Rebelión en París y confusión en Madrid

Los planes de austeridad para la recuperación económica de la UE y la estabilidad del euro impuestos por la canciller Angela Merkel desde Bruselas, a las naciones de la zona euro, no son fáciles de digerir sin pagar un alto precio en el disfrute social del Estado del Bienestar, por más que ellos garanticen la convergencia fiscal y el despegue de la unión bancaria, como pilares de la estabilidad y la recuperación del crecimiento y el empleo. Pero el ajuste que se impone desde Alemania -que obtuvo beneficios de la crisis, con la llegada masiva de fondos inversores a ese país- incluye un alto coste social para los ciudadanos y político para los gobernantes de turno, que pierden apoyo electoral como lo comprobaremos en las inminentes elecciones europeas en España y en las naciones de nuestro entorno más inmediato.

Lo hemos visto en España (con Zapatero y Rajoy) y lo mismo se aprecia ahora en Francia donde el primer ministro Manuel Vals se enfrenta a una rebelión de un tercio de sus parlamentarios que le exigen la rectificación de los planes de ajuste con los que el nuevo gobierno de Hollande pretendía una reducción de 50.000 millones del gasto público para los próximos años, sobre la base de una congelación de pensiones y sueldos de funcionarios, así como con una sensible reducción del gasto púbico y de costes sociales de las empresas para mejorar la competitividad y el empleo.

Y vamos a ver qué ocurre ahora en la rebelión de París y si Vals y sus adversarios del interior del Partido Socialista logran llegar a un acuerdo antes de la votación del plan prevista para el día 29 de abril, o si por el contrario el presidente Hollande -que acaba de sufrir una severa derrota en los comicios municipales- se enfrenta a una crisis de mayor envergadura con la ruptura de su mayoría en la Asamblea de Francia.

Lo peor de esta crisis económica, financiera y laboral, que obliga a un profundo cambio del modelo que imperaba en la UE, es que a pesar de los esfuerzos realizados y de sacrificios impuestos, los ciudadanos no ven el final del túnel. Más bien al contrario tienen la impresión de que los esfuerzos no sirven para nada o para bien poco, sin que nadie les garantice el relanzamiento que prometen Merkel, la Comisión, la OCDE y el FMI. Y buena prueba de ello está en la amenazante deflación un problema añadido para las economías del euro y, en caso de confirmarse, un peligroso paso hacia atrás.

Precisamente, el PSOE presentaba ayer en Madrid, en medio de la rebelión de sus colegas franceses, su programa electoral europeo, anunciando que cambiarán en la UE el modelo para la salida de la crisis lo que no es ni posible ni verdad. Y bien que lo saben en el PSOE aunque electoralmente digan lo contrario con la intención de transmitir el mensaje del voto útil al decir a los electores de la izquierda que sólo los socialistas europeos pueden dar un vuelco a los duros ajustes que llegan de Berlín. Lo que ha desmentido en París el propio Vals con sus planes de duro ajuste social que han desconcertado a los socialistas españoles de Madrid, al tiempo que provocado una rebelión interna en el PSF.

En realidad los márgenes ideológicos y políticos que deja, a la izquierda y derecha, los objetivos de la unión fiscal y bancaria de la UE son muy escasos y apenas se refieren a los calendarios y a las prioridades de unas medidas frente a otras. Salvo que alguien, desde las zonas más radicales de izquierda y la derecha proponga la salida del euro, todo lo demás conduce al ajuste del gasto social de manera irreversible y al planteamiento de un nuevo modelo del Estado del Bienestar.

Cabe, eso sí, que naciones como España, Italia y Francia exijan a Merkel y al BCE tres cosas: unos calendarios más relajados para el objetivo de convergencia del déficit; contrapartidas económicas (un mayor consumo alemán); y financieras (compras de activos y bonos por el BCE), para aligerar las cargas de las naciones en dificultad y favorecer el discurrir del crédito para la creación de empresas y empleo.

Medidas esenciales a las que hasta ahora se han opuesto tanto el BCE como Berlín, pero que tarde o temprano tendrán que llegar porque la tensión social en el territorio de la UE no cesa de crecer y el desgaste político y electoral de los partidos gobernantes no cesa de causar estragos en todos los países de la Unión. De lo que se deduce que a la necesaria estabilidad fiscal y financiera hay que añadir la no menos importante estabilidad política y social. Salvo que la señora Merkel pretenda romper el proyecto europeo que sobre todo está basado en la concordia y la solidaridad.