La letra escarlata del rescate

El Financial Times y Mas, el presidente de la Generalitat, lo tienen claro. Cuando se necesita hay que pedir el rescate, aunque el portavoz del gobierno catalán, se ha desahogado con un discurso con escaso “seny”.”No tenemos que dar las gracias a nadie, porque es el dinero de los catalanes”.

Una declaración más propia de una actitud caciquil en un debate de café, en un casino de provincias que no encubre el tremendo desastre de la gestión del tripartito en Cataluña y la tardía reacción del Gobierno de CiU que han duplicado la deuda en los últimos 4 años, situándose hoy en 42.000 millones de euros, el 21 por ciento de su PIB.

No hay nada más absurdo que el orgullo español del hidalgo arruinado que no se resigna ante la dura realidad y quiere seguir viviendo de las apariencias.

El FT ha lanzado un duro mensaje a Rajoy, instando a que salga de la actitud diletante en que se ha instalado el Gobierno en el juego del tablero de las instituciones europeas. El principio de rogación, el que quiera el rescate tiene que pedirlo, sin mecanismos automáticos de estabilización por el BCE, tiene una coherencia incontestable. Y las reticencias de Merkel, advirtiendo del peligro adictivo que pueden provocar los rescates, también.

Mientras no se armonice la legislación comunitaria en los presupuestos públicos, en la legislación fiscal de los impuestos vinculados a la actividad económica y en la ordenación y supervisión bancaria, Europa sigue siendo un relato incompleto. Por ello, los estabilizadores de la duda soberana no están lo suficientemente maduros para entrar en carga cuando saltan las alarmas de un país, como reclama el Gobierno de Rajoy que, además, está en una cierta soledad tras las declaraciones de Monti en su reencuentro con Merkel que se ha limitado a reclamar políticas de estímulo.

La canciller alemana ha insistido, después de alabar las políticas de ajuste del Gobierno de Monti, que las reformas son el mejor antídoto contra los problemas derivados del incremento de la prima de riesgo. Es decir, control presupuestario, consolidación fiscal y equilibrio en la economía.

En todo caso, los términos del debate: rescate, sí o no; condicionalidad, sí o no; solicitud, sí o no; petición, sí o no, se está convirtiendo en la historia interminable. Los ciudadanos no nos merecemos el espectáculo reiterativo que estamos padeciendo.

En el fondo y lamentablemente hay una contaminación de la política de interés general con la política electoral de interés partidario, como advierte el FT. Ningún gobernante quiere llevar la letra escarlata “R” del rescate. El miedo escénico supera y atenaza la reacción.

La estrategia de dejar pasar el tiempo que ha tenido cierto éxito en la política nacional, apostando a tomar la posición y al agotamiento del contrario, sirve de poco en los escenarios financieros internacionales, en los que la velocidad en la toma de decisiones está en los manuales para alcanzar éxitos.

La política española tiene unos tiempos reacción propia de plantígrados y su adaptabilidad a las nuevas realidades debería ser un objetivo común de los dos grandes partidos. Las reformas son una oportunidad y una necesidad, si queremos mantenernos en la primera línea de los países avanzados.

La desafección a los políticos sigue creciendo en una crisis demasiado larga, negada y mal explicada. Desde el mundo exterior no nos ven bien, lo que es un pesado lastre cuando se vive en la globalización de imágenes, noticias y valoraciones.

Desde hace un tiempo sólo salimos en las páginas de sucesos.

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