El Rey con Rajoy, para salvar el Régimen

Desde que la familia real española ha ocupado las páginas de los sucesos y los escándalos los encuentros del Rey don Juan Carlos I con el presidente Rajoy, sus ministros, los líderes de la Oposición e incluso con primeros responsables sindicales y líderes extranjeros se han intensificado incluso a pesar de la mala salud de monarca. Porque lo urgente era recuperar la imagen dañada de La Corona, como puntal del Régimen de la transición, que da claras señales de agotamiento empujado por la crisis, la corrupción, el deterioro institucional, y las enormes cifras del paro. Por ello, los poderes públicos y los fácticos del Régimen se han movilizado sigilosamente y a todo gas para salvar lo esencial de un sistema ya caduco, y cuyos beneficiarios se arremolinan en un intento desesperado de que la vigente decadencia del país no acabe con el tinglado de la farsa partitocrática.

Este y no otro es el motivo esencial por el que PSOE y PP, por ejemplo, se nieguen a un recorte del gasto político del país o a reformar o reducir el Estado de las Autonomías, o los aparatos de propaganda del sistema, donde se incluyen, por ejemplo, las ruinosas televisiones autonómicas, o los ayuntamientos o el Senado y las Diputaciones. El lema soterrado es “no hacer mudanzas”, como recomendaba “en tiempos de tribulaciones” el fundador de los jesuitas, Ignacio de Loyola, a ver si, poco a poco y con los rescates financieros de la UE, rescatamos a su vez el Régimen, y no se lleva a cabo la necesaria reforma de la Constitución que es lo que hay que hacer, modernizando el país, reformando la ley electoral y separando los poderes del Estado, para que la representatividad política funcione y los controles democráticos ejerzan su función.

Una tarea ingente y ambiciosa, que se nos presenta como algo imprescindible y a la que se opone una clase política que sabe que la gran reforma pasa por la auto inmolación de muchos de sus privilegios, de ahí su resistencia a un cambio profundo de la vida política e institucional del país. Por ello asistimos a los espectáculos palaciegos de reuniones con el Rey –que no tiene poderes ejecutivos-, y de contactos soterrados entre PSOE y PP, de concesiones a ETA con disimulo –como el tercer grado del caso Bolinaga- para ver si ETA ofrece las armas y el final de su violencia. Así como otras idas y venidas de los jefes del Ibex o de los grandes Grupos de Comunicación a los que también hay que salvar, porque forman parte del aparato de propaganda del sistema. Todos estos poderes públicos y los fácticos asimilados están en “la pomada” y en el dicho popular de “virgencita que me quede como estoy”, para que cambie algo, pero sin cambiar nada esencial.

“El Rey se reunió el miércoles con Rajoy en la Zarzuela para que el presidente del Gobierno informara al monarca de la situación del país, y de las próximas medidas del Consejo de Ministros”, decían las notas oficiales del palacio real como si de las noticias del viejo NODO franquista se tratara: “su Excelencia el Jefe del Estado ha recibido en el palacio de El Pardo…” Pero ¿de que tienen que hablar Rajoy y el Rey? A quien tiene que informar Rajoy es al Parlamento y la opinión pública de la situación del país, de los planes del Gobierno y del calendario final del rescate de la deuda del Estado por la UE sin perder mas tiempo, y sin mas disimulos. Pero este Presidente tiene alergia al Congreso de los Diputados –se ha cargado este año el debate sobre el estado de la nación-, y no digamos a los medios y periodistas de los que huye incluso por la puerta del garaje como ocurrió el pasado 10 de abril en el Senado.

El Gobierno y su leal oposición, la clase política, nos toman a los ciudadanos por idiotas, o por menores de edad, y no solo no cuentan lo que ocurre –que luego vamos sabiendo sobre nuestras espaldas y cabezas-, sino que tampoco dicen como nos van a sacar de ese atolladero, bien porque no les conviene descubrir sus nuevos planes de ajuste social, o porque Rajoy no sabe que hacer o por donde tirar, y Rubalcaba no tiene una  alternativa a los ajustes que solicita la UE, salvo la de pedir el regreso a la peseta, y eso no lo van a proponer. O sea que así están las cosas y este es el marco político en el que se mueve la vigente y dramática situación de España, adornada por los respingos soberanistas de los partidos nacionalistas que por mucho ruido que hagan también quieren que todo siga como está. Estamos en plena praxis del refrán de: “mas vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”.  Aunque el riesgo actual es que “lo malo conocido” puede empeorar, y entonces todos estos tardíos remiendos al régimen caduco y ahora fracasado no servirán y el castillo de naipes  o de las cartas marcadas se derrumbará.