Sobre la capacidad política de Pedro Sánchez

En España no existe un procedimiento de ‘impeachment’ como el que la Cámara de Representantes del Congreso de los Estados Unidos acaba de poner en marcha contra el Presidente Donald Trump por abuso de poder y obstrucción al Congreso.

Y suerte que tiene Trump de que no exista una variante de ‘impeachment’ que, además de la de la incapacidad física o mental, incluya la flagrante incapacidad política.

Lo que aplicado a España nos habría librado de tres nefastos presidentes del Gobierno como lo han sido Zapatero y Rajoy (de los que Manuel Martin Ferrand decía que habían sido un regalo de José María Aznar) y lo es Pedro Sánchez, ‘en funciones’ destructivas del marco constitucional español.

De Sánchez se pueden decir muchas cosas, como que tiene una ambición sin límites y que está a dispuesto a pagar el precio que sea a Podemos y ERC para seguir en La Moncloa, lo que es verdad.

Como también se puede decir de Sánchez que es autoritario, rencoroso y vengativo con sus adversarios políticos de dentro y de fuera del PSOE. O que es republicano y marxista radical y quiere implantar en España la III República y el Estado federal, facilitando la independencia de Cataluña.

Pero lo que no se puede decir de Sánchez es que sea persona inteligente y con capacidad política para gobernar España. Él es consciente de sus carencias y huye de la prensa y sólo acude a debates electorales obligados donde queda mal, mira al suelo y huye del cuerpo a cuerpo con cualquier adversario político.

La prueba indiscutible de su incapacidad y ceguera política la demostró cuando tras las elecciones generales del pasado 28 de abril tuvo, con Cs y con Podemos, dos claras y fáciles oportunidades -ambas muy beneficiosas para él y para el PSOE- de alcanzar la investidura y la formación del nuevo Gobierno. Y las dos Sánchez, inexplicablemente, las dinamitó.

La del pacto con Cs, cuando el PSOE y Cs sumaban 180 escaños, Sánchez ni siquiera se la planteó, ni se la ofreció a Albert Rivera con quien en el 2016 había firmado un pacto de Gobierno de coalición.

Decidió Sánchez que lo suyo era la izquierda y tras negociar con Iglesias -el que si es inteligente y mucho más hábil que Sánchez- al final aceptó ir a un Gobierno de coalición con Podemos, pero vetando la presencia de Iglesias en el gabinete (con un sin fin de argumentos que ahora han desaparecido), lo que el astuto líder de Podemos entonces aceptó.

Pero en el último minuto y con la excusa de una pequeña competencia que pedía Podemos para uno de sus ministerios Sánchez dinamitó el pacto en la votación de su investidura del pasado 25 de julio. Demostrando con ello su ceguera y absoluta incapacidad política.

Entre otras cosas, porque en aquel momento ERC ofrecía su abstención sin pedir contrapartidas porque no se había publicado la sentencia del Tribunal Supremo sobre el golpe catalán, y la investidura era para Sánchez un paseo militar.

Pero de pronto Sánchez se puso chulo y creyó los pronósticos de su fiel Tezanos que le ofrecía más de 150 diputados en la repetición electoral del 10-N con la ayuda de la momia de Franco y se equivocó.

Y, olvidándose de la cercanía de la sentencia del procés, Sánchez se lió la manta a la cabeza, destruyó la investidura de julio diciendo que Iglesias le quitaba el sueño y puso en marcha su muy temeraria repetición electoral del 10-N donde perdió 3 escaños y más de 700.0000 votos.

Y ahora ahí está Sánchez, sin dormir desde la noche electoral del 10-N y abrazándose (como un beodo a una farola), a Pablo Iglesias al que acaba de ascender a vicepresidente. Y dispuesto a destruir el Régimen constitucional de 1978, la credibilidad de la Justicia, la unidad de España y el PSOE -que ya está roto por el PSC- y, por supuesto, a fracturar la convivencia entre los españoles.

Y todo ello para conseguir ahora en la segunda votación de su investidura la abstención de ERC, que en julio era gratis, entregando al soberanismo catalán buena parte de la soberanía nacional, la cabeza de la Abogacía del Estado y la promesa de indultos a los golpistas condenados en el Tribunal Supremo para que su hoy nuevo socio, el compinche, Junqueras pueda ser pronto en 2020 presidente de la Generalitat.

Como verán las cuentas son muy sencillas Sanchez tuvo en julio la gran oportunidad de una inmediata y gratuita investidura y la despreció. Y ahora está dispuesto a pagar una gigantesca factura poniendo con España en almoneda. Y ¿esta es la prueba de su inteligencia y capacidad política? O más bien la de su capacidad de destrucción de un plumazo la reciente y brillante Historia de la Transición al sólo servicio de su personal ambición.