Albert Rivera se va como un demócrata y un señor

Después de denodados y exitosos esfuerzos, el pasado 28 de abril Albert Rivera tocó la cima del Everest de la política española al conseguir los 57 diputados y convertir a Cs en la tercera fuerza política nacional.

Pero un extraño mal de altura le impidió ver con claridad que esa escalada fue posible gracias a la crisis circunstancial de la corrupción del PP y de la espantada de Mariano Rajoy. Y Albert no entendió que esa conquista del 28-A era el techo del mundo y también el electoral de Cs, y quiso subir más alto y se despeñó al saber no invertir el capital político acumulado el 28-A en la gobernabilidad de España.

Aunque se entiende bien la repugnancia política que a Rivera le producía pactar con un personaje como Pedro Sánchez después de su llegada al poder de la mano de Junqueras, Puigdemont, Otegi, Ortuzar e Iglesias. El líder de UP que fue el artífice de la moción de censura y autor del ascenso de Sánchez al poder.

Lo que Sánchez le agradeció de vil manera a Iglesias, al vetarlo en los pactos del gobierno de coalición PSOE-UP, de los que decía que le quitaban el sueño. Y rotos los pactos y los puentes Sánchez se lanzó, temerario, a la repetición electoral convencido de que hundiría a Cs y a Podemos.

Pero Sánchez no pudo con UP y, visto el resultado del 10-N, se acabó dando un tiro en el pie y veremos cómo acaba. Porque crece la impresión en toda España de que el principal problema del bloqueo es él.

Mejor le fue a Sánchez contra Cs, pero no se llevó ni uno solo de sus votos al PSOE que perdió 700.000 votos y tres escaños. Pero con su proverbial poderío mediático, malas artes y la momia de Franco como talismán, Sánchez orquestó la campaña del hundimiento de Cs y la caza de Albert. En la que no habría que descartar la intervención de las ‘cloacas parapoliciales’ lo que sería el colmo de la infamia.

Es cierto que, con sus errores estratégicos de bulto -que nosotros hemos criticado en estas páginas-, Rivera dio facilidades y se equivocó. Pero ahora se marcha del liderazgo de Cs, del Congreso y la política como demócrata y como un señor. Y ello constituye una pérdida muy importante para la vida pública de este país, donde Cs ha aportado muchas iniciativas y reformas desde la limpieza democrática y la firme defensa de la unidad de España y la Constitución.

Sobre todo ante al violento desafío catalán y su golpe permanente -ayer vimos a los Mossos de brazos cruzados durante el bloqueo de la frontera con Francia- frente a los que Rivera luchó con denodada valentía ocupando en Cataluña el liderazgo constitucional que había abandonado el PSC.

Albert Rivera ha pagado muy caros sus errores, entre los que figuran el no haber entendido cómo se mueven en España los hilos del poder económico y el campo de la comunicación. Y ahora es un ‘liberal libre’ de toda atadura política que deja tras de sí un incierto futuro para Cs, un buen equipo de dirigentes, un millón seiscientos mil votantes del centro y 10 diputados -y muchos cargos municipales y autonómicos- de los que se querrán apropiar PSOE y PP, y sobre los que sobrevuela como un cuervo de mal agüero el traidor de Manuel Valls.

Pero la vida política sigue y tenemos por delante una investidura que no será fácil de articular. Y menos con un Pedro Sánchez al que ya decapitó una vez el PSOE años atrás -en ‘los idus’ del 1 octubre de 2016- y que ahora va a tener que rectificar y mucho, y sudar la gota gorda frente a Pablo Casado y Pablo Iglesias para permanecer en La Moncloa y volver a Gobernar.

Aunque lo ideal sería articular un gobierno de unidad constitucional entre PSOE, PP y Cs pero sin Sánchez en la presidencia. Y puede que con la presencia de ministros de prestigio independientes, entre los que Albert Rivera debería estar porque, sin duda, volverá.