La fuerza de Italia

El resultado de las elecciones en Italia es un aviso de lo que puede suceder en las futuras elecciones en España. La primera lección es el castigo al presidente Mario Monti, ahora candidato electoral al frente de la coalición de centro que acudió a apagar el fuego que había organizado Berlusconi y sus coaligados, enderezó la nave italiana y se convirtió en un interlocutor sólido y respetado frente a la UE.

Su trabajo no ha estado mediatizado por los intereses de un partido político, sino que ha impuesto racionalidad de acuerdo con la UE en la deriva económica italiana, lastrada por innumerables trapisondas, engaños y corruptelas en su organización fiscal y administrativa. Pero la mayoría de los electores no quieren soportar esfuerzos ni correcciones o reducciones de lo que califican “conquistas de derechos sociales”.

Las promesas relativas a la supresión del restablecido impuesto sobre propiedades de inmuebles que Berlusconi suprimió y Monti recuperó, es una buena prueba de que los electores quieren oír fábulas antes que realidades, aunque las fabulaciones se desvanezcan inmediatamente con las declaraciones de la Comisión Europea que advierte que no hay otra política que la que ha seguido hasta ahora el gobierno de Monti.

Italia padece además las peculiaridades de su sistema electoral y legislativo que tiende a la inestabilidad. Si se hubiera previsto una segunda vuelta a la francesa en su sistema electoral, las tensiones del día después que ha vivido Europa estarían más controladas. Pero lo que hay es un sistema bicameral de 630 diputados y 315 senadores que exige mayoría o coaliciones.

La recuperación de Berlusconi, tras un final de su presidencia más propio de una ópera bufa que de la seriedad de un gobierno de una potencia occidental, refleja la capacidad de olvido de los electores que, sin embargo, han recordado la vieja frase que se aplicaba a las elecciones durante los largos años de gobierno de la Democracia Cristiana: “tápate la nariz y vota a la DC”.

En definitiva, una sociedad dividida ideológicamente entre derecha e izquierda y también dividida entre quienes todavía confían en el sistema y quienes se oponen frontalmente al sistema y formas políticas tradicionales.

Sin embargo, hay significativas diferencias entre Italia y España. Los italianos tienen una experiencia larga y acreditada en formar coaliciones y administrar la inestabilidad. Su historia política está llena de momentos en los que la gobernabilidad parecía asomarse al abismo, pero al final los actores políticos reconducían la situación, incluso con un nuevo traje político que simulaba una rectificación, aunque todo siguiera igual en el fondo, como recuerda el Gatopardo.

Una nación en cuya historia están desde Marco Antonio, Julio Cesar, los Medici, hasta Garibaldi y De Gasperi y que “solo” ha cumplido 150 años en 2011 desde su reunificación, con una Constitución aprobada en 1948, ha vivido lo sublime y lo indigno de la política, conservando su posición preeminente en Europa y su proyección en el mundo.

Industrialización, diseño, modernidad, capacidad comercial, apertura a los mercados, internacionalización y sentido europeo, conforman un mosaico en el que también se incrustan los momentos del fascismo de Mussolini y la Mafia.

Italia es la tercera economía europea y sus empresas y la sociedad civil ha consolidado está posición a pesar de los momentos menos brillantes de sus políticos. La tan próxima reunificación en el tiempo de la nación, impulsada por la sociedad burguesa moderna y liberal del siglo XIX, bajo el lema del “risorgimiento”, ha generado una sólida construcción como Estado en el que no se pone en cuestión ni su unidad nacional, ni sus símbolos ni su condición de constructor de Europa.

El tiempo y la historia contribuyen a dotar de madurez y capacidad de regeneración a las sociedades. Italia, a pesar del resultado electoral, mantiene una prima de riesgo por debajo de la española, porque los inversores del mundo confían más en su economía y en su sociedad.

Aquí, en España, no solo tenemos los problemas de la crisis económica que compartimos con Italia, sino que tenemos también una crisis institucional y de identidad nacional, a pesar de que nuestro proyecto nacional se forjó en el siglo XV con los Reyes Católicos.

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