El discreto gran triunfo de Casado

Mientras la prensa conservadora se deshace en vítores a Isabel Ayuso la que, como si fuera la hermana de Forrest Gump, ha ganado una maratón que no sabía que corría aunque sí sabía contra quien (Pedro Sánchez). Y en la noche electoral y la mañana ‘ejecutiva’ de PP todos los elogios eran para la madrileña, en el salón del ángulo oscuro estaba de perfil el claro triunfador de la primera parte de la eliminatoria nacional a ‘dos vueltas’: Pablo Casado. 

El que dos años antes había nombrado a Ayuso, con temeraria audacia, en la candidatura del PP en la CAM. Y el que unos meses atrás había puesto un valladar entre Vox y PP -quizás con un exceso de crítica personal a Abascal- para clarificar y abordar la conquista del centro político.

El que un tiempo después le han regalado a Casado inesperadamente y al unísono Pedro Sánchez e Inés Arrimadas con su esperpéntica moción de censura en Murcia. 

Lo que le permitió a Casado apretar el ‘botón nuclear’ del adelanto electoral en Madrid y meter a Sánchez, en pleno fracaso de gestión de la pandemia y la economía, en un examen general sobre su gestión y sus alianzas extremas y anti españolas con Podemos, Bildu y ERC. 

A sabiendas Casado que a los votantes cualificados y constitucionales del PSOE (más de 300.000 votaron al PP en Madrid) les repugna el ‘sanchismo’ autocrático y lo que arrastra de mentiras, incapacidad de gestión y ataques a las instituciones, la justicia, la prensa y  la unidad nacional. 

Lo que denunció Savater en un famoso artículo en El País anunciando su voto por Ayuso, y Felipe González en su podcast afirmando: ‘cuando todo va mal aparece un tío y dice que todo va bien y que el futuro es cojonudo’. El ‘tío’ en cuestión es Sánchez y su discurso triunfal fue el del pasado 14 de abril en el Congreso donde, tras recordar el 90 aniversario de la II República, declamó una impostada y a lo Rubén Darío marcha triunfal. 

Un discurso cortina de humo para ocultar la realidad del país que Pablo Casado desmontó con un discurso -que Ayuso sería incapaz de escribir, memorizar y leer- punto por punto y con implacable eficacia. Lo que dejó a Sánchez al desnudo en plena campaña electoral de Madrid, y cuando en Moncloa empezaban a recibir los primeros síntomas de la derrota. 

En la que influyeron tres factores: la indignación nacional por lo que está pasando en España, como denunció Gonzalez señalando al tío triunfalista; el hartazgo en el PSOE y clases medias del régimen ‘sanchista’ de poder y sus pactos con UP, Bildu y ERC; y la empatía valerosa y popular de Ayuso como hada madrina del comercio, la hostelería, la cultura y alimentación madrileña durante la pandemia. A lo que se le añadió el suicidio inexplicable de Cs en Murcia. 

Y ahora le toca a Casado gestionar su victoria (y la de Ayuso) con la misma y bien discreta prudencia que administró la campaña electoral. A sabiendas Casado que tiene una gran oportunidad porque Sánchez ha sido duramente castigado por el Pueblo de Madrid y está más preso y más dependiente que nunca de Podemos, tras la espantada de Iglesias, a los pies de Bildu y ERC con los indultos pendientes, y bajo la atenta y estricta vigilancia de la UE. 

Lo que obliga a Casado a no dar pasos en falso, replantear su estrategia de comunicación -primando mensajes sobre los titulares- y a estudiar el nuevo y convulso campo mediático español (en Prisa, Unedisa y Atresmedia), que puede incluir sorpresas. Y disparates como los de el ultra radiofónico que anda jaleando el pretendido liderazgo nacional de Ayuso en el PP y pidiendo pactos suicidas con Vox. 

Y no debería caer Casado en la tentación de una moción de censura que  daría a Sánchez la oportunidad de una revancha/victoria en el Congreso de los Diputados, porque su prioridad ahora debe ser: controlar el proceso y la gestión de los Fondos de la UE; denunciar el nuevo desafío catalán y los indultos a los golpistas; y vigilar la vacunación y el vacío legal que deja el fin  del ‘estado de alarma’. 

Sin prisas, tras la victoria de Madrid, y sin pausas cabe esperar de Casado y sus estrategas que sepan el mantener el avance de sus huestes con cierta moderación, sin pretender comerse de un bocado a Cs, y en pos de la que, tarde o temprano, será la batalla decisiva y final. 

Y no entre la izquierda y la derecha, o entre lo que Pedro Sánchez y Pablo Casado representan en la política nacional, sino entre el ‘Sanchismo’, como régimen autocrático y personalista de poder, y la Democracia constitucional  en pos de recuperar y de volver a engarzar el eslabón ahora perdido de la Transición.