El Rey Felipe VI y la reforma política

El Rey Felipe VI ha concluido su primer año al frente de la Jefatura del Estado con un balance positivo en fondo y forma, lo que ha permitido la recuperación del prestigio de la Corona que se había deteriorado en los últimos años del reinado de su padre el Rey Juan Carlos I. Quien con su generosa abdicación, en un momento crucial de la crisis económica, política e institucional del país, favoreció el relevo, lo que ha producido resultados positivos que hoy confirman las encuestas realizadas en los últimos días sobre el primer año del reinado de su hijo el Rey Felipe VI y la Reina Letizia.

El fin del bipartidismo PP-PSOE que anunciaron los resultados de las elecciones al Parlamento Europeo en la primavera de 2014, sumado al deterioro social y a los numerosos casos de corrupción aparecidos en ese tiempo, marcaron el ritmo del relevo en la Corona de España. Y el inicio de una nueva etapa -"Una Monarquía renovada en un tiempo nuevo", dijo el Rey Felipe VI en el discurso de su proclamación-, la que está en marcha como se vio en los comicios municipales y autonómicos del pasado 24 de mayo.

Elecciones que confirmaron el final del bipartidismo y la entrada en las instituciones locales y autonómicas de los nuevos partidos Podemos y Ciudadanos, que se suman al PSOE y al PP como fuerzas nacionales. Lo que se refrendará en el Parlamento nacional en los comicios generales de finales del presente año.

Tiempo de cambios, ‘renovación y regeneración’ como se suele decir en el debate político, pero sobre todo tiempo de ‘reforma política’ en favor de un cambio decisivo en el sistema político español que debe avanzar hacia una ‘segunda Transición’ en la que el primer objetivo ha de ser el cierre del vigente modelo partitocrático y bipartidista en pos de un modelo democrático, controlado y representativo.

Un modelo más participativo y representativo que conduzca a una democracia plena donde la soberanía nacional resida, de verdad, en el Parlamento -y no en los aparatos de los partidos políticos-, donde los ciudadanos elijan directamente a parte o al conjunto de representantes y gobernantes -lo que no ocurre ahora-, y donde la separación de los Poderes del Estado -y otros poderes fácticos que se entrometen en la vida pública- sea real y no ficticia o solamente de funciones como venía ocurriendo en favor del Poder Ejecutivo que acumulaba y absorbía a los demás Poderes del Estado.

A la separación de los poderes del Estado -el espíritu de Montesquieu- se refirió don Felipe VI durante su reciente discurso en la Asamblea de Francia, calificándola como pieza fundamental de toda democracia.

Lo que obliga a España, a los gobernantes y representantes a cumplir con esta ley no escrita que, de alguna manera debería quedar inmersa y explícita en nuestro ordenamiento jurídico. Para evitar que la mala práctica política sobre la acumulación de poderes del Estado impida el control de todos ellos por los ciudadanos, el Parlamento, la Justica y los medios de comunicación. Así ha ocurrido en España en los últimos años, en el beneficio del abuso del poder y de la corrupción.

El cambio de la ley electoral y la obligación de prácticas democráticas en el seno de los partidos políticos, o el control de la ‘calidad’ de los gobernantes del país y la revisión del agotado modelo territorial del Estado, son otras de las reformas que se han de plantear en la próxima legislatura 2016-2020. Y en ella la función de arbitraje y moderación, que la Constitución atribuye al Rey, debe ser una pieza tan sutil como fundamental, dado que la próxima legislatura será crucial para el país y para el presente y futuro de la Corona.

Como es la urgente necesidad de que la nación, a través de todos sus gobernantes e instituciones, se ocupe con urgencia de las situaciones de emergencia social que muchos ciudadanos están viviendo a lo largo y ancho del territorio nacional.

La legislatura de 'la reforma política' marcará el reinado de Felipe VI como la Transición ha marcado el de su padre Juan Carlos I. Y del éxito y la puesta en marcha de esa reforma, que comienza a dar sus primeros pasos, van a depender muchas cosas. Porque si no se lleva a cabo o se aplaza las tensiones sociales y políticas volverán poniendo en jaque las instituciones y la estabilidad del país. A la que sin duda ha contribuido, en el tiempo difícil que vivimos, el Rey Felipe VI, con prudencia y buen hacer en el primer año de su reinado. En la víspera de una legislatura que será crucial y definitiva para el presente y el futuro de España y también para la Corona y el Rey.