El reencuentro de Junqueras y Puigdemont en Waterloo

No se despidió Puigdemont de Junqueras cuando el 27-O de 2017 y poco después de declarar unilateral e inconstitucionalmente la independencia de Cataluña el parlamento catalán, el entonces presidente de la Generalitat salió huyendo de Cataluña, abandonando a su Gobierno y a la parte de su pueblo que le votó.

Y tampoco ayer ha querido Puigdemont recibir a las puertas de su cómoda mansión de Waterloo con un público abrazo a Junqueras, y a los indultados de ERC que fueron a saludarle a Waterloo y que acaban de salir de la cárcel de Lledoners.

No hubo abrazos de bienvenida y solo una fría foto de despedida. Aunque Junqueras, cortésmente y en aras de una impostada unidad e interés común en pos de la independencia de Cataluña, declaró que en las dos horas de conversación que mantuvieron en la residencia de Waterloo fueron emotivas en lo personal, sin reproches mutuos y sin más debate político que la sola coincidencia en pos de luchar ‘contra la represión’ del Estado español’.

Así, al menos formalmente -la procesión va por dentro-, han zanjado ambos dirigentes políticos, de JxC y ERC, el prófugo Puigdemont y el indultado Junqueras, sus serias diferencias que a buen seguro permanecen tanto en lo político como en lo personal.

Una diferencias que comenzaron cuando Puigdemont el 26 de octubre de 2017, víspera de la declaración de la independencia unilateral de Cataluña, a punto estuvo de disolver el Parlamento y convocar elecciones catalanas anticipadas.

Pero Junqueras, que dirigía el golpe de Estado como lo certificó el Tribunal Supremo en su sentencia, lanzó un cerco urgente a la Generalitat al gritó de ‘traidor’ (botifler) contra Puigdemont, tras echarle ‘al perro’, su fiel Rufián, con aquel tuit de ‘las 155 monedas de plata’ con el que le llamaba Judas, delante de toda Cataluña, al presidente de la Generalitat.

Y entonces Puigdemont rectificó, frenó en seco el adelanto electoral que le había sugerido el lehendakari Urkullu, y después de la votación y la euforia en el Parlament se trasladó a su Gerona natal. Y de allí sigilosamente se dio a la fuga dejando a la gran mayoría de su Govern a los pies de la Justicia española y sentados ante el Tribunal Supremo que los condenó y encarceló por los delitos de desobediencia, sedición y malversación.

Y todavía pretende Puigdemont -que sigue considerándose el presidente de Cataluña- que Junqueras y el nuevo Govern catalán presionen a Sánchez en favor de una amnistía directa -que es imposible por inconstitucional- o con una maniobra encubierta para la reforma del delito de sedición en el Código Penal, a fin de que Puigdemont regrese a España y no entre en prisión.

Y para que quede claro, con ello, que entre los golpistas del procés catalán, (como ocurre con las rosquillas de la fiesta de San Isidro en Madrid) los hay tontos y listos. Y el tonto, claro está, fue Junqueras que acabó en prisión y el listo es Puigdemont que se fugó y vive cómodamente en Waterloo. Donde, además, el Tribunal de Cuentas no le puede embargar dicha mansión como al tonto de Junqueras le pueden embargar su casa. Lo que ahora pretende evitar con un ‘fraude de ley’ el Gobierno de la Generalitat.

Frialdad, pues, en Waterloo entre Junqueras y Puigdemont. Y discrepancias muy notorias, pero silenciadas, sobre calendario y objetivos a corto y medio plazo del separatismo catalán. Donde curiosamente parecen cambiadas las posiciones de ambos dirigentes porque Puigdemont pretexte una inmediata, nueva e ilegal declaración unilateral de la independencia, mientras que su antagonista Junqueras dice que por el momento habrá que esperar.