Pedro Sánchez y el regreso de Montesquieu

Hay una frase que nadie quiere pronunciar en la política española y que es el puntal sobre el que se asienta el edificio democrático de cualquier país y que en el caso español constituye la causa del deterioro político y de la corrupción. La frase esperada es “Montesquieu ha vuelto”, y quien más deuda tiene con la separación de los poderes del Estado, que en España brilla por su ausencia, es el Partido Socialista, porque fue bajo el mandato de Felipe González cuando su adjunto Alfonso Guerra sentenció la esencia de la Democracia con las palabras en las que anunció: “Montesquieu ha muerto”.

Y bien muerto que ha estado en este país en los años de la transición, lo que dio pie al disfrute de la peor partitocracia posible, a la manipulación de la Justicia y sometimiento del poder Legislativo en beneficio del único poder del Estado que en España es el poder Ejecutivo. Y todo ello en el beneficio de los malos gobernantes, del abuso de poder y de la corrupción por ausencia plena de los controles democráticos a los que obliga la separación de los poderes del Estado que propuso Montesquieu, y que impera en las grandes democracias del mundo.

No hubiera estado mal que el Rey Felipe VI hubiera mencionado en el discurso de su reciente proclamación al pensador y autor francés de ‘El espíritu de las leyes’, pero eso es mucho pedirle a un Rey que llegaba al trono en plena crisis política, institucional y económica de España. Y algo de todo esto debió decir al presidente Mariano Rajoy cuando anunció iniciativas de regeneración de la democracia, que hasta el momento no se ven.

Pero la figura y el alcance del discurso de Montesquieu siguen desterrados en la política española y hora es que alguien levante esa bandera como punto esencial de un programa político. Y eso lo debería hacer, sin más demora, el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, en el congreso extraordinario de este fin de semana. Y si añadiera: el compromiso de asumir responsabilidades políticas en los casos de corrupción, mal gobierno y abuso de poder; el cierre de las ‘puertas giratorias’ que conducen de la política a los Consejos de Administración de grandes empresas; la reducción plena de la lista de aforados; y el compromiso de salida de la política de los imputados, el vuelco sería definitivo y pondría al PSOE al frente de la regeneración democrática y de la lucha contra la corrupción.

Pero esto es mucho pedir, y nos tememos que Sánchez no dará todos esos pasos hacia delante, como tampoco los quiere dar Rajoy, con lo que la dañina partitocracia española seguirá vigente. De igual manera que todo anuncia a que la reforma electoral que necesitamos quedará en aguas de nadie, porque ni al PSOE, ni al PP les conviene reformar un sistema que les favorece. Incluso la propuesta de Rajoy de elección directa de los alcaldes empieza a naufragar porque primaría a los nacionalistas independentistas del País Vasco y Cataluña, como ya lo advierten desde el PNV.

En cuanto a la tercera pata de las reformas democráticas pendientes, la relativa al modelo territorial del Estado y también a las distintas administraciones públicas -ayuntamientos, diputaciones y Comunidades Autónomas-, no creemos que Sánchez se atreva a abordarlas en profundidad y mucho menos en víspera del año electoral que se acerca. Se hablará, eso sí, de federalismo pero sin definir el modelo ni el alcance de esa propuesta que no satisface al día de hoy a los nacionalistas ni a la derecha españolista. Y lo mismo ocurrirá con el derecho de autodeterminación que el PSOE rechaza pero que lo incluyen sus socios del PSC en flagrante contradicción.

Finalmente está el posicionamiento ideológico del nuevo PSOE al que Pedro Sánchez ha prometido llevar hacia la izquierda, al tiempo que pretende situarse en zonas próximas a las que hoy ocupan los primeros ministros de Francia e Italia, Valls y Renzi, los que, por cierto siguen haciendo ajustes de austeridad y también reducción de la administración territorial del Estado.

El drama del PSOE, que en los últimos años y gracias a Zapatero y Rubalcaba ha ido de derrota en derrota electoral, es que tiene muy difícil cumplir con las políticas europeas y a la vez frenar, a su izquierda, el ímpetu y ascenso electoral de IU y Podemos. Y casa con dos puertas, el centro y la derecha, mala de guardar. De ahí que los retos que le esperan a Sánchez y al nuevo PSOE sean ingentes y en vísperas no lejanas de nuevas citas electorales, lo que les obligará, como parece lógico, a aplazar elecciones primarias prometidas hasta el verano de 2015, como poco y a la espera del resultados de los comicios autonómicos y municipales de mayo de 2015. Es decir, tarea ingente de Pedro Sánchez y su equipo directivo en una año electoral y con una muy dura competencia por el centro -UPyD y Ciudadanos- y por la izquierda y, en Cataluña, con el problema añadido del PSC.