Doscientas treinta mil razones

A Rajoy y a su gobierno le está haciendo la evaluación de su primer año de gestión, acompasada al año natural del 2012, el del fin del mundo según el calendario maya, profecía que ha sido desautorizado por la NASA por causa de errores en la cronología. En la contraprogramación, el Partido Popular se ha reunido en Toledo para hacer su balance y lanzar algún rayo de esperanza por boca de Rajoy en los finales de 2013.

Lo cierto es que España está en la mitad de la cuesta y, aunque el camino que se ve por delante es duro, la alternativa de dejar de pedalear o de bajarse de la bicicleta supone caer por el precipicio sin conocer la profundidad de la sima. No hay nada fuera del euro y de Europa por más que nos cuenten, día tras día, que lo que está sucediendo no da resultado, que el paro aumenta, que crecen los desahucios y que se está desmontado el estado social de bienestar.

Desgraciadamente la Arcadia feliz no existe en la política española de hoy más que en el recuerdo de los años de “vino y rosas” en los que se hacían inversiones públicas, se inauguraban hospitales, crecía el PIB, se despachaban hipotecas y préstamos como barras de pan y recibíamos a inmigrantes para que empujasen los carros de las maletas en los aeropuertos y cuidasen a los niños y a los abuelos en las casas.

Lo he repetido en estas páginas. Si hay un escenario inadecuado e incongruente con el genoma político de Rajoy es, precisamente, el que estamos viviendo en la actualidad. Aunque no hay que olvidar que como ha dicho él mismo, “ha sido obediente en política”, sin duda refiriéndose a su pasado en el Partido Popular y, especialmente, a sus años de convivencia con Fraga y con Aznar.

El gobierno de Rajoy está cumpliendo la hoja de ruta marcada en la famosa carta a Zapatero en la primavera de 2010, cuando los poderes políticos y económicos le dijeron que, si quería mantener el acceso de la deuda soberana a los mercados, tendría que aplicar un riguroso y duro plan de “estabilización”, expresión que ha utilizado Rajoy en su intervención de Toledo.

El plan de estabilización, unido a la devaluación de activos, inmuebles y acciones, en una banda entre el 40 y el 60 por ciento de su valor, junto a la rebaja de los costes laborales y a la rápida reconversión del sector empresarial, en primer lugar con la reducción de empleo y, al mismo tiempo, con la drástica disminución de los márgenes empresariales, está aplicándose con la urgencia que han marcado los mercados de deuda soberana y las indicaciones del directorio formado por Alemania, el BCE y el FMI.

En la gestión del plan de estabilización, integrado por ajustes contables y reformas, es cierto que el Gobierno ha cometido tres errores este primer año. La escasa sistematización y ordenación de las acciones gubernamentales, apremiada sin duda por las oscilaciones de la prima de riesgo, pero que ha trasladado a la opinión pública una percepción de actividad política espasmódica, de recortes sobre recortes que debieron presentarse como planes integrales y estructurales. El ejemplo de la sanidad que va sumando ajustes parciales, retroalimenta la contestación política y social y mantiene demasiado tiempo frentes políticos abiertos. Digamos que la administración de la dosis en el tratamiento, no del remedio, no ha sido muy acertada.

En segundo lugar, los ciudadanos tienen la percepción que las reformas y los recortes han sido más intensos para los ciudadanos que para los políticos que han mantenido “sus privilegios”. Sintéticamente, se entiende que nuestra política es un sistema de reparto de cargos por los partidos políticos, sobredimensionado y con grados significativos de corrupción, a lo que contribuye el goteo permanente de noticias en los medios de comunicación.

Esta percepción se ha imputado por los ciudadanos a los dos grandes partidos como lo constatan las encuestas que penalizan sus respectivas previsiones electorales, sin que se produzca un trasvase equivalente a las fuerzas minoritarias que, por el momento, están perdiendo la oportunidad de sustituir un modelo de bipartidismo imperfecto por un modelo de coaliciones electorales, por no recabar un bagaje suficiente de confianza política en sus liderazgos.

El tercer error del Gobierno este año ha sido no buscar las complicidades mínimas para llevar adelante las medidas aprobadas, ni siquiera con los próximos, con toda la dificultad que supone implementar políticas de ajuste a los propios colectivos. Pero esto es la política y la confrontación con todos los sectores al mismo tiempo es un error de estrategia política que está vinculado a una deficiente ordenación de las reformas, sobre todo si el dolor del tratamiento no se compensa con cuidados paliativos.

El próximo 2013 va a ser un año muy duro. El Gobierno tiene que atender vencimientos por importe de 230.000 millones de euros que, necesariamente, tendrán que ser renovados. La deuda del Estado ha crecido hasta el 77,4 por ciento del PIB y la carga financiera en los presupuestos es insoportable. Guindos lo ha explicado. Si la prima de riesgo se sitúa entre 400 y 450 puntos la presión se trasladará a los presupuestos públicos, sin margen para aplicar políticas públicas ni de impulso de la economía.

El Gobierno dice que el rescate se aleja, sobre todo porque no se puede pedir sin un previo acuerdo con la UE, es decir, con los Gobiernos aportantes que tienen que pasar el platillo a sus contribuyentes.

Pero la bola, como en la ruleta, seguirá rodando durante los meses de 2013.

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