Reformas sin excusas

La campaña electoral que comenzó el día en que Zapatero anunció al Comité Federal del PSOE que no se presentaría a la reelección será, sin duda, la más singular desde la restauración democrática. La crisis sin precedentes, dos candidatos veteranos en la política que se juegan su última oportunidad, más de cuatro millones de parados, el movimiento 15-M que emerge y desparece, la reforma constitucional exprés y el Rey, como Aquiles, con el talón vulnerable. Los empresarios desparecidos y los sindicatos devalúan la manifestación convocada para protestar por la estabilidad presupuestaria.

Nada será igual después del 20-N, pero nada cambiará si el debate político no sale de la demagogia, la estulticia y la indecencia, como está sucediendo en los prolegómenos de la campaña. La reciente encuesta publicada sobre la confianza de los ciudadanos en las instituciones ha situado a los políticos y a los partidos en los últimos puestos. Las primeras declaraciones de la campaña no han contribuido a mejorar la imagen.

El PSOE, su candidato Rubalcaba, ha querido corregir los efectos del acuerdo constitucional con el PP y se ha lanzado a en pos de los ricos y los bancos con la finalidad de levantar el ánimo a su electorado, postrado por la política de recortes impuesta por la UE.

En el PP, González Pons, ha querido romper el ritmo del debate, impuestos para los ricos, y se ha lanzado a dar una cifra de creación de empleos, bajo el eufemismo de una aspiración sin base ni meditación. Mas bien un disparate, sin el menor fundamento y,  seguro, que a Rajoy le habrá puesto los pelos de punta. Para cambiar el ritmo del partido y salir de un debate pervertido no era necesario meterle un dedo en el ojo al propio Rajoy, como si fuera Tito Vilanova.

Mal comienzo para una campaña que debería ser la antesala de una agenda de consensos entre los dos grandes partidos que recuperase el impulso reformista de la transición y convierta la crisis en una oportunidad que permita cimentar los próximos 30 años de convivencia democrática.

El capítulo de reformas, por mucho que algunos se empeñen en declarar que los mercados no pueden pedirnos más, no han hecho más que empezar. No sirven ni el modelo político, ni el modelo económico, ni el modelo fiscal, ni el modelo laboral, ni el modelo territorial, ni el modelo de cajas de ahorro, ni el modelo educativo y hace aguas el modelo de medios de comunicación, inmerso en la crisis financiera.

Algunas de estas reformas exigirán una reforma que redefina el sistema electoral, la relación entre las Cámaras Legislativas, delimite las competencias entre el Estado y las CCAA, ordene el papel de los Ayuntamientos y simplifique la superposición de administraciones, entre ellas las Diputaciones.

Otras reformas van a requerir amplios acuerdos sociales, como la reforma laboral o la función pública, hoy con tasa cero de reposición de funcionarios públicos y en proceso de recortes, mediante la extinción de contratos de interinidad en las Administraciones, como está sucediendo con los profesores de secundaria.

En todo caso, será necesario determinación, voluntad política firme y acuerdo entre los dos grandes partidos con capacidad de dar entrada a los nacionalistas que, una vez más en el debate de la reforma constitucional, han mostrado que su alma política nacionalista está por encima de su histórica vocación europeísta.

Los retos son casi tan importantes como los que marcaron la transición de la dictadura a la democracia. La globalización, la incorporación de China al mercado mundial, la velocidad de la información y las comunicaciones, la ruptura de las fronteras que blindaban el poder político, wikileaks es sólo la punta del iceberg en la nueva realidad del acceso a la información y la caída de dogmas y valores que parecían sólidos e inmutables, requiere nuevas formas en la política y en la definición de la acción de los ciudadanos en la democracia. El cambio en los países árabes, también otra nueva realidad en la política internacional, formalmente más fortificados que el mundo occidental en su modelo cerrado, por medio de la religión y la inexistencia de libertades, es un elemento más en el convulso cambio de ciclo político, social y económico que está protagonizando el siglo XXI.

¿Nuestros políticos serán capaces de asumir la responsabilidad que tienen y que los electores revalidaran a los dos grandes partidos el 20-N? De momento, siguen anclados en las anticuadas frases y reclamos.

Las reformas que ha emprender no son meramente económicas y ni siquiera de gestores. Tenemos que cambiar modelos y comportamientos atávicos y carpetovetónicos asentados en una inercia autárquica que constituye un sedimento tras cuarenta años de franquismo. El estereotipo de los dibujos de Mingote y del desaparecido Luis Carandell que representaban la figura del ciudadano petrificado en su base, encastrado en su castillo, representan bien el inmovilismo y el peor conservadurismo de derechas y de izquierdas que caracteriza a la clase política española, cuya máxima eficiencia está en la administración de sus limitadas retribuciones para conseguir patrimonios estimables.

El reto es la flexibilidad y la adaptación rápida a los cambios. Para aplicar esta nueva metodología, lo fundamental es romper las piedras que inmovilizan el discurso político, señalando un horizonte nuevo y ambicioso.

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