Los ciudadanos conocen el verdadero balance de la crisis

En nada se parece Pedro Sánchez, para bien y para mal, a Felipe González y menos aún se parece Pablo Iglesias a Julio Anguita que acaba de fallecer. Pero esta extraña pareja que acababa de encaramarse al liderazgo nacional español se ha encontrado de pronto con la mayor crisis sanitaria, económica y social de España de los últimos años y cuando apenas llevaban dos meses en el Gobierno y en minoría parlamentaria.

Pedro Sánchez habrá concitado la unidad política nacional compartiendo con el PP y de facto con una amplia mayoría el abordaje de la tormenta perfecta que se acercaba a España como un huracán. La que Sánchez no vio hasta que la tuvo encima y no reaccionó a tiempo ni bien, lo que causó en nuestro país el mayor índice de mortandad del mundo por número de habitantes.

Puede que hasta cerca de las 60.000 personas fallecidas (Sánchez continúa sin dar los datos verdaderos) a las que, a partir del martes, se les rendirá un primer homenaje con la declaración de luto oficial de diez días. A ello habrá que añadir el impacto económico, laboral y social de la crisis y el riesgo del hundimiento de las cuentas del Estado en déficit, deuda, paro y recesión.

Lo que incluye la destrucción de buena parte del aparato productivo del país y el cierre de más de 200.000 empresas y el empobrecimiento general de millones de familias españolas.

Todo eso que Pedro Sánchez debiera haber abordado con un Gobierno de unidad nacional, o al menos con un Gobierno de políticos con experiencia y de expertos. Y no como el Gobierno que formó tras su pacto del abrazo con Iglesias, en el que salvo la vicepresidenta de Economía, Nadia Calviño, y no sabemos si alguno, la gran mayoría no tienen el nivel apropiado para estar en el puente de mando de la nación y menos en este tiempo de emergencia general.

Afortunadamente, y en contra de lo que piensa Iglesias, España está en la UE y ello nos ayudará siempre y cuando el camino de la recuperación de la actividad económica y del empleo se emprenda con certezas y políticas más afinadas y eficaces que las que, con un pésima gestión, se aplicaron desde el inicio en la crisis sanitaria.

Pero eso no se puede hacer de la mano de los herederos de ETA en Bildu ni de los cómplices del golpismo catalán de ERC, poniendo además en riesgo la unidad nacional y el Estado de Derecho al que se pretende burlar con los infames indultos de los golpistas que pueden estar al llegar.

Habrá que hacer algún un balance y una investigación (políticos y judicial) para constatar el verdadero alcance de las víctimas y de los destrozos familiares de la crisis y la gestión de la epidemia. Y, en ese balance, una evaluación concreta sobre lo que se hizo mal y lo que se pudo evitar. Y ahí incluida la hecatombe de las residencias de ancianos de la que nadie en el Gobernó ni en las Comunidades Autónomas quiere hablar.

Por todo ello resulta lamentable ver sonriente y optimista a Pedro Sánchez, en sus sermones sabatinos, anunciando la ‘recta final’ de la epidemia, sin decir la verdad, ni responder a las preguntas obligadas sobre lo ocurrido y su responsabilidad y para colmo culpando al PP de sus desafueros. Y eso que todavía no hemos llegado al final de la epidemia y sólo estamos en el inicio de la crisis económica y social.

Habrá que hacer el balance de lo ocurrido, aunque ahora ya son millones los ciudadanos de España que tiene a la vista y en su entorno laboral y familiar su propio veredicto y la valoración de la ocurrido y de cómo se gestionó. Y a esa encuesta certera y personal no la podrá enmendar ni el tramposo CIS de Tezanos ni la desvergonzada propaganda oficial.