El honor del Duque

Quien pretenda llegar al fondo del escándalo del Duque de Palma, Iñaki Urdangarin, deberá reflexionar sobre las reglas del juego de la vida pública española hasta comprobar que en el origen de todo ello está la ausencia de controles democráticos y de la separación de poderes del Estado unidos con la descarada promiscuidad entre gobernantes, representantes, instituciones y el mundo “fáctico”de las finanzas, grandes empresas y grupos de la comunicación.Ese “totus revolutum” que facilita este emporio de corrupción y abuso de poder en el que muchos –incluso ex-jueces tan famosos como Garzón- se han creído en la plena impunidad y con licencia para avasallar. El caso Urdangarin es uno más entre muchos, y los que aún están por aparecer mientras en España no se lleve a cabo una reforma democrática en profundidad.

Pero ¿cómo pudo Iñaki Urdangarín atreverse a solicitar dinero público para sus negocios privados a instituciones del Estado, desde su posición de yerno del Rey?; y ¿como se atrevieron los gobernantes Matas, Campas, Barberá y otros más a ceder a sus pretensiones violando flagrantemente la ley? O ¿como y por qué no se devolvió el dinero y rectificó la situación cuando el Rey en 2006 descubrió el manejo y aconsejó al Duque salir del Instituto Noos? ¿Y que hacían los Gobiernos de Aznar y Zapatero ante las habilidades del duque que estaban a la vista, y sus muy flamantes servicios de información, tan volcados sobre La Corona?

Cuando el Duque de Palma llegó, pálido, prometiendo defender su honor y decir la verdad, a las puertas del juzgado alguien pensó que asumiría su responsabilidades en los hechos que se investiga, al menos en compañía de su socio Diego Torres, exculpando alresto de empleados y, por supuesto, a la Infanta Cristiana. Pero el pretendido honor del duque hace tiempo que desapareció y puede que el mismo día en que se aventuró a hacer negocios con dinero público desde la posición institucional que ocupaba. Luego llegó lo demás y cuando estalló el escándalo en vez de hablar y dar la cara ante la opinión pública, o su versión, el duque desapareció oechó a correr ante las cámaras de televisión. Y al final llegó anteel juez, dijo no saber casi nada, echó las culpas a su socio Diego Torres y demás empleados y él se quedó en el único papel de gran conseguidor de negocios políticos y privados y, por supuesto, de cobrador de grandes sumas de dinero logradas sin los concursos preceptivos y obligatorios en administraciones públicas, con uso y abuso de influencias, sin pagar a Hacienda, y con la tapadera de un Instituto que se decía “sin objeto de lucro” y que para colmo utilizaba en su cabecera el sonoro mayestático “Noos”, amén de un entramado societario, de dentro y fuera de España, que aún está por desentrañar.

Naturalmente, su derecho a defenderse como imputado le permite callar, no decir la verdad y evadirse de las preguntas que es lo que hizo Urdangarín ante el juez, pero si esa era su estrategia a cuento de qué eso del “honor”. Es verdad que su socio Diego Torres se ha negado a declarar, para escuchar antes a Urdangarin, pero todo apunta a que ahora “se vengará” del Duque que lo ha señaló como responsable y el autor de los presuntos delitos y puede que esté en condiciones de aportar datos, pruebas y documentos que dejen a Urdangarin en una pésima posición.

Salvo que estemos asistiendo a una escenificación planificada en los oscuros salones del poder –con el “mágico” argumento de “la razón de Estado”- según la cual uno no habla y el otro le echa la culpa para crear un halo de silencio impenetrable ante los ojos del juez José Castro. Él, no parece estar para bromas y ha llevado a cabo un exhaustivo interrogatorio y ha advertido a Urdangarin del riesgo que corre de facilitar la imputación de la Infanta Cristina, porque si su actuación fue solo “institucional” –salvo para pedir y para cobrar- esa era la misma situación de la Infanta, y ello abriría una nueva línea de actuación judicial y homologaría ambos casos.

Las evidencias del caso son flagrantes, como lo reconoció la Casa Real cuando calificó la actuación de Iñaki Urdangarin de “nada ejemplar”. De ahí que el daño a La Corona está hecho, pero aún puede ser mayor si el deshonor del que hace gala el duque acaba levantando una oleada de indignación. Ayer cabe imaginar que los abogados de Urdangarin, tras concluir el largo interrogatoriode dos días, lo hayan felicitado por sus silencios y frialdad, pero falta por ver que piensa el juez de todo esto, cuál es su certeza y que próximas medidas piensa tomar.