Alberto: No todo se puede transformar

Se dice que en la política es difícil entrar pero, quizás , lo más difícil es administrar y controlar la propia salida. Alberto Ruiz Gallardón ha presentado su dimisión como Ministro de Justicia, diputado nacional y miembro del Comité Ejecutivo Nacional del PP del que ha formado parte desde hace más de treinta años.

La historia del PP y especialmente del PP de Madrid no puede entenderse sin la biografía de Alberto Ruiz Gallardón que se ha dedicado  a la política en cuerpo y alma, sin reservas y con una capacidad de trabajo y constancia inigualable.

Es una verdad incontrovertible, incluso para quienes no le profesen amistad que el PP  consiguió la victoria electoral en 1996 después de 14 años de socialismo con una contribución muy importante y significativa de Alberto Ruiz Gallardón que rompió la hegemonía socialista en Madrid en 1991.Una aportación en la que también tiene una aportación muy significativa y no debidamente reconocida José María Álvarez del Manzano que ya obtuvo la victoria electoral en las elecciones municipales de Madrid en el año 1987.

Alberto Ruiz Gallardón no es un político al uso y no ha dejado indiferente nunca a los ciudadanos. Su capacidad y su liderazgo dibujaban el retrato robot del líder del Partido Popular y le predestinaban a ser el candidato natural a la Presidencia del Gobierno. Si fuésemos capaz de rebobinar la historia, quizás su figura, junto con la de Jose María de Areilza en el primer gobierno nombrado por el Rey Juan Carlos, reunían todas las condiciones para liderar a la  derecha en España y alcanzar la primera magistratura. Pero la historia toma muchas veces atajos inexplicables y sobre todo la política no se rige habitualmente por los principios de mérito y capacidad que recoge la Constitución para acceder a la función pública.

Cuestión diferente en la política es el principio de oportunidad que determina la conjunción de los propios méritos y aspiraciones con el momento político que se  transforma en una especie de tiovivo que reparte cargos y responsabilidades en base a otros principios, como el de la confianza o el de la amistad que están residenciados en relaciones más afectivas que racionales.

En esto de los tiempos –cuando hay que tomar impulso para dar el salto- el maestro es Mariano Rajoy  cuya intuición, estrategia y capacidad para estar y no estar en el estribo del tiovivo es inigualable para la desesperación de sus adversarios y competidores.

Alberto Ruiz Gallardón,  sin embargo, ha cometido  errores en la política en los últimos años que revelan mucha ingenuidad. Un político que ha sabido manejarse con los medios de comunicación con una gran habilidad y moverse, sobreviviendo, en el difícil medio ambiente de los  propios compañeros, no ha manejado bien sus tiempos. No debió abandonar el Ayuntamiento de Madrid para incorporarse a un Ministerio devaluado como el de Justicia y que a pesar de su condición de Fiscal, estaba lejos de sus dedicaciones y vocaciones acreditadas en la política.

El viejo caserón de la calle San Bernardo que aloja la sede del Ministerio de Justicia es estructuralmente, estéticamente y sustantivamente lo mas extraño a su voluntad e impulso reformador. Y parece que el espíritu del viejo caserón le atrapó desde su toma de posesión. Las resistencias a las reformas de los pequeños intereses corporativos que colonizan el Ministerio, las inercias históricas y las restricciones presupuestarias generan tal tela de araña que es difícil encontrar en la historia de nuestra reciente democracia un Ministro de Justicia que salga del Ministerio laureado políticamente. Quizás el único caso es el de Pio Cabanillas cuando blandió una barretina desde un balcón en una visita a Cataluña, imagen que fue portada en la prensa del momento. En todo caso, un acto político ajeno a la Justicia.

Alberto Ruiz Gallardón interiorizó demasiado el anteproyecto de ley de regulación del aborto. Una reforma que nació con la oposición de la izquierda y sin los consensos internos en el Partido Popular. También el discurso de presentación del anteproyecto  suponía una ruptura radical  en un asunto en el que predominan las convicciones personales y morales en relación con una realidad social que se ignora conscientemente y que sociológicamente se sitúa en la esfera de la privacidad.

Ciertamente el anteproyecto reabre un debate absurdo y falaz, abortistas versus anti abortistas – estoy seguro que las primeras anti abortistas son las mujeres- pero que se ha planteado interesadamente y aprovechado por la izquierda para  presentar al PP como un partido eclesial y cavernícola, sucursal de la Conferencia Episcopal.

Lo que es indudable es que la ley causal de1985 era un coladero y se falseaban los dictamenes preceptivos. También es evidente que esperar la sentencia del Tribunal Constitucional sobre la Ley de plazos aprobada por Zapatero era una precaución necesaria. Si el máximo Tribunal lleva cuatro años sin pronunciarse es porque no hay un consenso jurídico en su seno y más después de la última renovación de su miembros.

Alberto Ruiz Gallardón debería haber rectificado y no mantener un anteproyecto que producía incomodidad en el Gobierno visible en la opinión pública. Los programas electorales son un contrato pero su cumplimiento debe atemperarse en función de la realidad del momento. Y sobre todo tiene y tendrá un acervo político que le permitía abordar grandes proyectos.

Antonio Garrigues, cuya lucidez de octogenario es envidiable, dio un titular: “La democracia es convivir en la discrepancia”.

A nadie la democracia  puede obligar a renunciar a sus principios y convicciones. Pero quienes se consideren liberales y quieran estar en política deben anteponer y preservar para los ciudadanos los ámbitos de libertad a estos principios y convicciones más personales. Aunque produzca en algún caso un gran desasosiego.

0 comentarios

Escribe tu comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Agradecemos tu participación.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *