Radiografía política de otoño

El sondeo de Metroscopia para El País de este primer domingo de octubre habrá provocado alguna sonrisa a Rajoy. La caída del PP, 10,5 puntos en comparación con los resultados de las elecciones generales, cuando se va a cumplir el ecuador de la legislatura, se compensa con el parón del PSOE de Rubalcaba, anclado en un 29 por ciento.

Los otros, IU y UPyD, progresan, pero moderadamente y la subida en vertical del primer año de legislatura se ha estabilizado y recogen un 11,5 y un 9,1 por ciento respectivamente, muy lejos de los dos grandes partidos. Además, el sistema electoral no favorece la dispersión del voto y la relación voto/diputado les supondrá un esfuerzo agravado en relación con los dos grandes partidos.

El parón del PSOE del Rubalcaba refleja una tendencia que no se ha conseguido romper desde las elecciones del 20-N de 2011.Ni el incumplimiento del programa electoral de Rajoy con una subida de impuestos que ha recaído en los sectores más dinámicos de la sociedad, ni el incremento de las cifras de paro, ni la restricción crediticia, ni los recortes salariales a los funcionarios, ni la introducción de copagos en los servicios públicos, por no seguir describiendo la situación, han servido de argumento a la oposición socialista para crecer, al menos 5 puntos y emparejarse electoralmente con el PP.

Y las revelaciones del caso Bárcenas se diluyen como un azucarillo con la misma rapidez que se olvida a los gestores de las Cajas de Ahorro que se llevaron por delante el ahorro de los preferentistas.

El apoyo mediático del PSOE sigue en la misma localización, pero el discurso y su representación, el propio Rubalcaba, Valenciano y la portavoz parlamentaria la otra Soraya, sigue siendo muy pedestre y limitado en sus conexiones con los ciudadanos. La percepción de los electores es que el PP es manifiestamente mejorable, pero el PSOE es una calamidad y carece de un proyecto nacional.

La oposición del PSOE genera sobre todo indiferencia, confusión y distanciamiento. El intento de trasladar a la calle la contestación social también se ha diluido. Los movimientos sindicales de los sectores de educación y sanidad, el cerco al Congreso y el 15-M han perdido el pulso y lo que se presumía como una toma de la calle por los anti gubernamentales tampoco ha tenido, afortunadamente, más continuidad.

Con un Gobierno cuyo Presidente carece de toda empatía que se aleja de la realidad y de los conflictos con la velocidad de la luz y no presta el menor interés por su imagen pública, habría que suponer que la oposición tendría el campo libre para desarbolar la política gubernamental.

En el escenario, los ministros que no pueden salir a la calle -Wert ha cancelado la inauguración del curso universitario- participan de la identidad corporativa y representan un papel de acusado perfil plano, actuando más de administradores de la situación que de dirigentes políticos de un país en crisis. Personalidades con trayectoria propia, como Ruiz Gallardón, García-Margallo o Arias están subsumidos en la máxima “lean más el Marca y no hagan caso a lo que dicen los periódicos”, dedicados al ejercicio de la desaparición política al modo del mago Hudini.

El sistema en España ha producido una desertización de la política, agravada por la rendición de las instituciones democráticas a la fatalidad de la crisis y los ciudadanos practican el alejamiento de los partidos políticos como una terapia saludable para afrontar el duro presente. Ya no se creen nada.

El PSOE de Rubalcaba es nítidamente un acto fallido desde el resultado de las elecciones generales y actúa de mera comparsa en la administración de la crisis.

El esfuerzo por la regeneración, la ilusión colectiva para ganar el futuro, la convicción democrática y el sentido de país han desaparecido de la política. Somos una sociedad anestesiada que se está acostumbrando a vivir en dos dimensiones: la política y la real. Y parece que el futuro no es muy favorable.

La renovación y regeneración democrática no debería ser una formulación teórica de periodistas y analistas independientes. Necesitamos un nuevo plan colectivo para encarar la segunda transición. Y este plan pasa necesariamente por cambiar la ley electoral y comprender que somos un destino colectivo en el nuevo mundo globalizado en el que Europa sigue siendo una tierra de esperanza, aun llena de contradicciones, para todos aquellos como los que han perdido su vida intentando llegar a Lampedusa.

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