Escaso clamor sindical y duro alegato de Rajoy

El clamor con el que los sindicatos esperaban rechazar ayer la reforma laboral del Gobierno de Rajoy se ha quedado en escaso o mediano clamor. Nada de cientos de miles, sino miles o decenas de miles en Madrid y Barcelona (se atreverá El País a sacar su medidor de manifestantes que ha usado en las del PP?), y ya está bien, porque miles son muchos y en las actuales circunstancias no es fácil movilizar a nadie, cuando impera el desánimo y el temor a la cruda realidad. O sea, al día de hoy los sindicatos no tienen fácil lo de la huelga general, y deberán reflexionar. Y la jornada de protesta no ha sido un triunfo como para exigir una reforma de la reforma laboral en el trámite parlamentario del decreto ley, por más que el Gobierno alguna concesión hará, aunque como declaró la vicepresidenta, Sáenz de Santamaría en Sevilla, esta reforma seguirá adelante.

Además los sindicatos –que se juegan su propia supervivencia y credibilidad en este empeño- saben que no hay alternativa a este Gobierno del PP, que en España los ciudadanos han apoyado de una manera muy mayoritaria al PP, que nadie quiere recordar el desastre del Gobierno de Zapatero –al que los sindicatos ya le hicieron una medio huelga general-, y que la renovación de los socialistas ha quedado en entredicho con el regreso de Rubalcaba tras su espectacular derrota electoral y su triunfo por los pelos en el 38 Congreso del PSOE.

O sea, no hay alternativa a la vista a la izquierda ni controlan los sindicatos la capacidad de una gran movilización. Y eso lo sabe y es consciente el Gobierno y forma parte del sentir de una gran mayoría de los españoles al día de hoy. Máxime cuando además estamos en el inicio de las reformas y ajustes del nuevo gobierno y cuando sabemos que la anterior reforma laboral de Zapatero fue un fracaso total.

Para comprender la situación tenemos que añadir que además son muchos los españoles que tienen miedo a perder su situación y que esperan que el Gobierno de Rajoy les ofrezca confianza, estabilidad y un futuro. Y ese temor es verdad que, por un cierto “hiper realismo” o por una maquiavélica estrategia política, forma parte del actual discurso del Gobierno del PP tal y como se vio en la intervención con la que Rajoy cerró ayer el congreso sevillano del Partido Popular.

Un discurso serio, bien articulado y dramático a fuer de sincero e hiper realista o pesimista, porque abundó en la idea de que aún no hemos tocado fondo, que lo peor está por llegar y que el PP “no ofrece esperanza” sino “su convicción” de que sabe hacer cosas para arreglar la situación. “La reforma laboral es justa y pretende –dijo Rajoy- no crear empleo de manera inmediata sino frenar la destrucción de mas empleos”. Y algo similar añadió del resto de las reformas: hay que frenar la caída y la destrucción económica para poder crecer. Y dijo el presidente del Gobierno y del PP: estamos haciendo tres cosas muy importantes: identificando el alcance de los problemas; consiguiendo que los ciudadanos se den cuenta de la realidad; y haciendo que el nombre de España vuelva a ser considerado y respetado fuera de nuestro país.

Se podrá discrepar de este análisis o visión del momento español, pero da la impresión, por dramático y desesperante que parezca –como posible excusa para justificar los ajustes-, que el análisis de Rajoy está muy cerca de la cruda realidad. Como puede ser cierto que los sindicatos también tengan su parte de razón frente a la reforma laboral. Pero da la impresión que este Gobierno al día de hoy está mas cerca de la verdad y sobre todo de la insoslayable dependencia de España en el obligado ajuste acelerado que nos impone la UE, y que los sindicatos son ajenos a esta exigencia europea, se han quedado sin tener una sólida referencia política – el PSOE está bajo mínimos e IU clama en el desierto- y un tanto al margen de la realidad y del tiempo nuevo y difícil que vivimos y que a ellos también les obligará a renovarse y a adaptarse a esta nueva situación porque España, Europa, el mundo y los tiempos ya han cambiado. Y ellos, por mas razones ideológicas que les asistan, se han quedado atrás y corren el riesgo de acabar mal.