La grasa del Estado

Juan Rosell, el elegido presidente de la CEOE, en un proceso electoral demasiado largo para ser no más de 100 electores, ha reafirmado en sus primeras declaraciones el carácter seboso del Estado y su fe liberal, matizando que lo que defiende no es menos Estado, sino un mejor Estado.

La reflexión es, sin duda, compartida y nadie objeta nada a la dieta reafirmante del Estado y a su mejora de forma. Otra cuestión es definir por donde empieza el plan y el programa de ejercicios para conseguir un “Estado Induráin”, como proclamaba un responsable político en relación con la plantilla de personal de la Administración Pública.

Rosell ha conseguido vencer los recelos de una parte del empresariado -por cierto bastante aldeano- en razón a su origen catalán y le ha favorecido el recuerdo de Carlos Ferrer Salat, que aportó seny y vuelo alto a la organización empresarial. Una organización en la que los grandes empresarios envían a sus segundos o terceros y ellos se aplican a las relaciones bilaterales con el poder. En todo caso, la etapa de Díaz Ferrán estaba agotada desde hacía meses y la CEOE presentaba una situación de interinidad y vulnerabilidad que en nada favorecía la ineludible aportación empresarial a los esfuerzos que todos tenemos que hacer para ganar a la crisis.

Ahora, Rosell tendrá que ponerse a trabajar sin demora y proponer un modelo empresarial que se inserte en el paquete de reformas que se están pidiendo a gritos desde los sectores más serios y responsables de esta España nuestra y que nos demandan, exigentemente, los mercados internacionales. Su condición de catalán aportará capacidad de comunicación con el Gobierno de Cataluña, que es una Comunidad clave para la recuperación económica. Y sin duda tendrá que trasladar a Mas que el programa económico de recuperación tiene que anteponerse a la pretensión del concierto fiscal y a las reivindicaciones identitarias. Una voluntad de recuperación que ha votado, en clave moderada nacionalista, el electorado catalán.

Las radiografías del Estado demuestran que la grasa se ha localizado preferentemente en las Comunidades Autónomas y algo en las Administraciones Locales. El mantenimiento de la unidad de mercado es imprescindible y la homogeneidad administrativa necesaria en términos de modernidad y de simple competitividad empresarial. Mantener fielatos, que eran aduanas que situaban a la entrada de los pueblos, sea por el camino de la lengua, de la regulación o de las autorizaciones, es el mejor camino para jibarizar y complicar la vida empresarial. El modelo de la aldea de Asterix en la Galia es muy ilustrativo para los comics, pero un auténtico suicidio en economía donde no hay pociones mágicas en las autarquías.

Leyes del suelo y ambiental propia en cada Comunidad Autónoma, autorizaciones múltiples y diversas, densidad normativa, discrecionalidad en exceso e ineficacia administrativa son los ingredientes del coctel perverso sobre el que estamos instalados, al que se une una legislación laboral en tropel y un impuesto a la creación de empleo por la vía de las cotizaciones sociales. Este menú de ingredientes está protegido, además, por unas estructuras de rigidez que colaborado activamente a que la tasa de paro de los menores de 35 años esté situada en el 43%.

Los nuevos emigrantes son los jóvenes que, con el mejor bagaje de preparación de las últimas generaciones, salen del país para iniciar su carrera laboral más allá de nuestras fronteras. A ellos no les protegen los sindicatos, que han concentrado sus esfuerzos en mejorar las condiciones laborales de los ocupados y sus ventajas en los planes de jubilación anticipada. Un sistema, este de la jubilación anticipada, a partir de los 52 años, que ha trasladado el coste de la reconversión laboral de las empresas a todos los ciudadanos, lastra nuestra protección social y desperdicia capital humano. Junto a ello, el millón de declaraciones de invalidez para trabajar, que ha recordado Juan Rossell, “sin que vengamos de una guerra“, demuestra la distorsión del sistema y la obligación que tienen nuestros representantes de presentar una agenda seria de reformas.

España tiene las condiciones necesarias para recuperar el modelo de crecimiento. El país se ha modernizado en los últimos 25 años, una vez que estabilizó la democracia. El mundo global exige adaptaciones permanentes, flexibilidad, innovación y no detenerse en las rigidices, sino ser capaz de superarlas. Los anglosajones utilizan la expresión de una mente abierta –open mind– para referirse a los que están en disposición de aceptar los cambios sociales.

Los empresarios han tomado un camino que parece acertado. Ya sólo falta que los sindicatos no nos golpeen con otra huelga general. Y que nuestros políticos tengan altura de miras, aunque sólo sea durante los quince meses que quedan para las elecciones generales.

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