La política y los Oscar

Como ocurre todos los años desde 1929 la concesión de los Oscar por la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Hollywood ha despertado el interés mediático de todo el mundo, y no solo por lo que al mundo del cine se refiere sino porque en esta 90 edición de los Oscar a los Premios se han sumado las denuncias del movimiento feminista ‘Me Too’ contra el acoso sexual a las mujeres en el cine y otros lugares de trabajo.

Y también la lucha mundial por la igualdad de derechos de la mujer, lo que continuará este jueves con la ‘huelga global’ de mujeres en defensa de sus derechos, especialmente en el ámbito laboral.

Lo que confirma, como venía ocurriendo en anteriores ceremonias de los Oscar, que este evento por su trascendencia mediática y planetaria se ha convertido en una habitual plataforma de denuncia política progresista. Lo que está muy bien si así lo quiere la Academia (ocurre igual en los Goya de España) y si así lo quieren los protagonistas de esa mágica noche del cine mundial como el pasado domingo volvió a ocurrir en Los Ángeles.

Ahora bien, lo que no sería bueno para la industria del cine es que el capítulo  de las denuncias (finalmente las actrices y los actores no se vistieron de luto riguroso en la alfombra roja) y reivindicaciones creciera en el menoscabo de la calidad del gran cine americano que concurre al certamen y donde, por cierto, nunca se ha protestado por la enorme cantidad de violencia de todo tipo que se produce en los estudios de Hollywood.

Este año la película triunfadora en los Oscar ha sido La forma del agua del mexicano Guillermo del Toro que también se ha llevado el premio al mejor director. Pero su obra, rodada en tan solo dos pequeños platós, el uno con la simulación un piso y el otro en un extraño y pequeño estanque, no tiene la talla, ni la altura como espectáculo, o la interpretación, ternura, el amor y el dramatismo, respectivamente, de las grandes epopeyas del cine americano como fueron por ejemplo: El padrino,Un tranvía llamado deseo, La vida es bella, Casablanca o El tercer hombre.

La forma del agua es una tierna historia o una versión acuática de La Bella y la Bestia encerrados en un acuario y una bañera, sobre un guión original (acusado de plagio) y muy bien llevado por Del Toro, con actores mediocres (el malo es demasiado malo) y poco más. Pero no le llega ni a la suela de los zapatos a los grandes éxitos del cine de los Estados Unidos, ni estará entre sus mejores 100 películas o puede que incluso ni entre las 500 primeras.

Precisamente ayer en el canal TMC de la plataforma Imagenio de Movistar se emitió la película y macro producción de David Lean Lawrence de Arabia galardonada con siete Oscar, incluido mejor película y mejor director. En esa obra magna actuaban Peter O’Toole, Alec Guinness, Anthony Quinn y Omar Sharif, un elenco y reparto excepcional en el no hubo ninguna actriz. Como no hubo hombres con un papel relevante en Mujeres al borde de un ataque de nervios de Pedro Almodóvar.

Además existe la sospecha de que muchos guionistas y directores -‘los caza Oscar’- hacen su trabajo pensando sobre todo en los Oscar y en el perfil de los votantes de la Academia en lugar de buscar una gran obra de arte o una producción espectacular para que disfrute toda la gente que va a los cines y además se olviden de todo lo demás.

Y está claro que la obra de Guillermo Del Toro buscaba el Oscar ante todo porque la estatuilla (¿habrá pronto también una Oscarina?) le llevará público a las salas de proyección de donde los espectadores de La forma del agua salen un tanto confundidos y sin haber disfrutado de las grandes emociones que el buen cine suele propiciar.