Rajoy ante una misión imposible

No deja de ser llamativo que el diario ‘progresista’ El País haya salido ayer a cubrir las espaldas a Rajoy ante el debate de hoy sobre la corrupción del PP confesada por Bárcenas ante el juez Ruz, mientras el diario ‘conservador’  El Mundo ha publicado el listado de preguntas que la Oposición debe hacerle al presidente del Gobierno, para cerrarle todas las escapatorias posibles. Y los dos diarios llevan días ofreciendo editoriales en los que piden al presidente del Gobierno y del PP, Mariano Rajoy, que reconozca errores y haga propósitos de enmienda sin asumir él ninguna de sus responsabilidades políticas por dichos errores o presuntos delitos, prescritos o justiciables, como si unos golpes de pecho pudieran poner punto y final a la responsabilidad política. Y dar paso a una nueva etapa de Rajoy al frente del Gobierno como si nada hubiera pasado en torno a la financiación ilegal del PP y a otras andanzas de sus dirigentes de los últimos veinte años.

Pero eso no es así, ni debiera serlo. Si Rajoy reconoce que tuvo responsabilidades en la financiación ilegal del PP en el tiempo en el que fue vicesecretario, secretario general y presidente de este partido, su credibilidad y capacidad para liderar el Gobierno de la nación habrán quedado muy mermadas y en ese caso tendría que dimitir. De ahí la misión imposible de reconocer algo y de pensar que puede seguir al frente del Gobierno porque su mini confesión sería suficiente para pasar la página de un escándalo que les ha estallado en las manos a los mas importantes dirigentes del PP (Rajoy, Cospedal, Arenas y Gallardón), por incompetencia o por esa ceguera y sensación de impunidad en la que suelen vivir los gobernantes españoles que llegan al palacio de la Moncloa, en un país como es España donde todo aquel que gana las elecciones se queda como dueño de un inmenso poder que cree inexpugnable.

Estamos, pues, ante una misión imposible y ante la tentación de Rajoy de presentarse como la persona imprescindible para salir de la crisis económica en la que estamos, que se ha convertido en la excusa perfecta para no hacer nada. Para no reformar a fondo la Constitución y las reglas del juego político, para no facilitar ahora la abdicación del Rey ante el cúmulo de escándalos políticos de la familia real -ahora se habla del divorcio o separación matrimonial de la Infanta Cristina y Urdangarin-, para no reformar pronto y a fondo la elefantiásica administración del Estado o la ley electoral. ¿Cómo vamos a cambiar nada en plena crisis económica? se nos dice. Y en el caso que nos ocupa de Rajoy y Bárcenas, el mismo argumento se repite: ¿cómo va a dimitir en estas circunstancias el presidente Rajoy, creando así inestabilidad política y la alarma en los mercados y en la UE?

Pues muy sencillo, dimitiendo y, en ese caso, proponiendo el PP con su mayoría absoluta la investidura de otro candidato, lo que puede que además sea beneficioso para la economía y la salida de la crisis -pasó en Italia con la salida de Berlusconi y la llegada de Monti- porque parece claro que este Gobierno, después de veinte meses en el poder no ha logrado un vuelco importante en la lucha contra el déficit público, el principal objetivo de Rajoy con el que justificó sus duros ajustes sociales y subidas de impuestos de los últimos meses.

Rajoy no dirá gran cosa de Bárcenas e inflará el optimismo sobre el fin y la salida de la crisis, a pesar de que el pasado mes de abril le pidió “paciencia” a los españoles y pronosticó que no habría una solución importante a nuestros problemas hasta 2016, en lo que él llamó un ejercicio de realismo que ahora quiere convertir en un ejercicio de desmesurado optimismo. Los últimos datos sobre el déficit acumulado en el primer semestre del año, los del paro -a pesar de la mejora de la EPA- y los de la deuda pública no dan pie para anunciar el principio del fin, ni para garantizar que España esté en la nueva y buena senda antes del fin de la legislatura en el año 2015. De momento, todo apunta a que a finales de 2013 este país estará peor que como se lo encontró Rajoy tras la marcha del inefable Zapatero.

Y entonces ¿qué? Una negativa general o unas medias verdades, excusas y reconocimiento de ‘errores’ -por no decir delitos por más que estén prescritos- sobre el caso Bárcenas, ‘pelillos a la mar’; y una proclama del fin de la crisis y ya está acabado el debate que Rajoy no quería celebrar y todos, el Gobierno y la Oposición, tan contentos y dispuestos a veranear. Los dos problemas que hoy se debaten y plantean en el Parlamento no tienen solución si de lo que se trata es de que todo y todos sigan cómo y donde están.

De ahí la misión imposible del discurso y de la explicación de Rajoy. Y, en consecuencia, la tentación que tendrá Rajoy de utilizar,como en otras ocasiones, el ataque a su principal adversario, al PSOE y a Rubalcaba, como la mejor defensa del PP y de su Presidencia. Y puesto a excusar todo lo ocurrido el Presidente podría señalar a Bárcena, como el único autor y responsable de la citada contabilidad ‘B’ del PP cuyos originales el ex tesorero entregó al juez. Diciendo Rajoy, en ese caso, que: ‘él y los demás dirigentes del PP sólo han conocido la contabilidad oficial presentada ante el Tribunal de Cuentas, y que esa otra contabilidad  ’B’ es obra  inventada, por mas que incluya algún dato cierto para disimular, y exclusiva de Bárcenas y en realidad la tapadera que fue tejiendo a lo largo de los años para su tercera contabilidad: la ‘C’. La que se escribe con ‘C’ de cuentas en el extranjero de las que nunca supo nada el PP’. Y así, con semejante estrambote y un sonoro ‘colorín, colorado’, Rajoy ufano y displicente cerraría el debate diciendo: ‘y este cuento se ha acabado’.