Los agujeros negros de la Transición

Por más que se entierren en el campo santo del olvido los que han sido y son ‘los agujeros negros de la Transición’ estos forman parte indiscutible del origen de los serios problemas institucionales que hoy sufre la democracia española en coincidencia con este año en el que celebra el 40 aniversario de la Constitución de 1978.

La que incluye, con la Transición, un balance muy positivo pero también errores y desafueros, cuando no flamantes violaciones de la legalidad sobre las que se extendió un tupido velo que el viento de la Historia destapará con suma facilidad, aunque todavía quedan muchas sombras por iluminar.

Como la verdad completa del golpe de Estado del 23-F, los crímenes del GAL, las tramas de la corrupción, las trampas del referéndum de la OTAN, el privilegiado circuito del tráfico organizado de influencias y especialmente el de la ‘promiscuidad’ entre el poder económico y político y sus derivadas en el control del poder judicial y la información creando zonas de impunidad.

En fechas recientes y ante el mayor problema actual de España como es el desafío secesionista catalán también existe y persiste la cara oculta de esta locura, basada en la mentira, el delirio y la ambición de unas élites.

Y por ello está por aclarar quienes, al margen de los partidos secesionistas, sus líderes y organizaciones sociales (Òmnium y ANC), han estado y están en el núcleo duro del golpe de Estado de descarada o de taimada manera (por ejemplo Roures y Godó) y ayudando en su financiación y la propaganda con dinero y medios de comunicación militantes o disfrazados con una calculada ambigüedad.

Y por supuesto están los errores políticos previos al golpe catalán del 27-O con una temeraria escalada de concesiones soberanistas que, desde 1993 año en el que el PSOE perdió la mayoría absoluta, se hizo a los gobiernos nacionalistas y progresistas de Pujol, Montilla y Maragall a cambio de sus  apoyos en Madrid a través de CiU y PSC.

A un catalanismo rampante que escondía el independentismo. Y en todo ello cayeron Felipe González, José María Aznar, José Luís Rodriguez Zapatero (este de demencial manera) y Mariano Rajoy antes y durante el golpe catalán que no vio venir ni controló aunque lo paró.

Las revelaciones (o más bien confirmaciones de algo que todos sabían) de las andanzas aventureras y económicas del Rey Juan Carlos I de las que habla su ex compañera Corinna en el vídeo del comisario Villarejo, fue algo consentido por todos los gobiernos de la Transición, y lo que condujo con cierta naturalidad al escándalo de Nóos que tiene en la cárcel a Urdangarin  después de maniobras para salvar a la Infanta Cristina). Y fue finalmente y ello llevó a la abdicación del Rey Juan Carlos I. Y esperemos que la cosa quede ahí y no se extienda por el resto de ramificaciones de la familia de Villar Mir, los últimos ‘proveedores palaciegos’ como antes lo fueron Ruiz Mateos, Prado, De la Rosa, Conde y ‘los Albertos’.

La mencionada en este artículo ‘promiscuidad’ entre los poderes Ejecutivo y Económico -que continúa- en la Transición y la ausencia de la separación de los poderes del Estado, dado que en el Poder Judicial manda el Ejecutivo desde que, como dijo Alfonso Guerra, el Gobierno de Felipe González ‘mató’ a Montesquieu, están en la base de muchos problemas de la Transición.

Y de la impunidad flagrante de los poderosos de las instituciones, la política y el mundo económico. Y esta organizada o espontánea trama completaba su poder con el absoluto control de los medios de comunicación, que ahora tienen una incipiente válvula de escape por la vía de internet.

Y todo esto se debe tener en cuenta, sé debería aclarar y de reconducir e incluso controlar en el seno de una reforma necesaria constitucional que además refuerce al Estado, adapte el país a los trepidantes tiempos de la modernidad y facilite una justa y representativa ley electoral y garantice una más justa mejora social en solidaridad.

De lo contrario el deterioro de la vida pública, institucional y democrática de España seguirá y continuará con el jaque del soberanismo catalán (que otras regiones empiezan a imitar) a la unidad de España. Lo que nunca prosperará aunque puede que algún día obligue a drásticas decisiones que se deberían de evitar.

Se acerca pues un tiempo de reforma democrática en la que será importante la promoción e independencia de los poderes públicos y sociales que han de garantizar y controlar el buen funcionamiento de la vida democrática y de sus instituciones así como toda forma de poder (público o fáctico), poderes garantistas de la Democracia y la Libertad com el Parlamento, la Justicia y unos medios libres, de calidad y sostenibles de comunicación.