Un país en paro

La paralización  de la económica en España bate record históricos. Las cifras de la Encuesta de Población Activa -estamos a 21.300 parados de los cinco millones-proyecta una negra sombra sobre la realidad social del país. Que en esta situación y con estos datos España mantenga en la calle un ambiente de estabilidad social y tranquilidad, es una prueba de la paciencia infinita de sus ciudadanos –menos indignados de lo que parece- de su capacidad de resignación y de la red de seguridad familiar que actúa como un sistema real y efectivo de seguridad social subsidiaria.

Pero lo más preocupante es que el horizonte próximo se presenta sin un atisbo de esperanza que permita albergar un pronóstico sólido de recuperación. La comparación del paro en nuestro país con el que tienen otros países produce escalofríos y si la comparación se realiza en paro de menores de 35 años, causa terror. España tiene un 46,7 por ciento de paro juvenil, mientras que Estados Unidos, por ejemplo, alcanza algo más del 17 por ciento con una tasa de paro que no llega al 10 por ciento. Y están gravemente preocupados.

Algunos continúan hablando de la necesidad de un cambio de modelo económico en España que, por otra parte, ya se ha producido, dado que el único sector donde no crece el paro es el sector industrial, con la cobertura de nuestras exportaciones que están funcionando bastante bien. Sin embargo, el sector servicios ha presentado unos datos muy negativos que se reflejan en el número de hogares con todos sus miembros en paro que se acerca, peligrosamente, a la cifra de un millón y medio. El sector de la construcción ya no genera más paro  porque, sencillamente, no existe.

Desaparecida la construcción –la restricción de nuevas inversiones y la suspensión de proyectos en marcha por las Administraciones Públicas se va a notar, significativamente, en el 2102- sin la recuperación esperada en el sector servicios, anclado en la temporalidad del turismo, con la agricultura abandonada y ocupada por paneles fotovoltaicos, sobrevivimos gracias al empleo público que ha crecido en el último año y al sector exterior que nos da un balanza con superávit.

El crecimiento del empleo público, 3.100 empleados más ha desmontado la primaria tesis gubernamental de que el paro ha crecido por los recortes del PP que tampoco sale muy lúcido ,ya que su llegada a gobiernos autonómicos y municipales debería haberse ejemplificado en una reducción de personal  de confianza y no en el lamentable espectáculo de conductores convertidos en jefes de gabinete y viceversa.

España necesita inversión en sectores con una alta capacidad de creación de empleo en el corto plazo y eso se consigue, conociendo los niveles formativos de la gran masa de desempleados no cualificados, con un  programa intenso de infraestructuras de obra civil y de renovación urbana. Así se hizo en otros momentos de nuestra historia reciente. El Plan Felipe de Transportes de las Grandes Ciudades o Plan de infraestructuras de Borrell, fijaron un conjunto de actuaciones que, al amparo de fondos europeos, hoy perdidos, supuso un  impulso significativo en la economía y en la creación de empleo.

Por tanto, ante la atonía de la economía se necesita fomentar políticas de incremento de la demanda, dirigidas a su reactivación, con el objetivo de poner en marcha el motor de arranque y dar el primer impulso que permita recupera una velocidad de crucero de crecimiento por encima del dos por ciento.

Para buscar fondos con destino a la inversión no hay mas que tres caminos: 1. Reducir gasto corriente e incrementar la inversión productiva por las Administraciones públicas, con  un rigor conceptual y estratégico superior al fiasco del plan Zapatero de mayo pasado; 2. Incrementar la inversión exterior de los países  europeos y emergentes excedentarios, con un política decidida de venta de activos a precio real ,no figurado y 3. Convencer a la UE de un nuevo  programa de Fondos Estructurales europeos vinculado a los sectores de mayor capacidad de generación de empleo con efecto inmediato que suelte, de una vez, las bridas de la inflación , convertida en la piedra filosofal del auto ahorcamiento del crecimiento europeo.

Y sobre todo, romper barreras administrativas  y labores que flexibilicen la economía facilitando la adaptabilidad de los sectores productivos a las variables de unos mercados caracterizados por la aceleración en los cambios y en la toma de decisiones.

Los clásicos griegos decían que todo fluye y la economía ahora está inmersa en un escenario de globalización que exige flexibilización y adaptabilidad inmediata, a riesgo de quedarse fuera del circuito. Los dogmas, los espacios reservados y cautivos, y las regalías económicas han caído.

Hoy, más que nunca hay que renovarse y partir de una mentalidad abierta donde el único dogma es no quedarse  inmóvil y con resistencia al cambio.

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