El tren de la muerte

Decididamente España está tocada por una maldición que no cesa y se ceba haciendo daño, sin cesar ni límites, a los ciudadanos de a pie, a las capas más sufridas de la sociedad. Lo ocurrido ayer con el tren Alvia que hacía la ruta Madrid-Ferrol, que descarriló a la altura de Santiago de Compostela es un desgraciado accidente cuyas causa o posibles errores humanos, habrá que aclarar -se habla de exceso de velocidad en una curva muy peligrosa a la entrada de Santiago de Compostela-, es otra desgracia nacional. Una tragedia nacional y un dramático suceso que ha conmovido a toda España y segado la vida a decenas de personas y herido a muchas mas en ese maldito ‘tren de la muerte’ en el que viajaban 240 personas, en pleno inicio de la vacaciones de verano y en la víspera de la festividad de Santiago Apóstol.

Un horror que ha conmovido a toda España y que añade a todos los problemas personales y familiares de la crisis económica y social del país esta pésima noticia, con la que se cierra el curso político donde aún están por dilucidar los casos de la corrupción que no cesa, de los políticos que van y vienen sin dar explicación cumplida de sus responsabilidades, en Madrid, Sevilla, Barcelona y otras ciudades del país. Y donde brilla por su ausencia el que debería ser un esperado esfuerzo de liderazgo y cohesión nacional para salir de este túnel negro y largo por el que viaja, sin mucho control, el tren del desastre nacional.

Esperamos con impaciencia los detalles y causas de lo ocurrido en el descarrilamiento del siniestro tren de Madrid a Ferrol y también esperamos de nuestros gobernantes y representantes políticos un comportamiento y una reacción que esté a la altura de las pésimas circunstancias que asolan la vida de los ciudadanos de este país. En el dolor, sin duda compartido por todos frente a esta tragedia, y en la búsqueda de soluciones urgentes para todo lo demás.

Porque está claro que España no puede seguir así, y porque no se puede perder más tiempo, ni más esfuerzos sin que se nos ofrezca un horizonte realista y rápido de esperanzas y de soluciones, sin llamamientos a la paciencia y sin exigir más sacrificios de los que ya se han impuesto al conjunto de la sociedad. Al total de los ciudadanos de este país, como los que ayer de manera ejemplar y solidaria acudieron a dar ayuda a los heridos, en compañía de las fuerzas de seguridad, bomberos, sanitarios y autoridades del lugar. Y a subrayar el esfuerzo denodado de todos los hospitales y médicos y enfermeras de la zona, a los donantes de sangre, etc. Una marea humana solidaria y emocionada por el alcance de esta tragedia que, para empezar, debe obligar al ministerio de Fomento a reforzar las medidas de seguridad en los trenes de alta velocidad, esa joya del transporte español que saldrá dañada en su imagen y garantía de seguridad, por más que este sea un caso aislado de probable fallo humano, al menos por las versiones iniciales que se han hecho públicas sobre el descarrilamiento del que esperamos un pronto y detallado informe para que sepamos las verdaderas causas de este lamentable desastre nacional.