Los problemas de fondo

Un viejo  refrán cuenta que “ni contigo ni sin ti, tienen mis penas remedio”, lo que traducido al momento político y económico que vivimos se puede reutilizar añadiendo después del “ti”  el nombre propio del político que más o menos le guste o por la palabra “elecciones”.

Las cortas treguas del acuerdo de la UE para Grecia o el calendario electoral anunciado por Zapatero no han servido de nada ante el nuevo repunte de la prima de riesgo de España, que ha escalado hasta los 370 puntos básicos. La marca España está muy débil y lo pasa fatal en un mundo lleno de tormentas, desconfianzas, desacuerdos e incertidumbres. Cuando no es Irlanda, es Portugal o Grecia, el  techo de gasto o el índice manufacturero de Estados Unidos. La economía cada día se parece más a la cámara de los horrores provocando electro shocks continuados a los sufridos ciudadanos, necesitados de terapias de recuperación que, simplemente, les tranquilicen.

La tormenta perfecta financiera y económica se está transformando en un estado permanente, cronificado, sin que se vislumbre una salida del túnel que permita albergar alguna esperanza. La gobernación de la Unión Europea y la de los Estados Unidos, el mundo occidental sobre el que pivota la economía mundial, está siendo incapaz de reestablecer un orden económico estable, a pesar de tener a su disposición los mayores medios instrumentales, en términos informativos, estadísticos o monetarios que nunca el mundo civilizado haya detentado.

La desorientación de la clase política solo es comparable con la desconfianza de los ciudadanos, inmersos en un círculo infernal que les desplaza a la velocidad del acelerador de partículas. No hay liderazgos potentes ni en Europa ni Estados Unidos capaces de embridar el nuevo orden mundial, como hicieron los grandes personajes políticos del siglo XX: De Gaulle, Churchill, Roosevelt, Adenauer, Kennedy, quienes protagonizaron la historia después de dos guerras mundiales y reconstruyeron las grandes potencias occidentales, con todo su acervo cultural  y político.

En España, la convocatoria electoral se ha celebrado el fin de semana  con Rubalcaba aparcando su utilitario en una calle de Madrid, al que seguiría de cerca el coche oficial que el Ministerio del Interior pone a disposición de todos  los ex Ministros cuando cesan en el cargo. Lo normal, lo habitual para todos los ciudadanos, se pretende  presentar como  lo excepcional y virtuoso para el político con la foto que caducará ese mismo día. La política española continua en la misma impostura y en la tomadura de pelo a los españolitos de a pie, convencidos de que el engaño y la simulación es la mejor estrategia para alcanzar el poder. Comienza la campaña y empezaremos a ver a los candidatos en los mercados, desplegando la sonrisa y poniendo cara de estar muy interesado en el precio del kilo de plátanos.

Realmente, todo esto no sucede en el mundo financiero, mucho más autentico, con menos teatro y, sin embargo, tan despiadado como la política. ¿Se imagina a alguien las fotos de Botín ingresando el talón de su retribución en una oficina del Banco de Santander o a Francisco González  sentado en una oficina del BBVA pidiendo información sobre los créditos hipotecarios?

Rajoy dice que no aplicará nuevos recortes y Rubalcaba que incorporará las propuestas acertadas de la oposición. La política de las buenas palabras que el ciudadano  elector  percibe con el ceño fruncido por la desconfianza y la experiencia de que las promesas electorales se hacen, para no cumplirlas.

España, como la Unión Europea, requiere cambios profundos y valientes que hagan perder el miedo, pero que señalen un horizonte que se puede alcanzar. Un nuevo  objetivo, como el que marcaron en su momento los grandes personajes históricos citados. “No preguntes que puede hacer tu país por ti…” como está grabado en el memorial de Washington.

La política ha dejado de ser épica, de ser auténtica, en su afán de aparentar proximidad y se ha vulgarizado, aunque solo son eso, apariencias que encubren la decepcionante realidad. El Ministro Sebastian se quita la corbata en el Congreso y se constipa por el aire acondicionado. Rubalcaba aparca el  utilitario de su mujer y Rajoy se viste de señor de provincia y adelgaza hasta el punto de que aparece desmejorado y con el traje de una talla más.

Necesitamos que nos traigan el reparto de la transición. Con Adolfo Suárez, a medio camino entre Arturo Fernández  y un conquistador de Ávila. Con Felipe, fumando un puro y la cazadora. Con Guerra, llamando a  Suárez “tahúr del Missisipi. Con Fraga, preparando la queimada y bramando detrás de los reventadores de su mitin. Con Fernando Abril Martorell, detrás de sus gafas negras, cocinando la Constitución.

Todos ellos en un país con menos recursos, con más dificultades, azotado por el terrorismo, con el cambio de la peseta y los tipos de interés por las nubes, aislado internacionalmente y después de  cuarenta años de dictadura.

Y con ellos salimos adelante.

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