Balance del Gobierno: azúcar y sal (I)

El Gobierno de Rajoy ha pasado la reválida de la mitad de la legislatura con un aprobado y la percepción generalizada de que puede mejorar su rendimiento en la segunda parte del curso.

En el lado del haber, España ha conseguido salir del epicentro de la tormenta perfecta en que estábamos metidos como consecuencia de una crisis financiera internacional como detonante que había dejado en descubierto las debilidades estructurales de nuestra economía y la ineptitud de Zapatero, ausente de la realidad y asentado en el mundo mágico figurativo de la izquierda irredenta.

Este Gobierno de Rajoy se encontró un barco a la deriva, con inminente riesgo de zozobra, en un escenario de ciudadanos que alentaban su fe en la capacidad taumatúrgica de un cambio de electoral, pero que desconocían o ignoraban inconscientemente el duro camino que se presentaba y que había que recorrer.

El país llegó muy mal preparado a la crisis, con un grado de inmadurez evidente y con la contribución negativa de la oposición política, sindicatos y de medios de comunicación de su entorno, dispuestos a proclamar simplicidades y negativas a seguir el tratamiento. El “no a Europa”, la no asunción de los recortes que eran y son sino una devaluación en toda regla, y los clichés de que se quería cambiar el estado del bienestar y que paguen los ricos, se enmarcaba en la peor tradición española caracterizada por el aislacionismo, el quijotismo y el que inventen otros.

Los movimientos, como el 15-M que jalonaron los primeros tiempos del nuevo Gobierno, se fueron diluyendo como azucarillos ante la inconsistencia de un modelo alternativo que pretendía gobernar el país desde grupos de ciudadanos formando corros en las calles. Lo pronostiqué en su momento: las manifestaciones contra la política del Gobierno y la pretensión de colocar a la calle en el centro de la vida política no tenían recorrido, ni por sus protagonistas ni por sus propuestas. Tan poca consistencia como el “renovado” liderazgo del PSOE, con Rubalcaba a la cabeza, en un ejercicio de resucitación incompatible con lo que los ciudadanos demandan a sus representantes de izquierda.

El Gobierno ha abordado reformas tan importantes como la reestructuración del sector de Cajas de Ahorro, realmente su entierro y funeral, con algunos titubeos iniciales que agravaron sus ya de por sí graves patologías. Trufadas por los partidos políticos y convertidas en Bancos regionales al servicio de los virreinatos autonómicos, su liquidación no ha hecho verter una sola lágrima ni por ellas ni por sus gestores, a pesar de que el proceso se dulcificaba desde el primer momento presentándolo como una reestructuración bancaria general.

La reforma laboral, con numerosas resistencias ha abierto el camino a homologaciones más reales con la legislación europea y ha iniciado la eliminación de las adherencias a un sistema proteccionista que tenía sus orígenes en la dictadura y que lo sindicatos sacralizaban con la finalidad de blindar sus propias organizaciones. Los escándalos de los EREs y las revelaciones de las prácticas de las nomenclaturas sindicales están desmontando su posición protagonista y les empuja hacia una renovación de líderes, estructuras, métodos y discursos inaplazable, a riesgo de padecer el efecto decreciente de Liliput.

Estas tres grandes líneas del Gobierno que ha restablecido la confianza con los interlocutores institucionales y financieros europeos se ha debido a la buena gestión del ministro Economía que ha contado con el apoyo de Exteriores y la colaboración eficiente de Miguel Arias en Agricultura. Un tridente que ha mantenido un perfil técnico y profesional y que con escaso aspavientos, recuperando para España la condición de un socio comprometido y fiable en la construcción europea.

Realmente esta tarea justifica sobradamente los dos años de curso político y su repercusión en la valoración del Gobierno que debería ser más alta simplemente con un modelo de comunicación normalizado. Pero el Gobierno se ha empeñado en ser el peor agente de sí mismo y Rajoy ha delegado, más bien abandonado, la comunicación con los ciudadanos en las ruedas de prensa de los viernes en La Moncloa, protagonizadas por la Vicepresidenta que se ha aplicado con todo entusiasmo pero con limitado éxito. Sin cometer errores de bulto, las comparecencias en La Moncloa han resultado más un acto de trámite donde se ha intentado lanzar balones fuera, pacificar las informaciones comprometidas del caso Bárcenas y las salidas de tono de algunos ministros, como las que ha protagonizado Montoro que se ha convertido en un auténtico especialista en el chapoteo.

El acompañamiento al Gobierno desde los otros dos alfiles, el Grupo parlamentario y el partido, ha sido dispar. El portavoz en el Congreso, Alfonso Alonso, el del Senado no existe, da un buen tono moderado a sus intervenciones y procura un discurso racional sin entrar en las provocaciones de la oposición. El equipo es reducido y las apariciones de algunos adjuntos son manifiestamente mejorables. En su debe, no ha formado un buen coro con portavoces adjuntos que merezcan ser escuchados.

En el partido, Dolores de Cospedal ha bailado con la más fea y entre las aguas de Castilla La Mancha y la calle Génova, sin que los ciudadanos sepan cuando ella actúa en cada papel. Al Gobierno y especialmente a Rajoy les ha llegado el agua del caso Bárcenas hasta la cintura, sin que se aprecie preparada y elaborada una estrategia jurídica y de comunicación. Nada de nada y error sobre error. Realmente es difícil la vida de los que se quedan en el partido cuando se gobierna, pero Cospedal y su equipo tienen el mérito de no haber aportado nada en desahogar al Gobierno de problemas. Las comparecencias y los discursos de los fines de semana no pasaran a los anales de la política.

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