una gran convicción en sus posibilidades. Sin aspavientos como Mourinho, Laurent Blanc no perdió la compostura a pesar de un arbitraje que perjudicó sensiblemente al Paris St-Germain y pudo destrozar el partido.

En las imágenes de la retrasmisión que enfocaba a los entrenadores, Laurent Blanc mantuvo la calma y gesticuló poco en los lances del partido a diferencia de Mourinho. Si hay un paralelismo con la política, incluso en su imagen física, recordaba a Rajoy.

El deporte es una escuela de actitud y comportamiento en la vida, especialmente recomendable a los políticos en estos tiempos en que los ciudadanos piden nuevas formas. El esfuerzo, la constancia y el juego limpio son valores del deporte plenamente aplicables a la política, aunque a diferencia del futbol, en el que los aficionados observan todo lo que sucede en el campo, la política tiene demasiados ángulos ciegos y distorsiones de la realidad.
La política española, en este maratón electoral de 2015, una verdadera “final four” en sus citas de Andalucía, municipales y autonómicas, catalanas y generales, se ha situado por la declaraciones de los candidatos en un escenario de banalidad, ocurrencias y subasta de promesas en la carrera electoral. Desde “la Giralda para el pueblo” hasta el “no pisaré el Palacio de Cibeles” y por el medio los fuegos artificiales contra la corrupción, la nueva fiscalidad y la ruptura con los criterios y principios de rigor financiero de la Unión Europea, como si bastara con una llamada de teléfono a la señora Merkel. Todo escasamente reflexionado y sin el sostén de datos y proyectos.
Recordando a Julio Anguita muy poco programa, programa, programa.

Los electores de momento miran al patio distantes, sorprendidos y escépticos como lo reflejan las encuestas, muy volátiles y con un alto grado de abstención. La fotografía final va a ser diferente y la recomposición del mapa electoral no va a sufrir el vuelco en la clasificación que presentan los sondeos. Se están midiendo intenciones directas de voto que aplicadas sobre los distintos territorios electorales y con las papeletas en las urnas el día de la votación serán significativamente diferentes.

En estos 37 años de democracia que vamos a cumplir, de los que 22 han gobernado los socialistas y solo 12 el Partido Popular, España ha puesto en práctica reformas y mejoras que difícilmente se aventuraban en los inicios de la transición.

La recuperación de las libertades, la formación de un Estado del bienestar con protección similar al de los países europeos, la mejora en la educación, la sanidad y las infraestructuras, la recuperación de una posición internacional integrada en los centros de decisión y tantos otros contenidos que han modernizado este país, deberían servir para sentirnos orgullos colectiva e individualmente del camino que hemos recorrido.

Sin embargo, hay una tendencia al “talibanismo destructivo” de todo lo que se ha construido, similar a los integristas que destruyen el pasado cultural y martillean el patrimonio y que se explica y se presenta simplemente como lo nuevo frente a lo viejo, sin más.

Unos adalides de la demolición con escasas credenciales que ofrecen un mundo feliz sin esfuerzos en el que, como Robin Hood de la política, despojarán a unos para dárselo a otros.

Un viaje a ninguna parte, sin destino conocido y sostenido en eslóganes y estereotipos, alejados de la realidad. Creen que los ciudadanos no han alcanzado la mayoría de edad. Para sobrevivir, vacúnese esta primavera de escepticismo y vea más futbol.

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