Nuevo curso político: la vida sigue igual

Nos parecemos cada vez más a Europa y el curso universitario y el político empiezan en la primera semana de septiembre. Los periódicos, en su edición dominical, hacen un ejercicio de prospectiva desde las atalayas de las trincheras en que se ha instalado los grandes grupos que han abandonado un periodismo independiente, critico y sin subvenciones ni servidumbres que, como dice, desde hace tiempo, Pablo Sebastián, hoy está en internet.

Los que apuestan por una prolongación del caso Bárcenas, convertido en el centro de la vida política, se equivocan. Moncloa da por cerrada las derivaciones con las que la oposición pretende alcanzar a Rajoy que se les escapó “vivo” del Senado, aun planificando un endurecimiento de las iniciativas que han programado para la vuelta.

Los partidos de la oposición yerran si piensan que pueden exprimir más el caso Bárcenas, sin revelaciones espectaculares que, presumiblemente, no las habrá. El discurso político no puede circular en estos tiempos únicamente sobre la corrupción de y en los partidos políticos, ya que la sombra de duda que se incrusta en el poder traslada un efecto negativo con más o menos intensidad a todos los partidos.

Residenciado en sede judicial, los ciudadanos ya descuentan por sus propios medios los efectos de la corrupción en la vida política que tendrá sus consecuencias en aritmética de las elecciones. La corrupción está incrustada en el sistema y eso que hemos padecido durante la democracia una secuencia de casos que colocados, unos detrás de otros, producen cierto horror.

Pero el sistema ha funcionado, aun con estos casos lamentables, consecuencia del oligopolio organizado desde la estructura del régimen electoral y el reparto del poder institucional entre los grandes partidos. Por ello, lo que los ciudadanos reclaman es la introducción de reformas que mejoren el sistema electoral e introduzca limitaciones al control exhaustivo de las instituciones desde los partidos.

Las formas son fundamentales en la democracia y si los grandes partidos han sido incapaces de acordar unos modos de comportamientos en las instituciones, una cultura democrática que no tenía que estar necesariamente legislada, es evidente que será necesario incorporar blindajes normativos que limiten la ocupación de las instituciones o, al menos, impongan legalmente un modo de comportamiento más estético políticamente.

El país tiene que mirar hacia delante y esta exigencia es un requerimiento colectivo que afecta a los políticos y también a los medios de comunicación. Hay demasiado encanallamiento en la política española y sería un buen propósito que los dos grandes partidos pactasen una agenda de reformas básicas que sirvan a la mejora y estabilidad del sistema. Y de paso favorezca la incipiente recuperación.

Probablemente un objetivo imposible dado el devenir de esta legislatura, pretendidamente ideologizada por el Gobierno, según dice la izquierda, cuando Rajoy plantea desde el primer momento un Gobierno tecnocrático y en su larga trayectoria política ha huido, siempre y descaradamente, de cualquier encasillamiento ideológico. No hay nadie capaz de formatear un diario de memorias con la doctrina política de Rajoy.

En la mitad de la legislatura, si la oposición no cambia de estrategia, tendremos una política de frontón con un Congreso de los Diputados cada vez más alejado de los ciudadanos. La oposición no tiene ninguna estrategia constructiva y ejerce con muy poco acierto la función de control del Gobierno que, como es tradicional en nuestra democracia, está fuera de las Cámaras representativas y situada en los medios de comunicación y en el Poder Judicial.

El Bundesbank por boca de su presidente, ha criticado la prórroga concedida por la UE a España en el cumplimiento del programa de estabilidad. Es indudable que la ortodoxia alemana genera en nuestros políticos un arrebato de suficiencia patriótica. Pero sería muy negligente negar que la demanda de reformas profundas en nuestro sistema de servicios públicos y de administraciones públicas y la incorporación de medidas liberalizadoras reales y efectivas en la economía, es una exigencia fatua de las instituciones internacionales y ,por tanto , también de los inversores.

Es lamentable el pavor a las reformas liberalizadoras que tiene nuestros políticos de izquierda y la timidez y la escasa convicción con que las defienden los populares, demasiado propensos a resistir poco las presiones de campañitas.

Calificar las medidas del Gobierno de Rajoy de estos dos años como un cambio ideológico radical a favor de la liberalización y en beneficio de los poderosos -y perjuicio correlativo de los desfavorecidos- es un esperpento y una monumental falsedad.

Desgraciadamente todo hace pensar que en el curso que se abre ahora todo seguirá igual en la arena política. Rajoy, intentando equilibrar las cuentas y recuperar la credibilidad del país y la oposición oscilando entre Bárcenas y el cambio ideológico.

Para que no falte algo de folk, en septiembre la cadena humana pro independencia de Cataluña. Como en los dibujos animados, “That’s folk”.

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