Rajoy es el problema del PP y de la estabilidad política

Mariano Rajoy es el máximo responsable de la debacle territorial del PP en las elecciones municipales y autonómicas del domingo 24 y de la pérdida por el Partido Popular de más de 4.800.000 mil votos con respecto a las elecciones generales de 2011. Comicios donde obtuvo el 44,6 % de votos frente al 27 % logrado el pasado domingo. Él lo sabe -como lo saben los dirigentes y militantes del PP- lo que le obliga a rectificar su modelo de liderazgo autocrático e inmovilista y a cambiar a los máximos dirigentes del PP y a destacados miembros de su Gobierno.

Y si Rajoy no cambia sus modales ni sus equipos, como lo ha anunciado en el día de ayer alardeando de su inmovilismo, serán muchos, dentro y fuera del PP -y también en el poder económico y en la UE-, los que piensen que el problema principal del PP y de la estabilidad política española se llama Mariano Rajoy.

El que en aras de esa pretendida estabilidad, de la que habla sin parar y que solo imagina bajo su mandato, se ha vuelto en encastillar en el palacio de la Moncloa y en omnímodo poder en el seno del PP donde sigue empeñado en la técnica del avestruz de esconder la cabeza bajo el ala. A la espera de que un incierto tiempo de bonanza económica y unos regalos, sin condiciones, de Ciudadanos le ayuden a ganar las elecciones generales de fin de año y a recuperar parte del poder regional y autonómico que acaba de perder el PP.

Y dice Rajoy, como si nada de lo que ocurre en España fuera con él, que será -‘creo que sí’, matizó- el candidato del PP a las elecciones generales de fin de año y que no piensa hacer cambios en el Gobierno o la dirección del PP, a pesar que reconoce haber perdido ‘la proximidad’ con una gran parte de la ciudadanía y fracasado en la gestión de la comunicación, las dos políticas que dependen, respectiva y directamente, de Dolores de Cospedal y de Soraya Sáenz de Santamaría.

Y esto ocurre cuando en el seno de su partido y entre barones y dirigentes destacados se especula con: la posibilidad de que Alberto Núñez Feijóo se convierta en Vicepresidente Primero y Portavoz del Gobierno, para dar al Ejecutivo un impulso político y crear un ‘delfín’ o sucesor en el PP -como hizo Aznar con Rajoy tras las elecciones del año 2000-; y que el joven y brillante Pablo Casado se convierta en secretario general del PP -Gallardón lo fue de AP con Fraga, siendo mucho más joven-, garantizando el relevo generacional de los políticos de los gobiernos de Aznar y de Rajoy, y en pos de contactar con el centro político y la juventud y los nuevos tiempos que hoy preside el Rey Felipe VI.

Estas decisiones u otras similares las debería adoptar y cuando antes Rajoy que sigue empeñado en que pactará con Ciudadanos sin condiciones, como si Albert Rivera, al que llamó ‘adanista’ y sus compañeros ‘naranjito’ y de manera despectiva ‘un catalán’, fuera un muñeco a su servicio. Por ello si Rajoy sigue en sus trece de no moverse un milímetro y no hay pactos del PP con Ciudadanos, empezando por la Comunidad de Madrid, y decenas de Ayuntamientos importantes, entonces serán los barones y dirigentes del PP los que rompan ‘silencio de los corderos’ que impone Rajoy y derriben su liderazgo en el PP.

Zapatero dejó una pésima herencia a su paso por el Gobierno de España y la secretaría general del PSOE. Y en ella se incluyó una ruinosa gestión de la crisis, además de unos despreciados casos de la corrupción en Andalucía, su temeraria apertura del secesionismo catalán y finalmente el hundimiento electoral del PSOE que pasó del 44, 6 % de 2008, al 28,7 % en 2011, un batacazo que los socialistas aún no han conseguido remontar (el domingo 24 se quedaron en el 25 %).

Pues bien, si Rajoy no reacciona como debiera puede acabar emulando e incluso empeorando la herencia de Zapatero. No en vano bajo su mandato aún no se ha solucionado la crisis -al día de hoy tenemos más paro, más impuestos, mas deuda, mas pobreza y mas corrupción que cuando el PP llegó al poder en noviembre de 2011-, por más que exista la impresión de que España se encamina en crecimiento hacia la salida de la crisis.

Pero bajo el mandato de Rajoy empeoró el problema catalán, el rey Juan Carlos tuvo que abdicar -acuciado por el caso Nóos-, se ha hundido, o al menos debilitado, el bipartidismo, el PP ha perdido su hegemonía de su poder territorial y puede perder las elecciones generales de fin de año con menos del 30 % de los votos. Y aunque fuera la lista más votada puede que por su ceguera y soberbia no tenga a nadie con quien pactar. Y si esto sigue así dejará al PP sumido en una crisis interna de la mayor gravedad, camino de los tiempos de minoritarios de AP mientras les regala a Ciudadanos el centro de la política que es el lugar decisivo para gobernar. Al día de hoy el problema del PP se llama Rajoy y, o rectifica, o se tendrá que marchar.