Las sandalias del Papa Francisco

El Papa Francisco ha entrado con buen pie en el Vaticano y en la Iglesia Católica. Se ha quitado los zapatos rojos del alto protocolo romano y camina con paso firme y los pies de plomo sobre las sandalias de ‘el pescador’ acercándose a los pobres -en la isla de Lampedusa en Italia, y en las favelas de Río-, animando a los jóvenes que lo han acompañado de manera masiva en su viaje a Brasil. Y poniendo orden en la curia -por cierto, ¿por qué sigue Bertone en tan alto puesto?- y las finanzas vaticanas y hablando de otra manera más cercana a los ciudadanos, sin exclusiones ni desprecios para nadie. Sobre los gays ha dicho “si están cerca del Señor y tienen buena voluntad ¿quién soy yo para criticarlos?” Y ha invitado a los obispos y a los cardenales, a los ‘príncipes’ de la Iglesia a salir a la calle al encuentro de sus fieles y ha declarado que es mejor el Estado laico, para la convivencia entre todas las religiones del planeta. ¿Se han enterado bien de todo esto en la Conferencia Episcopal española, y sus medios de comunicación?

Y esto es solo, que no es poco, el principio de su ‘reinado’, y ya veremos si el Papa Francisco se atreve a mucho mas, aunque dice que la puerta del sacerdocio para las mujeres, a las que promete más presencia y responsabilidad en la Iglesia, “está cerrada para siempre”, lo que quizás sea mucho decir. Como falta por saber qué ocurrirá en un futuro no muy lejano con la posibilidad de que los sacerdotes se casen -como casados estaban los Apóstoles-, o cómo afronta el Papa franciscano la distancia y el castigo que Benedicto XVI impuso a los promotores y defensores de la teología de la liberación, como al que fue amigo de Ratzinger el brasileño Leonardo Boff, y cómo aborda el Papa Francisco la relación de la Iglesia Católica con los ortodoxos, los protestantes, evangelistas y otras confesiones como el Islam.

Los primeros pasos del Papa Francisco son esperanzadores una vez que se acercan a la realidad de nuestro tiempo con el que la Iglesia Católica debe reconciliarse en el campo de las ideas, las costumbres y la comunicación global que desmitifica oropeles, dogmas y el exceso de boato. Pero sobre todo la Iglesia debe acercarse, y ser consecuente, a los pobres y no solo a las élites y a los poderosos a los que el Vaticano y muchas de sus órdenes y organismos religiosos han dado prioridad en los últimos tiempos.

Y es ese ejemplo didáctico y moral el que dará mayor autoridad y credibilidad a la Iglesia Católica, como se lo daría a los políticos de nuestro entorno que tan alejados están de los ciudadanos y de los más graves problemas de este país. Ayer estaban todos en el funeral del trágico accidente de Santiago -en Italia, muy cerca de Nápoles, otro trágico accidente de un autobús con 40 muertos se convirtió en otro drama nacional-, acompañando a las familias de los fallecidos y heridos y ofreciendo una imagen de unidad y de solidaridad.

Pero no hemos visto a nuestros dirigentes y gobernantes acudir a las zonas de la pobreza y las grandes bolsas del paro de España -por miedo quizás a los abucheos y las protestas-, y mucho menos hacer todo eso con discreción y no acompañados de las cámaras de televisión como ocurrió ayer en Santiago.

El Papa Francisco, más cercano de las parroquias que de los altos palacios, ha empezado su peregrinaje brasileño con buen pie, y ha hablado con los medios de comunicación sin eludir cuestiones por espinosas que parezcan y respondiente con absoluta claridad. Otro ejemplo para nuestros políticos y pero sobre todo para nuestros obispos y cardenales a los que parece que el Papa Francisco les ha sorprendido más de lo que se esperaban e incluso los ha llegado a contrariar.