No: Europeizar España

La conferencia de Esperanza Aguirre en la modernista sede del Círculo Ecuestre de Barcelona, punto de encuentro de la burguesía empresarial de Barcelona -”hay que catalanizar España- es una “boutade” asimilable al “hay que españolizar Cataluña de Wert”. Las simplificaciones en política dan un titular, pero son contundentemente superficiales.

España se ha construido desde las diversidades originales que representaron los antiguos Reinos que convergieron en un proceso de unificación que culminaba en la síntesis de la Monarquía que preservó algunos fueros y privilegios territoriales de contenido civil que no son, precisamente, expresión de modernidad, sino del tiempo histórico en que se produjo la formación del Reino de España.

Para los liberales, la superación de fueros y privilegios se hace patente con el Estado Nación que se construye desde las declaraciones de derechos del hombre y del ciudadano de finales del siglo XVIII. En su contenido, la democracia, la libertad y la igualdad jurídica asientan el nuevo modelo político institucional.

El problema de nuestra organización territorial, el Estado de las Autonomías, está en los últimos años en que a medida que las Comunidades ampliaban sus límites competenciales, despojándose el Estado de poderes que garantizaban la libertad y la igualdad de los ciudadanos -la justicia, la educación y la sanidad- se producía un correlativo corrimiento de los nacionalistas hacía posiciones secesionistas, manifestando una creciente y permanente insatisfacción.

A más autonomía, más independentismo.

Esta realidad constata un fracaso del Estado de las Autonomías, patente desde las perspectivas política y económica. Ni satisface como organización institucional ni se muestra capaz, no ya de evolucionar hacia un nuevo marco competencial, sino de mantener y sostener su realidad actual.

En la base del problema, la federalización de las políticas de gasto y la centralización de los ingresos, generando un escenario de irresponsabilidad en la gobernación de las Comunidades que permite imputar el fracaso permanentemente al Gobierno de España por el desequilibrio causado.

Cuando la crisis ha hecho patente las distorsiones del sistema – incapacidad y exclusión de las Autonomías de los mercados financieros internacionales -el sistema ha quebrado y presentado sus ineficiencias y desmesuras, económica y políticamente.

Desde el nacionalismo independentista se ha encontrado el argumento para dar el paso final que se guardaba en la alacena de las utopías, en un ejercicio de regresión evolutiva, pues racionalmente el nacionalista debería haber inmunizado su independentismo por el baño de europeísmo que supera el Estado Nación hacía la forma de un Estado europeo. Un nuevo avance en los principios de democracia, libertad e igualdad.

Este discurso, de defensa del modelo Europa, con todas las matizaciones y críticas que puedan imputarse a la “tortuga europea”, es lo que debería decir un liberal que no sea a la violeta. El reto que tenemos como país y como sociedad en este momento es comprender que la globalidad nos exige un esfuerzo cualitativo en nuestra integración internacional. Y este reto nos obliga a cambiar e intentar aportar nuestro acervo a la construcción de la nueva Europa, acusada de carecer de una narrativa, un relato para el siglo XXI, para no quedar nuevamente fuera de las corrientes que han guiado Europa.

Necesitamos en la política algo más que titulares imaginativos. En este teatro, Artur Mas se ha incorporado al circuito declarando que es indiferente el estatus político de Cataluña, ya que se puede estar en el euro, que es lo importante, sin estar en Europa.

El coro desafinado de este país nuestro exige que Rajoy, como Presidente del Gobierno del Reino de España, plantee, explique y defienda el objetivo de adaptar nuestras estructuras políticas, sociales, económicas y jurídicas a la nueva Europa que indefectiblemente va a venir, porque es una necesidad para su propia supervivencia.

Los cambios desde Europa van a llegar, están llegando naturalmente a los ciudadanos como consecuencia de la apertura de mercados y por la propia globalización. Sería absurdo que España se quedase en un debate localista cuando la cuestión es global, ya que Europa tiene que buscar su encaje en las nuevas estructuras y relaciones internacionales.

Mirarse el ombligo y no levantar la vista es un mal endémico de nuestros políticos desde hace mucho tiempo y es sorprendente que, quienes tienen o presumen de una formación liberal, hayan sustituido el internacionalismo europeísta por el localismo provinciano.

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