El calidoscopio de la Nación

Por fin ha acabado el debate del estado de la Nación, un ejercicio inútil en el último año de legislatura, convertido en “todos contra el Gobierno”. Como cuenta Marcello ni los protagonistas, empezando por el líder del PSOE se quedan a oír a sus correspondientes, por lo que no es de extrañar que Celia Villalobos desde la Mesa de la Cámara se dedique a los juegos de ordenador para matar el tiempo.

Este debate es paréntesis en la vida normal parlamentaria que se ha querido dotar de una transcendencia ritual de la que carece y que debería estar naturalmente situado en el trámite de presupuestos que en el reglamento del Congreso se abriría con un prólogo protagonizado por los lideres de los grupos parlamentarios que nos explicarían sus propuestas para la cosa pública y el destino de nuestros impuestos.

Es decir, programas políticos con presupuestos ciertos y definidos y no castillos en el aire.

El problema del debate es que se ha convertido en cualquiera cosa menos en el examen del estado de la Nación, ya que cada portavoz se sube a la tribuna con su particular guión. Pedro Sánchez llegó al debate con la necesidad de reforzar su débil posición como líder del PSOE. Por tanto estaba de meritorio y a partir de esta situación se convirtió en un púgil que lanzaba uppercuts dialécticos a Rajoy que le miraba entre sorprendido y asombrado. Se ha quedado feliz y contento por que se ha ganado una prórroga.

Duran y Lleida vino a la Carrera de San Jerónimo a recomponer las formas en la entre Convergencia y Unió, relación que no pasan por el mejor momento en Cataluña. En todo caso sus intervenciones siempre son correctas y con sentido. Y Alberto Garzón se subió a la tribuna a convencer al electorado de IU que la modernidad ha llegado con el cambio de atuendo que ha pasado de la camisa con cuello Mao o chaqueta con camiseta de Cayo Lara, a la camisa por fuera y el pantalón vaquero del nuevo portavoz.

Los demás son actores secundarios y actúan en el esperpento con la intención de reafirmar en pocos minutos que existen y están en el Congreso, lo que les dará un contra portada en el periódico de su pueblo.

Rajoy estuvo paciente y su epílogo final con Pedro Sánchez fue solo ligeramente cruel, habida cuenta que el portavoz socialista le descalificó reiteradamente en la interpretación de su personaje.

A la oposición no le viene bien la recuperación económica que tiene signos evidentes, por más que los efectos de la crisis perviven y han dejado a muchos ciudadanos afectados gravemente.

El interés de la izquierda por presentar una sociedad dual, de un lado los desfavorecidos y de otro los beneficiados por el Partido Popular no se sostiene con la realidad. El crecimiento de la economía asentado en la mejora del consumo es una realidad incuestionable. Las empresas están presentado mejoras en su resultados y ha habida de reducción del saldo de deuda neta en el sector privado. La inversión extranjera he vuelto y el termómetro de la Bolsa lo certifica.

Como país, España ha recuperado credibilidad en los mercados internacionales y la gobernanza de Rajoy recibe una alta valoración en los medios internacionales. Eso sí, sin practicar una política de comunicación de auto bombo, ya que el personaje no sobre actúa y es bastante comedido. La protección y cuidado de su imagen política tiene un perfil sensiblemente más reducido que el de los anteriores Presidentes del Gobierno.

En toda esta posición estratégica de la oposición parlamentaria, empeñada en fustigarnos con la tesis sostenida y no enmendada de que hemos sufrido un rescate, concepto interesadamente falso e inexacto, hay una actitud muy poco constructiva para el futuro del país. Nuestra economía ha sufrido una primera devaluación en todos los sectores, precios, rentas laborales y empresariales, seguida de una depuración del sistema financiero mediante una dieta severa que nos permite llegar al momento actual en una excelente posición para aprovechar la devaluación del euro y la reducción del precio del petróleo, lo que unido al restablecimiento de la normalidad en la emisión de deuda pública, asienta el crecimiento.

No ha habido por el Gobierno una política fiscal que favoreciera a su teórico electorado, ya que la subida de impuestos a las rentas altas fue inmediata. Y la reforma fiscal es bastante moderada y más cercana a políticas fiscales socialdemócratas que estrictamente liberales.

La crisis lo que se ha llevado por delante ha sido la inversión pública, ya desde las medidas de Zapatero en el 2010 y con ello se ha destruido mucho tejido empresarial y un alto número de empleos en el sector de la construcción y en la industria auxiliar vinculado a esta inversión, hoy todavía no recuperada. Y es fundamental para la creación de empleo que vuelvan a activarse los programas de inversión del Ministerio de Fomento.
La crisis ha sido sin duda un tsunami para el sector inmobiliario que prácticamente ha desaparecido con el traslado de sus activos a las entidades financieras. La supervivencia de empresas con larga trayectoria se ha ventilado en los procedimientos concúrsales hoy todavía en tramitación.

Le guste o no a la oposición, el Gobierno de Rajoy se ha movido en las zonas templadas de la moderación política y el ajuste al estado del bienestar que está radicado en los presupuestos y la gestión de las CCAA, educación, sanidad y dependencia están bajo su competencia, ha sido reducido a la menor expresión. Las políticas sociales encuadradas en los presupuestos autonómicos se mueven en porcentajes próximos al 90 por ciento, por lo que la ratio del porcentaje de gasto público social en relación con el PIB no ha decrecido, sino que ha aumentado ante el desplome de la inversión.

En definitiva un debate del estado de la Nación que tendrá nula repercusión electoral, por más se organicen aquelarres y celebraciones.
Los ciudadanos en todos los procesos electorales desde 1978 han controlado, milimétricamente los cambios políticos en función del momento ejerciendo naturalmente su mayoría de edad. Y lo volverán hacer.

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