El mortal enroque de Arrimadas

El enroque de Inés Arrimadas en esta su segunda gran derrota (14-F y 4-M), y sin asumir su responsabilidad en el estrepitoso fracaso de Madrid y en el grave error de lanzarse con Pedro Sánchez contra el Gobierno de Murcia, conducen a la paulatina destrucción de Cs, tal y como se presintió en la noche electoral del 4-M y se demuestra a diario en el imparable goteo de fuga de dirigentes y gobernantes de este partido hacia el PP.

Si Albert Rivera se hundió y se retiró de la política por no haber buscado en abril de 2018 un acuerdo de gobierno con el PSOE que lo hubiera convertido en vicepresidente y habría salvado a Pedro Sánchez de las garras de Pablo Iglesias; Inés Arrimadas se ha hundido por lo contrario: por pactar con Pedro Sánchez en Murcia.

Pero Arrimadas se resiste a dimitir y no quiere buscar una salida digna para sus dirigentes, militantes, y votantes. Y ello a pesar que, y no hay que ser un genio para verlo, está vigente la disyuntiva (que Cs olvidó en Murcia) de que en la actual coyuntura española, empeorada por la pésima gestión crisis del covid y de la economía, hay que decidir entre ‘Sanchismo’ y alternancia.

Sobre todo si se quieren recuperar y engarzar los eslabones perdidos, con Zapatero y Sánchez, de la cadena constitucional de la Transición. A la que tanto ha elogiado y tantas veces ha defendido Cs.

Un partido ahora gravemente enfermo en el que Arrimadas hace tiempo -desde el hundimiento en el 14-F catalán- que debió haber presentado la dimisión, con lo que probablemente no habrían cometido el gran error de Murcia, ni sufrido la debacle de Madrid.

Y ahora a Arrimadas, Bal, Villacís, Marín y el resto de dirigentes del partido no les quedan más opciones que las de: marcharse con Sánchez al PSOE (y con UP, ERC y Bildu); o integrarse en el PP en bloque y por las buenas en pos de reconstruir el centro derecha moderado y capaz de convertirse en alternativa de poder.

Es decir a Arrimadas solo le queda pactar un proceso de integración en el PP para ser útiles en el centro derecha, o simplemente el cierre de Cs tal y como ocurrió con la UPyD que fundó Rosa Díez.

Además y en las actuales circunstancias de nada sirve atrincherarse en el grupo parlamentario del Congreso con el discurso del buenísimo transversal porque el buenísimo no conduce a nada serio y lo transversal no es posible porque no quedan puentes sobre el Río Bravo de la política española y, o se está acampado en una orilla o se está en la otra.

Y por si algo le faltara Arrimadas ha podido comprobar que Sánchez, por boca de Ábalos, la culpa a ella de la moción de Murcia y al PP del fracaso de Cs en Madrid.

Cuando fue en Moncloa donde se urdió el golpe contra la Comunidad de Murcia -y contra Castilla León-, e incluso contra la CAM a donde llegaron tarde y mal. Y Sánchez quien obligó a Gabilondo a sumarse a la campaña de la crispación de Iglesias, lo que además de destrozar al PSOE reforzó el voto útil del PP y acabó por hundir a Cs.

Y cabe imaginar que ahora se abrirá en Cs un debate interno sobre el qué hacer tras lo ocurrido en Cataluña y Madrid. Pero no parece que semejante discusión se pueda desarrollar sin tensiones y en un marco de cordialidad.

Ni que tengan mucho tiempo por delante para que se tome una decisión -el riesgo de un adelanto electoral nacional o en Andalucía existe- sobre las dos opciones posibles y realistas para lo que queda de Cs: integrarse en el PP, o permanecer agarrados a los restos del naufragio. Dos opciones que tarde o temprano conducirán a una sola: el fin.