Adolfo Suárez con redoble de tambor

Ha sido un acto muy emocionante porque la sobriedad impuesta con premeditada y poco generosa intención aumentaba la fuerza y el dramatismo del momento en el que el féretro de Adolfo Suárez, acompañado por el triste redoble de un solo tambor entró por ‘la puerta grande’ del Congreso de los Diputados como los héroes de la mitología griega accedían al Olimpo de su eterno triunfo. Si un 23-F de 1981 Suárez fue el héroe del golpe de Estado, ayer en su despedida política y ciudadana volvió al pedestal, esta vez para siempre y con el reconocimiento unánime de la inmensa mayoría de los españoles, la clase política y medios de comunicación de todo el mundo que lo proclamaron como el audaz artífice de la Transición.

Un tibio y solitario redoble de tambor ‘amenizó’ el devaluado y escaso protocolo con el que se recibió a Suárez en el Congreso de los Diputados. Nada de pasearlo -como pasó con Enrique Tierno- por el centro de Madrid con una notoria comitiva -ni armón de artillería, ni carroza fúnebre habrían sido necesarios, pero sí un cortejo de más envergadura y notoriedad-, con la escolta de la Guardia Real. Y sobre todo a las puertas del Congreso honores militares con tres compañías de los ejércitos de Tierra, Mar y Aire (como homenaje de desagravio militar por el golpe de Estado que sufrió) y con una banda interpretando una marcha fúnebre, en el lugar del tímido y solitario tambor. Nada de eso ocurrió, apenas un piquete de diez soldados del Ejército de Tierra para trasladar el féretro unos pocos metros y una escasa compañía de la Guardia Real, en la otra acera de la Carrera de San Jerónimo y junto a la tribuna de los medios de comunicación, para adornar el cortejo del féretro seguido de su familia.

Si alguien pretendió, por celos políticos o por una manifiesta incompetencia -menudo error ha sido aplicar a Suárez el mismo protocolo que se le dio al expresidente Leopoldo Calvo Sotelo, como si ambos políticos fueran comparables en su trayectoria y trascendencia en la Historia de España- y si alguien pretendió de esa manera reducir el homenaje se equivocó. Ha bastado ver a los miles de ciudadanos que se han acercado al Congreso a visitar su ‘capilla ardiente’.

En realidad Suárez regresó al Congreso de los Diputados con la misma sobriedad con la que se fue del Gobierno de España, lo que adorna más si cabe su modestia y su gran triunfo. Y ese sobrio redoble de tambor que le acompañó a la entrada en el Congreso lo convirtió por segunda vez, como en la tarde del 23-F, en el héroe de una histórica jornada de unidad nacional. La que algunos no han sabido -o no han querido- poner en valor a pesar de que la persona de Suárez y la corriente emocionada de unidad nacional que provocó su fallecimiento constituye toda una oportunidad de reencuentro solidario entre los españoles. Como se ha visto en general y con la sola excepción del oportunismo barato de Artur Mas, que ha utilizado el sepelio y la persona de Suárez para intentar homologarse sin pudor con la audacia del ilustre español.

Por cierto, el video del pésame del Rey, quien debió haber acudido con el Príncipe a la clínica Centro tras la muerte de Suárez, dejó mucho que desear en fondo y forma, mientras el pésame de Rajoy resultó impecable. Pero luego ambos dos han perdido con el acto del Congreso una excelente ocasión para afianzar la concordia y la unidad nacional. Mientras que Adolfo Suárez ha vuelto a ganar la porfía de su emocionante despedida en medio de un clamor de admiración nacional.