Rubalcaba quiere desguazar la Constitución

No parece que sea Alfredo Pérez Rubalcaba (y menos aún su pomposo y ‘sospechoso’ amigo Santiago Muñoz Machado) la persona más adecuada para hablar de la crisis económica, política e institucional de España como lo hizo el pasado lunes en un artículo publicado en el diario El País y titulado ‘Tan difícil como necesaria’, en alusión a la reforma de la Constitución de la que tanto habla Pedro Sánchez desde el PSOE.

Sobre la crisis política, económica y territorial escribe Rubalcaba, quien fue el ministro más influyente -y ‘maquiavélico’- de los gobiernos del asombroso presidente José Luís Rodríguez Zapatero del que conviene recordar sus méritos destructivos (incluso en el PSOE, al que llevó al desastre electoral) que no tienen parangón en la Historia de España y los años de la Transición.

Un tiempo extraordinario cuyo principal logro político que fue el pacto por la ‘reconciliación nacional’ que liquidó Zapatero con su ‘Memoria Histórica’, lo que además constituía un serio reproche a los gobiernos de Felipe González (donde también estuvo Rubalcaba) y al histórico PCE de Santiago Carrillo.

En la economía Zapatero negó, desde 2008 hasta mediados de 2010, la existencia de la crisis económica internacional y española lo que causó a nuestro país daños irreparables. Y que le vamos a decir a Rubalcaba sobre la actuación de Zapatero en el plano territorial, empezando por la Cataluña de Maragall -embaucado por ERC- y su reforma del Estatuto catalán que hubo que ‘cepillar’ en Madrid para que lo volviera a aprobar José Montilla ¡también con ERC! alumbrando otro Estatuto inconstitucional que Zapatero refrendó en Madrid tras tildar la nación española de ‘discutida y discutible’.

Ya sabemos que Felipe González en 1993 y José María Aznar en 1996 se allanaron ante Jordi Pujol, en lugar de respetar sus respectivas -en el tiempo- mayorías minoritarias. Pero lo de Zapatero fue la negación de la soberanía nacional y la apertura del portón del nacionalismo secesionista camino de la declaración de independencia de Cataluña que llegó con gran estruendo el pasado 27 de octubre, creando una inercia en la que, con la ayuda de Rajoy y Sánchez, sacó tajada el nacionalismo vasco con el nuevo cupo de su concierto fiscal.

Y ahora viene Rubalcaba a decir que hay que reformar la Constitución y ¡todos los estatutos! de las Autonomías de España (Iglesias quiere que en ellas se puedan celebrar referéndums de autodeterminación) para dar más poder y control a los gobiernos regionales en detrimento del Estado y rumbo a un modelo Confederal al que Rubalcaba dice ahora que no se le debe llamar Federal y al que Sánchez califica de ‘plurinacional’.

La reforma constitucional de Rubalcaba, en la que incluye alguna demanda social como latiguillos en la Carta Magna, donde Zapatero (otra genialidad) ya aportó la que fue su muy liberal ‘reforma express’ del artículo 135 de la Constitución, constituye una pésima propuesta que tiene como principal objetivo dar a Cataluña y Euskadi más competencias en el peor momento para España.

Porque está nueva pérdida de soberanía nacional (en lugar de lograr mayor control de la Educación, de la Justicia y las finanzas autonómicas) se verá como reconocimiento de culpa o rendición del Estado ante el nacionalismo vasco y catalán, así como una flagrante discriminación insolidaria para el resto de las Autonomías España.

La única reforma importante que hay que hacer de la Constitución es la que debe garantizar una verdadera separación de los ‘poderes del Estado que en España son cinco (el Ejecutivo, Legislativo, Judicial, Prensa y el Económico) y no tres como dice Montesquieu porque en este país no hay tal separación real de poderes del Estado sino sólo de sus ‘funciones’.

Y porque la promiscuidad entre los poderes político, mediático y económico es hoy día un cáncer estatal que invade, ofreciéndole plena impunidad (de ahí la corrupción) al gobernante de turno, facilitando la acumulación de los poderes del Estado en sus solas manos. Lo que les garantizó a PSOE y PP una larga estancia en el poder que solo perdían por sus propios errores.

Este modelo español de ‘acumulación de poderes’ se transfirió y clonó en el ámbito autonómico creándose regímenes clientelistas, como en Andalucía, y virreinatos en el País Vasco y sobre todo Cataluña donde la amalgama de los poderes político (con especial énfasis en la Educación), económico y el mediático funcionaron al unísono impregnados por el veneno nacionalista.

Y así echó a andar sigilosamente la cúpula del secesionismo que lideraba -bajo el disfraz del victimismo y ‘los sentimientos’- el poder económico y financiero catalán, y que se jaleaba desde el populismo de la izquierda que lidera ERC, tras haber contaminado y debilitado a CiU y al PSC.

O sea que el PSC de Maragall y Montilla, amigos de ERC y con ayuda de Zapatero y Rubalcaba abrieron la puerta soberanista. Y la escalada la siguió Artur Mas para ponerla en las manos de Junqueras y Puigdemont. Y así tras declarar la independencia, y mientras ZP charla amistosamente con Mas, aparece Rubalcaba pidiendo, con Sánchez, una reforma de la Constitución para dar más poder a los soberanistas camino de la independencia final.

Pero se va a equivocar Rubalcaba porque esa reforma de la Constitución no se producirá y en todo caso debería conducir hacia más Democracia, con separación de poderes, y más unidad nacional y no hacia la nueva diáspora territorial. Exactamente al contrario de lo que ahora propone Rubalcaba tras el demencial y dañino desafío catalán que el PSC-PSOE quiso alimentar.