La diplomacia de Margallo, América, Cuba y Gibraltar

Dijo Winston Churchill que «El diplomático es una persona que primero piensa dos veces y finalmente no dice nada». No es desde luego el caso del ministro español de Exteriores, José Manuel García-Margallo quien no se piensa dos veces lo que dice o lo que hace, más bien al contrario se suele lanzar al vacío con bastante facilidad. Y no es que el ministro no tenga una buena preparación ni experiencia internacional, pero a veces parece tener ‘la mente muy corta y lengua muy larga’ -como cantaría Joaquín Sabina- y se le dispara un ‘ímpetu patriótico’ que no suele ser un buen compañero para quien ha de moverse entre tantos matices y sutilezas.

Aunque, justo es decirlo, García-Margallo también ha sabido moderarse y lograr acuerdos en posiciones más centradas que las habituales del PP. Por ejemplo en Cuba –caso Cañamero y visita a La Habana- y por la cuenta que le trae a España. Porque el Gobierno de Madrid sabe que el futuro de las Cumbres Iberoamericanas –tras el fracaso de Veracruz y su retirada a un ritmo bianual- va a depender y mucho de lo que haga Cuba, máxime ahora que Washington y La Habana reanudan relaciones diplomáticas y estarán juntos en la próxima Cumbre de las Américas de Panamá.

Ahora García-Margallo ha aplaudido el acuerdo entre Washington y La Habana, subrayando la necesidad de avanzar hacia la democracia y los Derechos Humanos en la isla, Derechos que hoy no brillan en la frontera española con Gibraltar, donde permanecen controles absurdos que dañan la libre circulación de personas en territorio de la UE y afectan de especial manera a las personas más desfavorecidas, los trabajadores, de La Línea y Gibraltar. Pero La Roca se ha convertido en una cuestión de honor para el ministro García-Margallo, que también se entrometió en el desafío catalán de Artur Mas, aunque luego se calló cuando Rajoy dejó que se celebrara la Consulta del 9N.

Llevamos tres años de legislatura y salvo el regreso de España al Consejo de Seguridad de la ONU como miembro no permanente, apenas hubo más novedad positiva en la política exterior. Y esta última de la ONU siempre y cuando sirva para lavar el mal recuerdo que España dejó en dicho Consejo tras la furiosa y lamentable intervención de la ex ministra de Exteriores de Aznar, Ana Palacio, pidiendo al Consejo de Seguridad su apoyo a la guerra de Irak de Georges W. Bush -y de Blair y Aznar-, con el argumento de las armas de destrucción masiva de Sadam Hussein que nunca existieron. Y así está Irak, roto, destrozado y amenazado por el Califato yihadista.

Ahora García-Margallo ha conseguido, y ello es un éxito, que España se vuelva a sentar como país no permanente en el núcleo duro de la ONU y vamos a ver que hace nuestro país en el año de legislatura que le queda a Rajoy. Y no solo en la ONU sino también en la UE donde, en vísperas electorales, el Gobierno español está aflojando sus planes de convergencia con los objetivos de déficit de la UE, donde tardaron en dar la batalla contra el secesionismo catalán -ahora se ha conseguido una declaración sobre la soberanía de los Estados- y donde mucho el colocar a Arias Cañete en la Comisión Europea por culpa de los excesos del ex ministro de Rajoy.

Sin embargo, América es y debe ser la principal preocupación actual de la diplomacia española porque en ese continente estamos perdiendo pie. Y en el habrá que seguir con el mayor interés el acercamiento de La Habana y Washington, y las consecuencias que todo ello puede tener en el diálogo interamericano del que España no se puede alejar. Máxime ahora que en los EE.UU. hay cerca de 60 millones de hispano parlantes que van a ejercer, cada vez más, una poderosa influencia en la diplomacia de Washington, lo que a España le debería interesar y preocupar. Como le preocupa e interesa al Vaticano donde habita el Papa Francisco que es argentino y americano y cuya diplomacia jugó un papel importante en el desbloqueo cubano como lo acabamos de saber.

Cuidado pues con el nuevo tiempo político y diplomático que se abre en América, porque todo puede cambiar a gran velocidad y España no debe ni puede perder ese tren con una diplomacia declarativa plagada de discursos literarios, históricos y sentimentales, y ajena a la acción política y a una diplomacia eficaz en la que, con la ayuda de la UE, España ha de tener en América un importante papel.