Suárez: un valiente reformista

En este país nuestro que siempre se ha deslizado en la historia entre el tremendismo de las adhesiones más inquebrantables y las rupturas más trágicas, los reformistas siempre han sido vituperados, incomprendidos y mayoritariamente olvidados.

Un reformismo que tiene sus mejores ejemplos en el rey Carlos III que liberaliza el comercio con América en 1765 e incorpora a España la ilustración que era dominante en Europa y sustituía al antiguo régimen de los poderes absolutos del monarca. Junto a él, toman protagonismo los nombres de Jovellanos, Floridablanca, Aranda, Campomanes, Olavide… que proclaman la educación como medio para cambiar el país.

Un reformismo que se fusiona en la Constitución de Cádiz de 1812 que acoge las ideas de la libertad y de la nación para superar los viejos fueros que oprimían a los ciudadanos y acuartelaban los territorios de España.

Un reformismo que un siglo después da nombre al partido político fundado en 1912 por Melquiades Álvarez que define una tercera vía en los conflictos seculares que protagonizan la política española y cuyo ideario comparten Maura, Joaquín Costa, Sánchez Guerra, Giner de los Ríos Fernando de los Ríos, Ortega y Gasset. Todos comparten distintos aspectos de lo que sin duda es un proyecto de modernización del país y de constitucionalismo democrático.

Adolfo Suárez es por su trayectoria un gran continuador de la mejor escuela del reformismo democrático en España. Comprendió su tiempo, la relevancia del momento, inexcusable para abordar la transformación de España, cuyas bases se asientan en la Ley para la reforma política que presenta y consigue la aprobación de unas Cortes franquistas.

Suárez representa la tercera vía entre los rupturistas, representados por la izquierda antifranquista y los inmovilistas que recelan de la democracia y pretenden sucederse en el poder. La superación del conflicto por el acuerdo y la ley democrática frente a la revolución.

Junto a Adolfo Suárez se agrupan los sectores reformistas del régimen, los liberales, los demócrata cristianos y los socialdemócratas que protagonizan el esfuerzo más generoso y ejemplar en la política española del siglo XX. Acusado de traidor por los rescoldos del franquismo, incapaces de comprender el curso de la historia, hostigado por una izquierda que tiene que sustituir huelgas y manifestaciones por la política en las instituciones y aislado en muchas ocasiones en las lucha internas de la UCD, donde todos preparan su impedimenta para el día después, Adolfo Suárez es el artífice de la Constitución de 1978 que ha cumplido su objetivo: Como dice su preámbulo, “Garantizar la convivencia democrática dentro de la Constitución y de las leyes conforma a un orden económico y social justo”.

La UCD, el centro democrático, tal y como se había configurado, nació con este objetivo y se agotaba y consumía con su cumplimiento. Suárez fue sin duda consciente de ello. Restaurada la democracia constitucional bajo la forma de la Monarquía, el país recobraba su normalidad -ya era normal en la política lo que a nivel de calle era normal- y el esfuerzo ingente que él había protagonizado junto a la mejor generación política del pasado siglo, llegaba a su fin.

Desgraciadamente este país tiene una frágil memoria y no cultiva el recuerdo de la trayectoria de sus grandes hombres que se debe transmitir como ejemplo a las futuras generaciones. Su ocaso político, sin embargo, hizo posible la transformación de una Alianza Popular, una derecha con demasiadas adherencias en el franquismo que no había apoyado la Constitución de 1978, en un nuevo Partido Popular que hereda el centro político e integra a los reformistas y moderados que habían militado en la UCD.

Nunca sin embargo el Partido Popular ha reconocido el papel de Adolfo Suárez con toda la justicia que se merece y su legado en el espacio político que este partido hoy representa. Manuel Fraga, una personalidad en exceso, nunca aceptó que Adolfo Suárez fuera el elegido por la historia para el papel protagonista de la transición y de una u otra manera su figura se oscureció. Ni el Partido Popular ni sus sucesivos presidentes a salvo de algún gesto de Aznar, rememoraron su figura. No tuvo tampoco reconocimientos de Estado – hoy los expresidentes forman parte del Consejo de Estado – aunque sí del rey Juan Carlos.

A pesar de ello su imagen erguida en el escaño, el ominoso 23 de febrero de 1981, el día en que se intento torcer el rumbo de la voluntad de los ciudadanos, tendrá un lugar imborrable en nuestra historia.

Fue el hombre de la restauración de la democracia que supo comprender y aunar el sentimiento colectivo y que proclamó y practicó una política de convivencia sobre los cimientos de tres ideas: la democracia, la libertad y Europa.

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