Debilidad de Rajoy y agresión de Puigdemont

Si Mariano Rajoy hubiera actuado como debía en los atentados del terror islámico en Cataluña decretando la Alerta 5 y tomando el mando policial nada más conocerse el segundo ataque terrorista en Cambrils; y hubiera dicho la verdad sobre los errores de los Mossos durante la investigación de estos hechos tras el aviso de la policía belga y la explosión de la casa de los terroristas en Alcanar, Puigdemont no se habría atrevido a declarar al diario Financial Times que Rajoy ha hecho política poniendo en peligro la seguridad de los catalanes y que tiene 6.000 urnas para el referéndum del 1-O que en su opinión el Estado no puede frenar.

La entrevista de Financial Times se suma a otras crónicas internacionales de prestigiosos diarios europeos y norteamericanos –The Guardian o The Wall Street Journal– que dan por perdido a Rajoy frente al referéndum catalán y que califican la actuación de Puigdemont ante los atentados y a pesar de sus muchos y graves errores de gran éxito y prueba de que Cataluña está preparada (sic) para ser un Estado independiente.

Y este sentimiento, unido a una general frustración de los españoles ante la pasividad de Rajoy y su incapacidad de tomar decisiones en asuntos de trascendencia nacional incluye el fundado temor de que el Presidente del Gobierno, en contra de lo promete, no será capaz de frenar el referéndum catalán de una vez por todas sino que se enredará en cuestiones jurídicas como ocurrió con la Consulta del 9-N.

Que después de lo ocurrido en el ataque de los terroristas Rajoy declare, tomando por tontos a los españoles y dejando por mentiroso a lo mejor del periodismo español, que la cooperación policial entre los Mossos y las Fuerzas de Seguridad del Estado ha sido ‘coordinada, constante y fluida’ es una tomadura de pelo.

Y vista su escasez de firmeza Puigdemont lo ha apuñalado por la espalda, en vísperas de la manifestación por la unidad contra el terrorismo de este sábado en Barcelona y le ha acusado de hacer política poniendo en peligro la seguridad de los catalanes. Y para colmo Puigdemont asegura que tiene escondidas 6.000 urnas (que busca y no encuentra el CNI) y diciendo que no ve cómo el Estado puede parar el referéndum del 1-O.

El panorama que todo esto trasluce -y vamos a ver cómo discurre hoy la manifestación de Barcelona con la arriesgada presencia del Rey Felipe VI- es política y democráticamente desolador. Y no sólo por la ausencia de un liderazgo firme en el Gobierno de la nación sino también por la ausencia de un líder democrático de la Oposición porque no vemos a Pedro Sánchez capaz ni convencido de la necesidad de defender la Constitución, la ley y el Estatut impidiendo el referéndum del 1-O, al que el PSOE quita importancia diciendo que se trata de un simple recuento de votos sin incidencia legal.

El viejo galeón español parece ir a la deriva, sin timonel en el fin de régimen de la Transición en el que el desafío catalán está poniendo a prueba a los líderes de la nueva política. Un grupo de dirigentes donde Pablo Iglesias, declarado enemigo de la Transición, ejerce una atracción fatal sobre el invertebrado liderazgo (plurinacional) de Pedro Sánchez, y donde la juventud de Albert Rivera no logra imponerse sobre la doblez -marcada por la corrupción del PP- y ausencia de firmeza democrática del viejo cocodrilo Mariano Rajoy.

Rajoy pide unidad política frente al terrorismo y Puigdemont unidad frente a España. Pero, al margen de la manifestación de Barcelona, esa unidad que reclama Rajoy no se ve en Cataluña ni tampoco ante el referéndum del 1-O. Ni siquiera entre los partidos constitucionalistas de PP, PSOE y C’s lo que constituye otro hecho preocupante frente al desafío catalán que abunda en el desconcierto institucional.