Gómez contra Fouché

A Zapatero se le han ido de las manos las primarias. El, que alcanzó la secretaría general del PSOE gracias a un proceso electoral interno, está lanzando el aparato de Ferraz contra un tal Gómez, emigrante, de izquierdas y de Parla que está dispuesto a mostrarnos como los partidos políticos aplastan la democracia, por mucho que la Constitución exija en su artículo 6 que su estructura interna y su funcionamiento deberán ser democráticos. Zapatero, en las noches del Palacio de La Moncloa, sueña que las primarias están tomando la forma de una enredadera de rosas plagadas de espinas que le atenaza las piernas y le sube hacia el cuello.

Tomas Gómez ha alcanzado la mayoría de edad, por resistirse y no ser uno más en la interminable lista de políticos incapaces de contradecir al jefe y de tener una opinión por sí mismo. La mayoría solo ha aprendido a decir, “sí, bwana”, y a colocarse en la cabeza el fardo del halago que tirarán al suelo cuando huelan el cambio de viento para empuñar la faca con la que dar el primer tajo al jefe que cayó en desgracia.

Las primarias del PSOE son una buena radiografía de lo que sucede en la organización. En Madrid y Valencia, territorios electorales perdidos para los socialistas, ante la pretensión de imposición del directorio central, le salen respondones dos socialistas que ha dimitido de sus cargos políticos, Tomas Gómez y Antonio Asunción, dispuestos a poner en práctica el método y el comportamiento interno que llevó al poder a Rodríguez Zapatero. En Andalucía, donde gobiernan los socialistas, ni primarias ni tu tía, sino disciplina del politburó y al que ose a levantar la voz, como Rafael Blanco en Córdoba, que viene de la natación y tiene historia propia, le quieren lanzar encima a Moratinos desde el minarete de la mezquita, como en Manganeses de la Polvorosa lanzan, en las fiestas de San Vicente, a la cabra Marcela desde el campanario. Moratinos, que es del atlético y no es tonto, dice que busquen a otro.

Pero lo más demostrativo del papel que juega cada uno en la política y de lo que lleva en las alforjas, son las declaraciones de Rubalcaba, cada día más Joseph Fouché, jefe de policía de Napoleón Bonaparte, que tejió una red de agentes al servicio del golpe de Estado que permitió a Napoleón llegar al poder. Wikipedia describe así Fouché: “Aun así Fouché no destacaba por su presencia en la vida pública, no es de los que hablan a voces en las tribunas ni los que proclaman discursos grandiosos, más bien actúa por detrás moviendo los hilos de la política con movimientos silenciosos e inapreciables a simple vista”.

Rubalcaba ha dirigido contra Gómez su artillería dialéctica, antes de que se iniciara el proceso interno: “Su único activo político es haberle dicho no a Zapatero”. Y ahora, le dice que su empeño tendrá consecuencias, algo que suena más próximo a amenaza de una organización de la mafia que a un partido político democrático.

El espectáculo de la política española a pleno rendimiento. En el PSOE, Zapatero engulle a sus hijos como Saturno, mientras Rubalcaba le lleva sus cuerpos en la bandeja. Todo un ejemplo de la pervertida vida política que contemplamos. ¿Habrá algún partido en España capaz de presentar una Ley de garantías para los afiliados de los partidos políticos que ordene y proteja sus derechos a participar en la organización, tener acceso a la información interna, también la económica y ejercer su derecho de elección sin fraudes de afiliaciones, avales desmesurados, ocultaciones de listados y amenazas y recompensas? Una Ley de Igualdad y Derechos de los Afiliados que debería promover la ministra Aido, aunque ella como viene del núcleo duro de Alcalá de los Gazules, donde la selección se hace por cooptación familiar, probablemente no creerá en las primarias.

Los partidos son agencia de colocaciones, como dice el profesor Jiménez de Parga y aquí no se mueve nadie que quiera perpetuarse. Gómez ha tomado el camino más difícil y probablemente hubiera sido más fácil y cómodo negociar un encaje en el Senado u otro carguito bien remunerado. Pero está demostrando valentía para resistir los embates de una dirección que ha cambiado el “Zapatero, no cambies” por “Aquí cambia Zapatero”.

Un auténtico esperpento y una adulteración de la cálida democrática del país. ¿Qué más le queda por hacer a Fouché, el de la red de agentes, el espectador silente de la guerra sucia y el hombre de las mil caras?

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