Sánchez bajo el síndrome de Zapatero

Lo que tiene que hacer Pedro Sánchez es gobernar para todos y cada uno de los españoles y no solo para él. Pero eso no lo entiende ni le interesa y ayer, por segunda vez, nos dijo que ‘virus’ significa ‘veneno’ y volvió con la cantinela de acusar a la Oposición de inocular veneno y confrontación.

Que es exactamente lo que ha hecho su Gobierno con los casos de Bildu, Marlaska, el 8-M y la Mesa catalana y el golpe de Estado que jalean sus Ministros de Podemos, que son además los que apoyan el golpe catalán.

El presidente en su última homilía, ahora dominicales, hace llamamientos a la unidad política mientras su vicepresidenta Calvo pide estabilidad. Y, tras hacer trampas con los dados ‘cargados’ para el reparto de 16.000 millones a las autonomías para favorecer a ‘los suyos’, Sánchez empieza a hacer sus cábalas sobre la Comisión del Congreso para la reconstrucción económica del país.

Pero sin delimitar el objetivo de sus Presupuestos y su pretendida paz social de cara a un otoño caliente que se aproxima y que el sábado reconoció con temor Pablo Iglesias, porque la avalancha del paro y la ruina llegarán antes que las ayudas de la UE.

Y lo de las manifestaciones motorizadas de Vox con banderas españolas y las manifestaciones de ayer en España por el crimen de George Floyd en USA, van a ser una broma comparadas con las manifestaciones que van a florecer como setas en este país en el otoño próximo y de todo cariz: social, político, económico, empresarial, autonómico y cultural. Y todas ellas frente a un Gobierno ‘de izquierdas’.

Si Sánchez no abandona él presidencialismo autoritario que practica desde la soberbia y la mentira, la calle se le incendiará en contra del Gobierno y Sánchez entrará en el síndrome de Zapatero. Un siniestro y desastroso presidente que negó la crisis financiera de 2008 y arruinó el país, que abrió tumbas para romper la reconciliación nacional de la transición, lideró la crisis de Cataluña con un Estatuto inconstitucional y llevó al PSOE a la derrota.

Sánchez sigue sus pasos atacando, con Podemos, la Transición, pactando con el soberanismo vasco y catalán (prepara los indultos a los golpistas), paseando la momia de Franco como talismán electoral (no le funcionó), y anunciando, en plena crisis económica internacional, medidas drásticas que empeorarán la economía y el empleo como son los nuevos impuestos, las nacionalizaciones y la derogación íntegra de la reforma laboral.

Cuando lo que tenia que hacer Sánchez es bajar los impuestos como incentivos para reactivar el turismo, la automoción, la construcción, la restauración y el comercio si quiere mantener los empleos y crear nuevos puestos de trabajo.

Además, con sus amenazas fiscales y confiscatorias, ya está propiciando una fuga masiva de capitales a otros países de la UE y puede que grandes, medianas y pequeñas empresas españolas coloquen su domicilio social fuera de nuestras fronteras.

Y si piensa Sánchez que la UE dará créditos y ayudas con los ojos cerrados se va a equivocar. Los hombres que vendrán de Bruselas puede que no se vistan de negro pero se vestirán de gris marengo y controlarán el gasto y los proyectos en los que se piensa invertir.

Y si quien manda en la política económica del Gobierno es el vicepresidente Iglesias y no la vicepresidenta Calviño las inversiones extranjeras, salvo los fondos buitres, no llegarán. Y menos si la estabilidad del Gobierno depende de ERC y Sánchez lejos de unir el país mantiene su discurso del odio en pos de la confrontación nacional.

Sánchez está entrando en el síndrome de Zapatero y se puede equivocar en lo político, económico, social y territorial. Y si no hay unidad tampoco habrá estabilidad y en ese caso tampoco ‘confianza en España’, ni crecimiento económico y social y el mapa electoral como en 2011 cambiará.

Y si además de todo ello Sánchez pretende controlar la Justicia, la Fiscalía, la Abogacía del Estado, los grandes medios, y el Parlamento y les da alas al separatismo catalán, entonces a la crisis económica habrá añadido la crisis institucional. Cuidado, pues, con el manejo de ‘el veneno’ porque también infecta al que lo pretende inocular.