La reforma de la Constitución

Sabemos que en España los dos grandes partidos políticos nunca ven el momento oportuno para reformar la Constitución, y esta vez el argumento principal para justificar la negativa a la reforma se basa en la crisis económica que es la prioridad. Y también en la amenaza de secesión de los nacionalistas catalanes, aunque en el ámbito territorial el PSOE para contentar al PSC está a favor de introducir el federalismo en la Carta Magna, algo a lo se opone el PP y que no convence a los nacionalistas. Los que prefieren fórmulas más abiertas, confederales o Estado asociado. Es decir, en lo que a la territorialidad del Estado se refiere la Constitución Española de 1978 al día de hoy parece intocable.

Hay otros capítulos que sí se podrían reformar con el acuerdo del PP y del PSOE y por el procedimiento de urgencia, tal y como se hizo con la reforma de la estabilidad presupuestaria en septiembre del año 2011, que son los relativos a la Corona porque es urgente garantizar el derecho de sucesión al trono de las mujeres, como estaría muy bien incluir en ella un estatuto del Príncipe o Princesa en su calidad de herederos y regular la abdicación del monarca.

Además hay otros capítulos que nos parecen esenciales y que en principio no quieren tocar ni el PSOE ni el PP que es el relativo a la calidad democrática de nuestra Constitución que es muy escasa y que necesita garantías y claridad en aspectos importantes como los relativos a la separación de los poderes del Estado -recuperar el espíritu de Montesquieu-, empezando por la independencia de la Justicia de la que acabamos de ver un lamentable espectáculo con pactos PP-PSOE para el reparto de los sillones del Consejo General del Poder Judicial.

Asimismo, hay que garantizar en la Constitución una autonomía del Parlamento, con un reglamento más abierto que permita el verdadero debate y el control del poder Ejecutivo y que asegure un proceso electoral representativo y proporcional, cosa que hoy no existe.

Ahora bien, si se hacen las mencionadas reformas de la Justicia y el Parlamento, la gran reforma definitiva sería la que permita la elección del Presidente del Gobierno de España por el sufragio universal directo. Lo que sería una fórmula original en el seno de una monarquía europea, y lo que garantizaría la independencia de los tres poderes del Estado. Además permite participación de todos los ciudadanos en la elección directa del jefe del Gobierno.

Es decir iríamos a un modelo de monarquía presidencialista y a la vez, si añadimos la reforma de la Ley Electoral para los comicios legislativos, España habría ganado mucho en calidad democrática. Sobre todo porque al día de hoy la soberanía nacional no reside en el pueblo sino en las cúpulas de los partidos políticos que son las que hacen las listas cerradas al Parlamento y las que, cuando uno de ellos gana las elecciones, eligen el jefe del Gobierno.

Es cierto que la Constitución de 1978 ha rendido un buen servicio al país, pero en ella existen unas carencias que están en el origen de muchos de los problemas de convivencia que tenemos al día de hoy. Ahora hace falta una reforma constitucional y un gran pacto político que la haga posible, aunque para ello necesitamos no solo el acuerdo político sino el liderazgo democrático de quienes han de culminar esta importante reforma que no se debería aplazar.