Patria sin ETA

El anuncio del fin de ETA por los jefes de la banda terrorista es una obviedad revestida de macabra pomposidad y autopropaganda de un fracaso que dejó tras de sí un inmenso charco de sangre de sus víctimas inocentes (859 muertos, miles de heridos y más de 80 secuestros con tortura). Y además un inmenso dolor y una sociedad vasca rota y asustada que aún no se atreve a hablar con libertad y cuya reconciliación será imposible, hasta que no llegue otra generación ajena tiempo de los crímenes, que los etarras llaman tiempo de ‘conflicto’.

Al fondo de todo esto aparece la palabra ‘Patria’ (lo peor del nacionalismo) que Fernando Aramburu noveló con gran talento literario y que debería ser leída con el máximo interés en Cataluña porque la fractura social catalana, nacida del fallido golpe de Estado catalán, es muy profunda y tampoco tiene a corto plazo de solución.

Lo ocurrido contra los niños del colegio del Palau que son hijos de guardias civiles, además de ser un comportamiento nazi, es un síntoma de la cultura del odio irreconciliable que provoca el nacionalismo feroz e identitario, cuya furia y ceguera están en los orígenes de las guerras europeas como lo han recordado recientemente varios líderes europeos como Merkel y Macron.

ETA se va sin pedir perdón como debiera y con sus jefes y muchos de sus pistoleros aún huidos de la Justicia. Y todo ello adornado con el discurso de que dejan las armas para seguir el modelo catalán de rebelión y de golpe de Estado ‘incruento’. Una vía con la que juega temerario el mismo PNV que chantajea al Gobierno de Rajoy para que le apruebe los Presupuestos y les ofrezcan ventajas carcelarias a los presos de ETA.

Ahora, en Cataluña, el presidente Torrent del Parlament va a desafiar al TC con la reforma de la ley de Presidencia para intentar investir al prófugo de Puigdemont presidente de la Generalitat por la vía telemática, y mientras la Justicia de Alemania estudia que hacer con la extradición del catalán.

Ante estas dos situaciones paralelas sólo cabe una salida democrática por pararte de los partidos constitucionales: que PP, PSOE y Cs pacten evitar, con abstenciones pactadas en el Congreso, el chantaje de los nacionalistas en asuntos de Estado como investiduras, Presupuestos y censuras.

Y ahora le tocaría abstenerse al PSOE en los Presupuestos de 2018 por el bien de nuestro país que es la verdadera Patria de todos los españoles y no la selectiva y la rupturista del odio y la confrontación de los nacionalismos vasco y catalán, con sus particulares variantes de agresividad e intensidad.

Pero está visto que el PSOE no cederá por motivos ideológicos y también de oportunidad electoral. Con lo que la crisis del nacionalismo continuará con el riesgo añadido de extenderse a otras regiones de España por la vía de los desafíos lingüísticos que es por donde empieza a crecer la mala hierba de las praderas de las falsas Patrias que nunca prosperarán.