El cáncer de la política

La enfermedad nos iguala a todos. Y los políticos salen del Olimpo del poder y enferman como todos. Esperanza Aguirre ha hecho lo que debía hacer. No ocultar su enfermedad, comunicarlo a la opinión pública y explicar que tiene que operarse y estar unos días fuera de la circulación. De frente y sin engaños, ha dado una nueva prueba de que tiene raza política. Las estadísticas dicen que el cáncer se cura en un altísimo porcentaje y la ciencia médica y la providencia, para los creyentes, ha conseguido que deje de ser una enfermedad maldita.

El ejemplo que da Aguirre es un camino a seguir en la política española donde la mentira, el engaño y la simulación se han convertido en la forma habitual de relacionarse con los ciudadanos. Las medias palabras, los gabinetes de comunicación edulcorando las noticias, la impostura, la irresponsabilidad y la banalidad están en el manual de procedimiento de muchos políticos. El gran reality show de las televisiones sería un Gran Hermano de los políticos, encerrados en una caja de cristal, tal y como se experimentó con una pareja hace años en Santiago de Chile.

Bobbio, a quien se debe releer cada cierto tiempo, porque recobra actualidad día a día, acuñó la expresión del sotobosque del poder, que es toda esa parafernalia de ramificaciones y derivaciones que interrumpe la visión que el ciudadano tiene del poder y acaba justificando la razón de Estado, como la que quiso avalar el 23-F. La permanente desconfianza del poder, inserta en los orígenes de la ciencia de la gobernación, es una dialéctica constante entre ejercicio y control del poder, desde Grocio, Locke, Puffendorf, Rousseau o Kant, hitos significativos de la evolución, desde el iusnaturalismo racionalista hasta la asunción del imperio de la Ley como soporte del Estado liberal de Derecho, un Estado que necesita de la Justicia para la aplicación de la Ley.

El panorama de la justicia, sin embargo, no aporta ningún valor positivo al escenario de la política. El faisán cantarín lleva cinco años de proceso y tres jueces, según cuenta el diario El País y los procedimientos en que están imputados políticos se mueven en el manto de Penélope que destejía por la noche lo que elaboraba durante el día. La asignatura de la organización de la justicia continua pendiente en la democracia española. Anclada en procedimientos y planta del siglo XIX, constituye una rémora en el sistema político y en el sistema económico al que grava con la penalización del tiempo. No tiene justificación que los procedimientos se demoren durante años y que la demanda de justicia y la situación de los justiciables constituyan un desiderátum en la ciudadanía. Si a ello se une la asimetría que crea la competencia de las CCAA en medios materiales y humanos, hay que afirmar que se necesita una cirugía radical que cambie métodos, procedimientos y competencias.

Nos han engañado con los informes económicos-El Mundo cuenta que los inspectores del Banco de España avisaron de la crisis al Gobierno en el 2006- ;nos han engañado con las conversaciones con ETA; nos han engañado con los brotes verdes de la recuperación; nos han engañado con la edad de jubilación-que será de 69 años en el 2050-ha engañado Ruiz Mateos a los inversores; nos ha engañado Zapatero con el nombramiento de Rubalcaba y nos engaña Rajoy con Camps, al que relevaría de la lista si tuviese el control de Valencia.

Aquí nadie dice la verdad y por ello es un soplo de realidad, cruda y descarnada, la enfermedad de Esperanza Aguirre. Lo que ha hecho estos años en política, con sus luces y sus sombras, ha sido valiente y diferente. Desde su reto por la educación bilingüe, pasando por el metro, los hospitales, la supresión del Impuesto del Patrimonio y la poda de la burocracia y del organigrama de la Administración. Puso pies en pared con el Alcalde Gallardón, que pensaba que todos tenían que consentirle todo. Reclamó una política más definida de Rajoy frente a Zapatero, sin resignación ante los resultados electorales y alzó su voz, sin ambages, cuando no estuvo de acuerdo. Le quedan muchas cosas por hacer. Por eso estoy convencido que la cirugía no le va a quitar un ápice de fuerza ni de valentía. Te esperamos pronto.

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