La izquierda española y ‘la Democracia efectiva’

Cuando cayó el muro de Berlín y desaparecieron los regímenes comunistas de sus países satélites del ya agotado Pacto de Varsovia en el lado Europeo occidental y Atlántico, se planteó la posibilidad de disolver la OTAN porque como alguien dijo de gráfica manera: ‘El Séptimo de Caballería se quedó sin indios’.

Algo parecido le ha ocurrido a la izquierda española de la Transición una vez recuperadas las libertades y la democracia, aprobada la Constitución de 1978 y consumado el ingreso de España en la OTAN y la Unión Europea y el Euro (lo que condiciona las políticas económicas, financiera y monetaria). De manera que el discurso del PSOE en tiempo de bonanza económica pasó de ser socialdemócrata a social liberal, en estrecha relación con los poderes y oligarquías económicas del país durante los años de bipartidismo del PSOE y del PP.

Un tiempo estable que naufragó en la crisis financiera mundial de 2008 que pilló a un caótico José Luis Rodríguez Zapatero en el poder. Un Zapatero que negó la crisis y luego tuvo que hacer duros ajustes sociales y políticos como fueron la congelación de salarios y pensiones y la reforma del artículo 135 de la Constitución sobre el equilibrio presupuestario.

Y todo ello y además de abrir innecesariamente el ‘melón’ del Estatuto de Cataluña lo que dio alas al vigente intento de secesión catalana, de aceptar el escudo anti misiles USA en Rota sin someterlo al Parlamento (para poder hacerse perdonar en EEUU la retirada intempestiva de tropas españolas en Irak, que luego traslado a Afganistán) o de indultar en secreto a banqueros.

Zapatero fue un desastre para España (su único logro fue el matrimonio gay) y para el PSOE partido que dejó hundido en 110 escaños bajo el mando de Rubalcaba en 2011 y luego dividido con solo 90 y 85 escaños con Pedro Sánchez en 2015 y 2016.

Los duros ajustes sociales de Zapatero y luego de Rajoy dieron alas al hundimiento de las clases medias y el renacer de una legión de miserables sin ningún tipo de recursos. Y ahí surgió la rebelión del 15-M de 2011 y más adelante aparecieron Podemos y otros partidos regionales en el ámbito populista radical y que dejaron fuera de juego a IU y a UGT y CCOO.

Lo que sumado al desafío catalán secesionista y a la corrupción del PP facilitó la radicalización de la izquierda con ataques a la Transición y la Constitución de 1978, llegando a romper el espíritu de la reconciliación nacional que habían pactado en 1977 Suárez, Fraga, González y Carrillo, para reabrir tarde y mal las heridas de la Guerra Civil (otro invento de Zapatero, el hoy asesor del dictador venezolano Nicolas Maduro).

Ahora tras el regreso de Sánchez al frente del PSOE (de donde fue cesado en octubre de 2016, tras perder dos elecciones y una investidura) en este partido y en Podemos no aparece más proyecto político que el de echar a Rajoy del poder, tras dos legislaturas en las que se recuperó la economía y el empleo aunque de baja calidad emergió la corrupción del PP que Rajoy pretendió tapar con jueces y fiscales afines a su partido.

Además la izquierda debe saber dos cosas fundamentales: en la UE no caben políticas radicales de ruptura de la cohesión fiscal europea (salvo que se abandone el euro, como bien lo sabe Alexis Tsypras en Grecia); y el PP y y C’s no consentirán una reforma del capítulo territorial de la Constitución, como inútilmente promete Sánchez para congraciarse con el PSC y ERC.

Entonces ¿cuáles son las grandes conquistas progresistas que tienen por delante la nueva izquierda española? Pues la reforma democrática del país (para ello pueden contar con C’s) incluyendo: la reforma de la ley electoral por otra más justa y representativa; la separación de los poderes del Estado (y sobre todo la independencia de la Justicia); la libertad de expresión plena en medios públicos y privados; el libre y gratuito acceso a las tecnologías de la comunicación y a la educación y el trabajo online; y el final de la influencia del ‘quinto poder’ del Estado que es el poder económico y financiero.

La revolución pendiente de la Transición española es lo que Josep Borrell llama la ‘Democracia efectiva’. Ese debería ser el primer gran objetivo de la izquierda moderna que también debe defender una nación fuerte, unida y solidaria (hija del internacionalismo) entre sus pueblos diversos y firme aliada del proyecto político, cultural y democrático europeo. Tareas todas ellas de gran alcance y dificultad que deben de estar entre los objetivos prioritarios de una izquierda española nueva y moderna. La que, debe recuperar, institucionalizar y mejorar todas las conquistas del Estado del Bienestar.

Pedro Sánchez bien podría levantar la bandera de la ‘Democracia efectiva’, pero mucho nos tememos que el ideal democrático no figura en el ideario de Pablo Iglesias, de ahí dificultad de avanzar por este camino desde el flanco zurdo de la política que al día de hoy no sabe bien hacia dónde va.