El retrato de Pedro Sánchez en su versión Dorian Grey

En la novela de Oscar Wilde ‘El retrato de Dorian Grey’ el motivo crucial que impulsa al protagonista, en la búsqueda de su eterna juventud, es doble, su narcisismo y el sensual disfrute de la vida. Pero su endiablado pacto con la juventud no impide que la imagen que de él quedó dibujada en el cuadro se vaya deformando con el paso del tiempo y reflejando su lamentable realidad.

A Pedro Sánchez también le mueve el narcisismo camino de la soberbia y la erótica insaciable del poder. Pero, como a Dorian Grey, en el retrato fidedigno que de él quedará en España ya se esboza la figura deforme y atormentada de un personaje mentiroso y cruel como aparecerá reflejado en su cuadro de la sala de presidentes, desvelando el rictus autoritario con el que pretende darse importancia y ocultar su incapacidad manifiesta a la hora de gobernar.

Repasemos unas pinceladas de la trayectoria de Pedro Sánchez que revelan trazos del rostro del personaje. El que ahora, después de dos largos meses de poder absoluto, bajo el ‘estado de alarma’, pretende culpar a la oposición del PP del desastre de su gestión sanitaria y económica que deja tras de sí a miles de muertos y una gran ruina nacional.

Recordemos aquel momento en diciembre de 2015 en un debate electoral televisado en el que ante el asombro de toda España Pedro Sánchez le dijo a Mariano Rajoy: ‘usted no es una persona decente’. Nunca se ha visto algo igual en las democracias de Occidente,

Un año más tarde y tras perder las elecciones de junio de 2016, Sánchez en pleno ‘no es no’ a la gobernabilidad del PP (partido al que ahora le exige un permanente ‘sí es sí’) sufre la rebelión interna de su partido y en el bronco Comité Federal de octubre Sánchez intenta manipular la votación con una urna escondida detrás de una cortina.

Tras su pacto narcisista con el Diablo y ya disfrazado de ‘el rojo’ Sánchez recupera el poder del PSOE en 2017 y organiza una implacable depuración dentro de su partido, donde instala su particular régimen de terror y culto al líder. Y, justo es decirlo, en un arrebato de lucidez, sí apoyó en el otoño la aplicación en Cataluña del artículo 155 de la Constitución tras el fallido golpe catalán.

Hasta que llega el día primero de junio de 2018 y Sánchez sella otro pacto no menos infernal con Iglesias, Junqueras, Puigdemont, Otegui y Ortuzar para derribar a Rajoy en una moción de censura e instalarse en el poder, con una minoría parlamentaria. Lo que le obligará a humillar al Estado español ante el golpismo catalán en la reunión de Pedralbes de 20 de diciembre.

El 28 de abril de 2019 Sánchez gana las elecciones generales y rechaza negociar con Albert Rivera un gobierno de coalición de centro izquierda. Y opta por un pacto con Pablo Iglesias que, tras decir Sánchez que el líder de UP le quita el sueño, fracasa en julio y nos lleva a la repetición electoral el 10 de noviembre de 2019. Con una tensa campaña marcada por la violencia en Cataluña tras la sentencia del ‘procés’, la exhumación de Franco y la falsa promesa de Sánchez de no pactar con Podemos, PNV y ERC.

Promesas que Sánchez rompe, con un efusivo abrazo a Pablo Iglesias, al día siguiente de la noche electoral y que acaba -tras ningunear al rey Felipe VI- el 7 de enero de 2020 con su investidura en el Congreso apoyada por UP, PNV, ERC y Bildu. Luego le comunicará ‘por teléfono’ al Monarca la lista de su Gobierno de coalición.

Y un mes después, tras el estallido de la epidemia del coranovirus en China y en Italia, la OMS avisa el 14 de febrero que se deben de evitar todo tipo de aglomeraciones. Pero Sánchez e Iglesias no hacen caso y mantienen las manifestaciones feministas del 8 de marzo, convertidas en una gran oleada de contagios que llegaron al gobierno, con tres ministras infectadas.

Y, a partir de ahí, la desastrosa gestión sanitaria y económica del Gobierno que Sánchez, con el rostro del fracaso ya deformado en el retrato, le quiere endosar ahora al PP, porque Pablo Casado se niega a mantener el ‘estado de alarma’ que le otorga a Sánchez un inmenso poder.

Del que Sánchez hace alarde en su gigantesco aparato de comunicación que todo lo inunda, pero que no tapa sus enormes errores de gestión. Los que millones de españoles sufren en sus familias, casas y trabajos sin que en el horizonte se atisbe otra cosa que las largas y desesperantes homilías de Sánchez inundadas de un optimismo ajeno a la realidad como el que ya se aprecia en el inquietante retrato de su verdad.