Rajoy, el reformista

Ha dicho el presidente Rajoy en el Congreso -está más locuaz- que está muy contento por tener una mayoría suficiente para así aprobar unos Presupuestos Generales del Estado que, siendo duros y difíciles, son necesarios para abordar la crisis y lograr la recuperación del crecimiento, el empleo y la economía del país. Y quizás le faltó añadir y para modernizar España y cambiar el que hasta ahora ha sido modelo -fallido- económico y de crecimiento español, anclado en la cultura del ladrillo y los servicios, y ajeno a las nuevas tecnologías y tendencias más competitivas del mundo global que habitamos y del entorno europeo en el que estamos.

En todo ello se incluye una reforma estructural del país y bien valdría la pena aprovechar este impulso y el momento para la regeneración o, mejor dicho, la reforma política en favor de la necesaria transformación democrática de España, una vez que el modelo “reconciliador” y partitocrático de la transición parece agotado y necesitado de un nuevo y moderno impulso en el que

se incluya el verdadero principio de representatividad y libertad política, con un vuelco en profundidad de la ley electoral, así como de la estructura regional del Estado, hoy sumida en el baile de las autonomías derrochadoras y caciquiles, y sobre todo en lo que a la separación de los poderes del Estado se refiere, que es la gran asignatura pendiente de la transición.

Ni de la ley electoral, ni del modelo autonómico del Estado ha querido hablar Rajoy ni en la pasada campaña electoral ni tras su importante triunfo electoral, aunque no sabemos si porque todo ello se le antoja una misión desmesurada o imposible, o si por el contrario ahora está a lo que hay que estar -como les gusta decir a los gobernantes y dirigentes del PP-, y no conviene acumular mas reformas y ajustes del edificio del Estado no vaya a ser que algún pilar se vea afectado por tanta mudanza en este tiempo difícil y a la vez crucial.

Pero, aunque Rajoy no quiera entrar en el terreno de las reformas políticas, ello no supone que no sean necesarias y que están ahí a la espera de un turno que tarde o temprano llegará, porque sabido es que muchos de los males que nos aquejan no solo tienen sus orígenes en la crisis financiera internacional, o en los errores del anterior gobierno, sino que una parte destacada de las causas está en las malas reglas del juego político español que permite a los malos (y no cualificados) gobernantes, y en casos a los corruptos (ahí está en prisión el consejero andaluz de los EREs) llegar a las instituciones públicas y permanecer y actuar con impunidad por la ausencia añadida de la separación real de los poderes del Estado y de los pertinentes controles democráticos. Inmersos todos ellos en el revoltijo del régimen nacido de la transición, con el argumento mayor de la reconciliación nacional, pero con graves carencias y ventajas para poderes públicos y fácticos no controlados que han dañado y dañan la convivencia nacional.

Este Gobierno, en muy poco tiempo, hizo muchas e importantes reformas económica, sociales y estructurales, y más que tiene en cartera y que posiblemente culminará antes de que se acerque el otoño de las vacas todavía más flacas y de la alta tensión social. Es cierto, como dicen desde la oposición, que algunas reformas se han improvisado y recortado derechos sociales básicos, que tienen más que ver con opciones ideológicas de la derecha que con otras necesidades urgentes del país y no estaría de más que el Ejecutivo limara aristas cortantes y asperezas en favor de cierta paz social. Y a no olvidar en todo esto la deuda que Rajoy y su Gobierno tienen con los sectores más débiles y dañados de la sociedad.

Pero Rajoy debe entender que su reformismo (en cierta manera regenerador) debe abordar los problemas de la vida política y de la democrática (y de las libertades, también), y que esos cambios que ya se debieron de hacer algunos años después de la transición están pendientes y reclaman un gran impulso regenerador. Para eso también sirve esa cómoda mayoría absoluta de la que disfruta Rajoy, como la que en su día tuvieron González y Aznar sin que ninguno de los dos quisiera en sus respectivos mandatos avanzar por ese angosto terreno de la reforma política hacia la democracia plena porque para ellos era mas cómodo el disfrute partitocrático de la acumulación de poderes sin control. Si a Rajoy le salen bien las reformas y los verdaderos brotes de la recuperación aparecen en el ecuador de su mandato, entonces tendrá que optar y ver si da ese paso valiente y necesario que completaría su paso por el poder dejando tras de sí un legado que nadie, y en las actuales y difíciles circunstancias, podría imaginar.