Madrid, Madrid, Madrid

Como en el chotis de Agustín Lara en la voz de las recordadas Lola Flores y Olga Ramos, en Madrid se va armar la tremolina con los candidatos propuestos por Zapatero que no consigue torcer el brazo a Tomas Gómez en su intento de colocar a Trinidad Jiménez de candidata a la Comunidad y a Lissavetzki al Ayuntamiento.

El conflicto entere el PSM y Ferraz, la difícil convivencia entre los sucesores del guerrismo, que controlan el aparato y la dirección federal, es un deja vu, un clásico de la política, desde que Joaquín Leguina y Juan Barranco perdieron el poder en 1995 y 1991, con el precedente de la moción de censura en el Ayuntamiento que hizo Alcalde a Agustín Rodríguez Sahagún en 1989.

La difícil convivencia entre los partidos nacionales y las sedes centrales de Ferraz y Génova con sus organizaciones madrileñas, se recrudece en el momento de la elaboración de las listas electorales, especialmente en un PSOE que elección tras elección, no consigue romper la hegemonía popular y cuyos resultados han empeorado año tras año.

El psoe.es/”target=”_blank”rel=”external”title=”PSM” >PSM no ha acertado, probablemente, a la hora de elegir un secretario general con peso político suficiente para dirigir una organización en la que no están los mejores perfiles del Partido socialista. Ni han puesto a su frente un peso pesado ni a alguien con una proyección y una voluntad de cierta permanencia. Los cambios han sido continuos. El engranaje Ferraz-PSM no funciona desde hace mucho tiempo y la percepción de los ciudadanos es que los socialistas madrileños son la serie B de la escuadra socialista.

Cuando se aproximan las elecciones empiezan las prisas y los movimientos telúricos para desplazar al secretario general de la cabecera electoral. Tomas Gómez se equivocó cuando dejó la Alcaldía de Parla y se quedó sin suelo institucional navegando entre aguas y sin presencia real en los debates políticos madrileños. Ahora, cuando puede saltar a la arena y hacer su particular stress testing electoral, no le van a dejar ni calzarse las botas. Si en su momento se hubiese situado a un peso pesado del Gobierno al frente de la organización madrileña, en el cargo de Presidente con un equipo ejecutivo de apoyo, no estarían en la necesidad de reparar el desaguisado a menos de un año de las elecciones.

Para los candidatos, la nominación es una especie de proposición indecente. Trinidad Jiménez ya tiene una experiencia electoral fallida a la Alcaldía de Madrid y, aunque ha ganado experiencia en un Ministerio sin competencias que no pinta nada en investigación ni en consumo, las casas de apuestas no le dan muchas opciones frente a Esperanza Aguirre. La Ministra de Sanidad no tiene un perfil muy guerrero para fajarse contra la Presidenta de la Comunidad de Madrid que ha consolidado su proyección nacional y tiene tras de sí los galones del Ayuntamiento, el Ministerio, el Senado y la Comunidad. Demasiado bagaje para Trinidad Jiménez que no tiene ni un perfil populista ni tecnócrata, con un discurso y una voluntad política estructurado en las relaciones internacionales. En el Ministerio ha conciliado posiciones de los Consejeros autonómicos y ha evitado conflictos significativos en el troceado sistema de salud nacional. Sus hechos políticos más significativos, su Ley Antitabaco y la foto con Bibiana Aido tras la aprobación de la liberalización del aborto.

Lissavetzki, un profesor universitario amigo de Rubacalba, estará echando las muelas por el cambio al que quieren someterlo. Está en el sillón más cómodo y relajado del equipo del Gobierno, con sede en la ciudad universitaria, rodeado de verde y participando de los éxitos del deporte en primera fila. Lleva años en política y pretenden que se ponga el traje de faena para enfrentarse a Alberto Ruiz Gallardón y a la maquinaria del PP de Madrid. Estaría mucho más en su papel si Zapatero contase con él para Ministro de Educación o de Investigación. Volver a la política madrileña de la que salió en 1995 es una cabronada.

En definitiva, dos activos del Gobierno de Zapatero, de perfil bajo a los que envía directamente al cadalso político, sin tiempo por delante, con una crisis interna abierta y con un aparato interno divido si definitivamente son los nominados. Huele a maldad de la vicepresidenta de la Vega y de Rubalcaba que deberían ser los candidatos que animasen la campaña electoral si se plantease una batalla por Madrid con más intensidad.

Por eso Ruiz Gallardón ha dejado de ser fiscal, solo ejerce con Aguirre y con Granados, y se ha convertido en el principal defensor de ambos candidatos, enviando un mensaje al PP de Madrid para que estén callados. A los churros, que son muy madrileños, hay que dejarlos que se frían en su propio aceite.

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