Rubalcaba se divierte

Rubalcaba lleva mas de 30 años en política y asegura que aún le quedan por delante, como mínimo, otros tres más al frente de la oposición aunque su sueño es presidir el Gobierno de España a partir de 2015 y entonces llegar hasta los albores de 2020 sin bajarse del coche oficial. Ayer, tras las derrotas del PSOE en Galicia y el País Vasco dijo que no dimite y que no facilitará el adelanto de las primarias para elegir el candidato socialista a las elecciones generales de 2015, el que según sus previsiones será el y “cuando toque”, una frase chulesca que aprendió de Aznar.

El jefe del PSOE se divierte y se ríe de los dirigentes de su partido que le insinúan que dimita o que de paso a otro, y a los que desprecia olímpicamente como ocurre como Gómez, Chacón, López Aguilar, Barreda y otros jefecillos internos que pretenden subírsele a su raída barba. Y en parte no le falta razón porque los antes citados no le llegan a Rubalcaba a los tobillos en dialéctica, experiencia, maledicencia o maldad. Y los trata como a chavales de su club de fans: “yo les oigo, me encanta escucharles y es lógico que otros piensen de otra manera”. Y solo le faltó añadir: “pero las cosas que dicen por un oído me entra y por otro me sale”.

Él tiene la legitimidad del último Congreso del PSOE de hace solo unos meses y ha descubierto el error de su estrategia, como quien descubre un tesoro y hace su autocrítica: “hemos hecho oposición, pero no hemos construido una alternativa, y eso es ahora lo que vamos a hacer”, dice Rubalcaba a sabiendas que al drama electoral del otoño aún le queda por representar el tercer acto en las elecciones catalanas. Y a sabiendas, también, que al margen de construir una alternativa al Gobierno y las políticas del PP -que desde luego hoy no tiene el PSOE, ni la izquierda- otra de las cosas importantes que le falta a este partido es aclarar su posición en España, visto el derrumbe de sus federaciones vasca, gallega y catalana porque fracasó el discurso de la ambigüedad federal. Por decirlo con palabras muy discutidas del ministro Wert “hay que españolizar el PSOE”, si quiere seguir siendo un partido de alternativa de Gobierno y ámbito nacional.

Pero, dicho esto, resulta asombrosa la ambición infatigable de Rubalcaba. En este país y en la política lo ha sido casi todo: ministro, vicepresidente primero del Gobierno, candidato a la presidencia del Gobierno, portavoz parlamentario, líder de la oposición y secretario general del PSOE. Y ahí está y ahí sigue y ahora quiere ver si llega a presidente del Gobierno. Es inagotable e incombustible, pero él ya sabe que está al final de su escapada y ante la última oportunidad de alcanzar el sillón presidencial o de darse el batacazo su final.

En su rueda de prensa de ayer se divirtió de lo lindo. Se mofó de sus adversarios internos en el PSOE y hasta de los periodistas a los que decía: “me voy a adelantar a sus preguntas”. Tampoco estuvo nada mal en el debate de los Presupuestos con Montoro, poniendo en evidencia las cuentas del Gobierno y replicando con astucia a la zafiedad del ministro de Hacienda, que le hizo el favor de restregarle la derrota del PSOE en Galicia y Euskadi. Y también se despachó a gusto contra quienes desde la derecha política y mediática han dicho estos días eso de “sería bueno para España un PSOE fuerte y unido”. En esto tampoco le falta razón porque semejantes halagos son una hipócrita fachada que esconde el deseo de que el PSOE se hunda o permanezca en crisis hasta la eternidad.

Sin embargo en estos tiempos agitados hay algo que Rubalcaba no controla y que le puede estallar en las manos: las bases y los votantes del PSOE -estos últimos ya han empezado a fallar-, así como los indignados y la juventud que no distingue entre PSOE y PP. Y las revueltas espontáneas y sin control ante una izquierda desconcertada y con un liderazgo agotado y fallido. Y todo eso es lo que puede provocar un terremoto en el PSOE. Dando paso a nuevas y más modernas formaciones políticas de izquierda y, por ejemplo, a un Partido Republicano, lo que no sería de extrañar en este fin del Régimen de la transición al que estamos asistiendo y del que Rubalcaba no dice una sola palabra.

O sea, que Rubalcaba se divierte pero no las tiene todas consigo porque no lo controla todo y porque desprecia la responsabilidad política como lo demostró la noche electoral del 20-N en la que debió dimitir. Pero no lo hizo por tres razones: primero por su desmedida ambición; también para cerrar el paso a Chacón (su personal obsesión); y finalmente porque los poderes económicos y fácticos del Régimen en decadencia -donde su amigo Felipe González se mueve con facilidad- le pidieron que se quedara porque se entienden muy bien con él y necesitan del PSOE para continuar manteniendo a flote el vigente régimen de poder, para el que Rubalcaba tampoco tiene alternativa porque forma parte de él.