Suárez abre la segunda transición

¿Realmente el funeral por Suárez escenifica el fin de la transición o la transición, el espíritu del reformismo democrático que protagonizó Adolfo Suárez finalizó en 1991 cuando tras la derrota en las elecciones municipales abandonó la política y se consolidó el bipartidismo imperfecto sobre el que ha girado la política española desde 1982?

En la Constitución de 1978 y especialmente en el sistema electoral existe un genoma indeleble que dirige la política española hacia el bipartidismo, reclamado por el temor a reproducir la pluralidad de partidos con representación en el Congreso que fue una de las causas que contribuyeron a la inestabilidad de la II República. El temor de los constituyentes y de los poderes fácticos a una inestabilidad política estructural determinó que, una vez finalizada la transición, se favoreciese una alternancia política, Partido Socialista-Partido Popular que se remonta, en su antecedente, al pacto del Pardo suscrito en 1885 entre Cánovas y Sagasta bajo el reinado de Alfonso XII.

Es indudable que el proceso de transición no se consolidó hasta que en 1982 gana las elecciones el PSOE con Felipe González al frente. La democracia española, la Monarquía y la proyección exterior de España en las instituciones europeas necesitaban un sello de protagonismo socialista que sirviera para incorporar su papel activo en la consolidación del Estado democrático que había advenido desde reforma política que aprueban las últimas Cortes franquistas.

Si la transición, la democracia y la Monarquía Juancarlista requerían que el PSOE gobernara, la prueba definitiva de que la transición había finalizado fue su salida del Gobierno en 1995 con la victoria de José María Aznar como líder del PP. El proceso político de restructuración de la derecha española se consolidaba después de 14 de años de caminar por el desierto y perder las adherencias del franquismo residual con la incorporación de antiguos políticos de la UCD y la modernización de sus mensajes.

Fraga Iribarne tenía que dejar paso a una nueva generación política, porque el modelo de la transición y la propia generosidad de Adolfo Suárez, forzada desde las intrigas internas de la UCD, hacía estratégicamente imposible que fuera Presidente del Gobierno.

Ciertamente el diseño del modelo político existía, aun cuando evidentemente los tiempos no se controlaban absolutamente. Hubiera sido imposible. Pero las distintas piezas del puzzle iban encajando con una cadencia sorprendente.

Por ello la transición termina en 2004, con la victoria de Zapatero, cuyo final él mismo quiere autentificar bajo el principio político que presidió su gestión de corregir lo que consideraba actos fallidos de la transición para la izquierda. Abierto el nuevo escenario, se incorporan inmediatamente los nacionalistas que participan de la misma valoración.

Estamos en consecuencia con una transición históricamente agotada y una nueva página de nuestro devenir que todavía carece de nombre. Por ello e indudablemente por su grandeza política, los ciudadanos se han sentido conmovidos por la figura de Adolfo Suárez.

¿Es posible que los políticos dimitan y dejen la política cuando pueden ser un obstáculo y la dimisión favorece la regeneración? ¿Es posible que haya partidos, como fue la UCD o el CDS, donde no existió corrupción para allegar fondos a sus estructuras y menos para enriquecerse algunos? ¿Es posible que haya Presidentes de Gobierno que se despojen de la soberbia y crean que la discrepancia y la diferencia ideológica en la convivencia democrática es complementaria y refuerza con lealtad el sistema, como afirmó Suárez? ¿Es posible guardar silencio sin rencor cuando te han traicionado, vituperado y abandonado aquellos a los que aupaste al poder, como hizo Adolfo Suárez?

Todo esto es lo que ha llenado de asombro con la recuperación de la memoria de Adolfo Suárez. Una forma de hacer política que los ciudadanos reconocen en su figura y contraponen a los últimos 10 años.

La muerte de Adolfo Suárez, el recuerdo de su historia, ha reabierto un espacio político que los ciudadanos queremos recuperar. Por ello su muerte y su funeral deben servir de punto de inflexión a los partidos y a sus líderes para desprenderse de la corrupción, las mentiras, la soberbia y el alejamiento del sentimiento de los ciudadanos. Algo tan sencillo y tan rotundo como “hacer país” y fortalecer la democracia, la libertad y la concordia.

Si el PP y el PSOE no son capaces de entenderlo, esta segunda transición precipitará los cambios y la evolución del sistema porque es evidente que hoy los ciudadanos se sienten alejados, incomprendidos y abandonados por la política.

Por eso han vuelto su mirada hacia el féretro en el que reposaba en su último viaje Adolfo Suárez.

0 comentarios

Escribe tu comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Agradecemos tu participación.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *