Hay que matar al monstruo autonómico

Mientras los presidentes autonómicos se arremolinan en torno a los fondos de ayudas autonómicas de los 18.000 millones de euros -que van a resultar insuficientes- a la vista del número de pedigüeños, el presidente Rajoy intenta calmar los ánimos y dice que habrá dinero para todos, a pesar de que el propio Estado no lo tiene y se prepara para pedir su propio rescate (además del ya en curso de la banca), pero sin mencionar la posibilidad de abordar una profunda reforma del modelo autonómico español que es sencillamente inviable y en muchos casos impostado y origen de la centrifugación de la identidad y unidad de la nación española.

Rajoy no cesa de mirar hacia donde no debe, promete que no subirá más el IVA o el IRPF pero su credibilidad ya está bajo mínimos, porque había prometido no subir los impuestos y ahora sabemos que el hombre “previsible” hizo lo contrario de lo que prometió. Como pedirá el segundo rescate que aún niega con la boca chica ante el presidente francés Hollande, quien se declara favorable a la intervención del BCE en ayuda de las naciones del euro con graves problemas de deuda como España e Italia.

Una declaración de Hollande durante su visita relámpago a Madrid que ha coincidido con la escalada de peticiones de ayuda al Gobierno central español por las Comunidades Autónomas, lo que ha vuelto a provocar la subida de la prima de riesgo del país y nuevas turbulencias financieras. Un problema el autonómico que debería interesar a las autoridades europeas para obligar a España y a sus gobernantes a una profunda reforma del vigente modelo.

El modelo autonómico español ha fracasado y no solo por el gran despilfarro del dinero público generado por sus gobernantes, o por el nepotismo y clientelismo político creado en torno a estos Taifas del siglo XXI, sino porque su propia creación –en muchos casos sin base histórica ni arraigo social- y desarrollo ha procreado un monstruo de diecisiete cabezas, con una voracidad insaciables y una multiplicidad de funciones repetidas con el Estado, con el que para colmo se han producido fricciones, desencuentros y desafíos en menoscabo de la unidad nacional y de la identidad de España.

El modelo autonómico español ha fracasado, está agotado y se ve abocado a una reforma en profundidad camino de su final, o de su reconversión definitiva, y esa hora ha llegado y les corresponde a los primeros partidos nacionales y regionales emprender la senda de la transformación, la que por otra parte viene obligada por las enormes dificultades financieras de las Comunidades Autónomas, generalmente dotadas de elefantiásicas administraciones y de toda clase de organismo. Unos dorados castillos de naipes que en los tiempos pasados de las vacas gordas de la economía y la locura del sector inmobiliario (que también permitía a las Autonomías y Ayuntamientos recaudar altos impuestos de la construcción y de la venta de viviendas, donde además se generaban grandes bolsas de corrupción política), ocultaban su demencial despilfarro. Pero que ahora, que las vacas flacas de la quiebra y el paro campan por un país desolado, las Autonomías no tienen salida económica ni financiera y solo les queda la reconversión del total del modelo constitucional, lo que obligará a una reforma de la Carta Magna.

Algo a lo que se resisten el Gobierno y la Oposición, empezando por el PP y el PSOE, o dicho de otra manera, algo que no quiere la clase política española porque el número de colocados de los partidos políticos en las Comunidades Autónomas es inmenso, y las palancas de influencia y de poder que detentan los que hoy las gobiernan son muy importantes y apuntalan al poder central del Estado.

Pero la fiesta española se ha terminado y esto no puede seguir así y menos aún con las Comunidades pidiendo grandes sumas de dinero al Estado (Cataluña 5.000 millones, Valencia 4.500, los de Andalucía ya veremos y los demás ya están haciendo cola en la ventanilla del gobierno central), de ese fondo de 18.000 millones de euros, que ya veremos de donde sale (la UE no debe financiar semejante disparate) y hasta donde llega porque por lo que se ve el llamado FLA ya parece insuficiente y se anuncian protestas y enfrentamientos entre unas y otras Comunidades. Ayer mismo el presidente Andaluz, Griñán, hablaba de un reparto equitativo de esos fondos lo que presagia discrepancias y escasez de dinero. Y no digamos si añadimos el componente nacionalista, como el que ha exhibido Artur Mas reclamando un dinero del Estado que dice que es de Cataluña y no del total de los españoles, o de gerifaltes de otras autonomías que hablan de no querer “perder soberanía”, como si fueran Estados, o de no aceptar condiciones de Madrid por las ayudas recibidas o las por recibir.

El monstruo autonómico, herido de muerte y en la quiebra, se revuelve al borde de su tumba y todavía se permite desafiar al Estado que deberá ser su liquidador y su enterrador y en el peor de los casos el que deba de reconvertir el modelo hasta reducirlo a su mínima expresión. Lo que en España empieza a ser un clamor en el que coinciden cada vez más españoles y desde luego una amplia mayoría, según lo revelan las encuestas realizadas sobre esta cuestión.

Pero el ansia reformista del Estado del Bienestar que abandera Rajoy con permanentes subidas de impuestos y costes (ahora la luz, el gas, internet y el teléfono) y que afecta esencialmente a las clases medias y sectores más desfavorecidos de la sociedad, ese reformismo, por ahora, no afecta al gasto público ni tampoco al institucional o autonómico del Estado. Y además España ya no se lo puede permitir, por lo que o Rajoy y Rubalcaba se sientan y debaten la reformas autonómicas, o los ciudadanos y los partidos minoritarios se las impondrán, porque como dijo Rosa Díez en el Congreso de los Diputados “España tiene que escoger entre el Estado Autonómico y el Estado del Bienestar”.

En los albores de la transición se dice que un gobernante español le preguntó al entonces presidente de Francos, Valery Giscard D´Éstaing su opinión sobre el recién creado modelo autonómico español, y el galo respondió: “Francia no se puede permitir ese lujo”. Y el tiempo demostró que España tampoco y menos aún en la actual situación.