El intenso otoño del Rey

El Rey don Juan Carlos I ha intensificado su actividad pública y política, mientras seguimos a la espera de los resultados de las idas y las venidas cruzadas del quinteto de la UE, Monty, Merkel, Hollande, Rajoy y Draghi, que pretende encontrar un punto de equilibrio para ver si por fin se logra o se encarrila, en este otoño, una zona de estabilidad financiera del euro, como la que ayer ha prometido el presidente del BCE, Mario Draghi. Y todo ello a pesar que Merkel no cede mucho terreno ante su solicito amigo italiano Mario Monti, y mientras el francés François Hollande se mantiene vigilante en la retaguardia de Berlín, siendo en todo ello el presidente español, Mariano Rajoy, el menos activo porque va a remolque de todos ellos y a ver que cae o, dicho de otra manera, a ver que facilidades le ofrecen la UE y el BCE paras pedir de una vez por todas el rescate de la deuda española (la prima siguió ayer por encima de los 515 puntos y los intereses a diez años superan el 6,5 %), que todavía se niega a reconocer aunque todo el mundo sabe que está en marcha y que España lo necesita.

En estas circunstancias de gran actividad diplomática el Rey don Juan Carlos mantiene un alto ritmo de trabajo, de encuentros y audiencias, la mayor parte de ellas dedicadas al gran problema de la estabilidad financiera y sobre la situación de la economía y el paro (también se interesó ante Rajoy y con los líderes sindicales, sobre las ayudas de los 400 euros a los parados sin subsidio).

El monarca conoce su oficio y sabe que La Corona ha sufrido un severo desgaste en los últimos meses, especialmente por el caso Urdangarín que no cesa de crecer y de ocupar las portadas de los medios de comunicación, de ahí que el palacio de la Zarzuela ha intensificado los contactos del monarca, como el de ayer con los primeros empresarios del país reunidos en el llamado Consejo de la Competitividad del Ibex, con los que el Rey compartió sesión de trabajo e intercambio de impresiones sobre la situación general del país.

A pesar de sus problemas de locomoción el Rey no para y está en los primeros planos de la actualidad en pos de intensificar todo lo posible su pública presencia y de recuperar el prestigio perdido por La Corona, a sabiendas que su próximo discurso de fin de año será muy comprometido –en el anterior ya tuvo que citar el caso de Urdangarín-, y puede que además llegue cuando España esté cerca de los seis millones de parados y con altas temperaturas en la vida social del país. De ahí la apretada agenda del monarca, en la que por el momento no se han incluido a los nacionalistas del País Vasco y Cataluña, a pesar de las tensiones gratuitas que se generan desde la Generalitat de Barcelona y de las expectativas electorales conflictivas que se aproximan en Euskadi.

Una agitada actividad la del Rey que contrasta con el absentismo de Rajoy de la vida pública durante el pasado tiempo vacacional, aunque el presidente del Gobierno piensa recuperar protagonismo en los esperados encuentros en Madrid con Hollande y Merkel (en los que también participará el Rey) para analizar la situación de la UE y sobre todo la española. Pero una actividad también un tanto elitista y ajena a otras cuestiones de alto interés social, tales como los incendios, el drama de los niños de Córdoba, los problemas sanitarios de los inmigrantes sin papeles (sobre los que la ministra Mato acaba de inventar otro reglamento: atención sí, pero pagando. Antes dijo que atención no y luego que si pero que pagarían sus países de origen), etcétera, etcétera.

El Rey se mueve pero a distancia de la realidad social y debería buscar mas cercanía con los problemas y sus protagonistas a pesar de la dificultad que ello encierra. No en vano son los ciudadanos de a pie los que están soportando los embates de la crisis y los que miran con desconfianza a los altos representantes del poder. Esos mismos ciudadanos a los que el monarca pidió perdón por la que se consideró inoportuna cacería del Rey en Botswana y que ahora se van a enfrentar a un duro otoño –la recesión sigue aumentando- en el que, si no hay atisbo de luz en el túnel, todo se podría juntar. Y, de la crítica generalizada a los gobernantes y la clase política, los españoles de a pie podrían pasar a la crítica institucional y eso es lo que, a toda costa, la Zarzuela pretende evitar.